Tres tristes críticas

En lugar de apoyar los avances en términos de mayor autonomía, se critica cómo se los hizo, opinando que se lo haría mejor. ¿No es eso confundir decisiones políticas, relativas al poder político, con opiniones? El discurso conservador, que monopoliza los medios, coloca la crítica progresista en el pelotón de las diatribas, con lo que en definitiva se dinamitan los avances por derecha e izquierda.

1. La restatización de Aerolíneas esconde un negocio de Marsans, y la corrupción del gobierno se percibe en no haber denunciado su vaciamiento a la justicia internacional y al Ciadi.

El Ciadi no es un tribunal de justicia, sus miembros no son ni honorables ni probos ni imparciales, y su misión es hacer cumplir los tratados bilaterales de inversiones y los contratos de concesión. Son árbitros parciales nombrados por los inversores externos y por el BM, no por la Argentina, y siempre laudarán contra el país.

Hasta mediados de 2008, los laudos desfavorables a la Argentina ascendían a 1.000 millones de dólares, pero los que ganaron no tienen modo real de cobrar, a lo sumo capturar empresas (como TGN, controlada por Techint) mediante el recurso de convertir dictámenes de cobro improbable en acciones. Es el caso de Blue Ridge y CMS. O suspenderlo, como en Telefónica.

No cabe esperar justicia del Tribunal Internacional de La Haya, que expresa el balance internacional de poder, como lo demuestra la influencia de las multinacionales farmacéuticas en la OMS. Es como esperarla del Tribunal Internacional dirigido por el ex fiscal Moreno Ocampo, que puede castigar a los tiranuelos de Zambia o Moldavia pero no los asesinatos masivos planificados de Estados Unidos en Irak o Afganistán.

2. La Resolución 125 tapó “la escandalosa estafa de las multinacionales del cereal”.

La denuncia judicial de Mario Cafiero, si bien demostraba que las cerealeras se apropiaban de parte de las retenciones, no aportaba un solo argumento contra funcionarios o circuitos de control estatal que se hubieran saltado con corrupción. A lo sumo podía concluirse que hay por delante una monumental tarea (superar una tara nacional) en el sentido de reemplazar este Estado armado hasta el sótano y los cimientos en el modelo tradicional, llámeselo rentístico, neoliberal, contratista, conservador, autoritario. Y son los mejores intelectuales quienes deberían dedicarse a eso, “a las cosas”, en lugar de a la denuncia, porque como ya se ha repetido en estas páginas, lo mejor es enemigo de lo bueno.

3. El dinero de la ANSES es de los jubilados, y en lugar de la reactivación económica que se implementa hoy, habría que aumentar sus ingresos.

El monto del aumento (omitiendo que por primera vez en décadas, el Estado se compromete a actualizarlas saliendo de la concesión graciosa del Ejecutivo) ya es cosa de un amoral marketing político: 14% para unos, 20% o 25% para otros. ¿Quién da más?

Más allá de las intenciones del gobierno o incluso a su pesar, el retorno del régimen “de reparto” implica un cambio de paradigma entre lo individual y lo solidario, una revolución simbólica en el pensamiento único de los ‘90.

Según el artículo 17 de la Constitución, el Estado “asume la obligación de otorgar los beneficios de la seguridad social”, y eso lo hace con aportes previsionales de la masa en actividad y también con impuestos y coparticipación, con lo cual lo atesorado integra el patrimonio del Estado y no es propiedad colectiva de los jubilados. Si así fuera, estaríamos reivindicando unas nuevas AFJP estatales, donde cada jubilado tiene su cuenta individual de ahorro.

La ANSES está invirtiendo en actividades productivas, en el fortalecimiento del mercado interno y en la preservación de fuentes laborales, mientras las AFJP se financiaban a sí mismas: era un mercado de capitales aportados con los ingresos de los trabajadores para financiar exclusivamente a los grandes grupos económicos concentrados, de modo tal que esa liquidez ajena les permitía concentrarse un poco más, dominar un poco más.

Suenan como críticas desde la oposición neoliberal, pero no.

Aquí no está tanto en juego si el cambio se produce en bicicleta (una que carece de pedales y alguna llanta) o en jet. La cuestión es no chocar.

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