Tres Arroyos y la misma guerra

La noticia para los medios es :“Los pobladores de Tres Arroyos resolvieron organizarse con guardias armadas para hacer frente a la inseguridad reinante”. Otra vez la guerra sorda del “pobre contra pobre” presentada en el banquete de los propulsores de la mano dura y las recetas mágicas de seguridad. Nadie habla de los efectos de las privatizaciones y la desindustrialización en la economía y la sociedad de Tres Arroyos.

Esto es el producto de la política económica de los 90 donde la renta de unos pocos estaba sobre el trabajo y la producción de todos. Así de este pueblo queda la imagen de tierra arrasada, de padres que se quedaban sin trabajo y sin posibilidad de reinsertarse; de madres emigradas de las chacras a la ciudad, sin tarea ni oficio que cumplir; y de chicos que se crían como pueden en el desamparo.

Había en Tres Arroyos, hacia 2002, 36 comedores escolares, que ofrecían a 2.600 niños la que seguramente era su única comida diaria; había también 6 centros de contención (otros 400 niños) y dos jardines maternales (300 chicos más). Eso sin contar -como registraba un periódico local- los comedores creados por particulares o por asociaciones barriales.

Sin embargo, no solo de alimento vive el hombre, esos chicos luego son adultos y además de un plato de comida, necesitan un hogar, una escuela, un trabajo y un futuro. No un Futuro con mayúsculas, sino simplemente un futuro. Para los medios la película continua con que “Los vecinos están pidiendo juicio político y destitución para el juez de Garantías Rafael Oleaga, el de Menores Alberto Gallardo y el fiscal Carlos Lemblé. Se acusa a los magistrados de facilitar la libertad de los delincuentes y de actuar en forma automática». La otra, la realidad social, para “ellos” simplemente no existe.

“Entre los escapes de las motos, los ladridos de los perros y algún patrullero que pasa veloz levantando el polvo de las calles de tierra -cuenta un periodista porteño- en las esquinas o sobre los techos, los vecinos vigilan todo. Están conectados con celulares y empuñan revólveres y carabinas. Hasta el amanecer, algunos disparos sonarán en la oscuridad…”, si la función esta servida en bandeja para que se van a hacer problema de urgar en el fango de las causas de esa terrible realidad.

Los nuevos hechos de violencia producidos en Tres Arroyos son verdaderamente lamentables: delincuentes que intentan saquear una vivienda a pocas horas del fallecimiento de su propietaria; un menor que ataca a puñaladas a una dermatóloga porque resiste al atraco en su propia casa; robo de las campanas de una iglesia, para vender el bronce. Pero la otra violencia -ésa de la que nadie parece acordarse- sucedió pocos años antes. Y no fue menos destructiva, ni menos letal.

Los campos del sur bonaerense fueron rematados y vendidos, y se concentraron en unos pocos consorcios y unos pocos propietarios. El tren, ese tren cerealero que hacía vivir a mucha gente de Tres Arroyos y los pueblos cercanos, fue desmantelado. Las fábricas de silos, de herramientas de labranza y de artículos para el hogar, los molinos harineros y las fideeras, cerraron, sin que los bancos de fomento y crédito y sin que el gobierno bonaerense (en manos de los Duhalde, los Ruckauf, los Solá) hiciera algo para impedirlo. Perdón de eso “no se habla”, para los medios.

Ahora nos lamentamos por los efectos del bombardeo privatizador de los ’90; por los silenciosos asesinatos cometidos en nombre de la modernización; por los crímenes transgénicos; por la desaparición forzada de trenes; por la tortura de ser padre y no poder alimentar a un hijo.
Debió haber habido, después de tanto dolor, una reparación, un plan de reconstrucción del tejido social rasgado. Y no lo hubo. Solo “planes” para los excluidos y más concentración de riqueza.

Ahora, esa fórmula fracasa. Estalla en pedazos. Y hay guerra de pobres contra pobres. Y más dolor. Y violencia sobre violencia. Queda la esperanza de que un día los gobernantes (y sus votantes) comprendan que esta violencia recogida hoy es la que ayer fue sembrada por los salvadores que nos iban a llevar al “Primer Mundo”.

Y comprendan que para sembrar una paz verdadera y definitiva, y para conquistar una vida es necesario atacar las causas profundas del hambre, de la marginación social y el abandono, imperdonable, de la infancia. No solo esto pasa en Tres Arroyos, porque este es un espejo donde se reflejan muchos pueblos que fueron heridos de muerte por los que soñaron un país de negocios “para pocos”, pero a base del sufrimiento de “muchos”.

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Fuente: Agencia de Noticias Pelota de Trapo y Oscar Taffetani

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