Tras el paso del huracán Katrina, la escasez petrolífera resulta una trampa mortal para la economía de EEUU

Por Causa Popular.- El huracán Katrina puede llevar a los Estados Unidos a una crisis energética similar a la sufrida en la década del 70. La catástrofe natural más importante de la historia del país más poderoso del mundo lo privó de aproximadamente el 10% de su capacidad de refinación, el eslabón más débil de la infraestructura energética nacional, lo que disparará aún más los precios de la gasolina. Para tener un parámetro de las consecuencias para la economía mundial, el año pasado, el huracán Iván, una tormenta menos poderosa, afectó la producción de crudo durante meses, elevando los precios de la energía en todo el mundo luego de dañar redes de gasoductos en la misma zona hoy desvastada. Expertos prevén que la fuerte escalada del precio del barril del petróleo continuará mientras no se conozcan con exactitud la magnitud de los daños causados por Katrina en aquella región, de la cual se extrae la cuarta parte del crudo y gas natural consumido en Estados Unidos.

En la actualidad el panorama se presenta con ocho grandes refinerías cerradas, varias de ellas recién podrán volver a funcionar en un mes aproximadamente. Además existen rumores en la industria sobre daños significativos no reportados a gasoductos, centros de recaudación de energía y plataformas de producción en altamar que podrían tardar hasta años, en ser reparados.

De todas maneras, las informaciones sobre el estado real de las refinerías afectadas todavía son muy fragmentadas y la Agencia de Información Estadounidense sobre la energía (EIA) es vaga sobre un retorno a la normalidad: “una a dos semanas” para algunas refinerías y “varios meses para otras”, estimó.

Según el propio The Wall Street Journal, uno de los diarios representantes del establishment financiero de los Estados Unidos, “si Katrina generará una verdadera crisis energética o no, con escasez persistente de combustible, precios por las nubes y una economía deprimida, dependerá de cuan rápidamente las infraestructuras en tierra y altamar puedan ponerse nuevamente en funcionamiento, cuán hábilmente la industria y el gobierno logren distribuir combustible hasta que esto suceda, y lo más crítico, si los consumidores entran o no en pánico.”

Pero la única variable para entender la crisis energética mundial que puede desatar los Estados Unidos, no sólo es el evento natural que puede desencadenarla. Que se haya llegado a esta situación, según el diario estadounidense citado, “fue originada tanto por los conductores estadounidenses como por la industria energética.

Los conductores estadounidenses consumen el 11% del crudo mundial, y durante las ultimas dos décadas han estado comprando cada vez más camionetas todoterreno, o SUV, que consumen grandes cantidades de gasolina. Al mismo tiempo, la industria petrolera ha sido reacia a invertir en la ampliación de su capacidad de refinación debido a los tradicionalmente bajos retornos que produce, incluso cuando los refinadores han disminuido sus inventarios para fortalecer sus márgenes.

Esto ha reducido la capacidad de refinación extra estadounidense e internacional, creando un sistema mundial de entrega de gasolina presionado hasta su límite para superar una interrupción importante tal como la ocasionada por Katrina”, describe The Wall Street Journal.

Claro que uno de los salvavidas con lo que cuenta el gobierno de Bush son los buques cisternas provenientes de la invadida Irak, el segundo productor del petróleo del mundo. Los funcionarios estadounidenses se esperanzan de que cuando estos lleguen los crecientes precios mayoristas y minoristas de la gasolina bajen en forma inmediata.

Claro que la crisis energética que ha llevado a que el barril de petróleo superase la barrera de los 70 dólares, no se trata de un problema exclusivamente de EE.UU., la creciente demanda por petróleo de China, India y otras potencias en ascenso está agravando el déficit de refinación y amenazando con mantener los precios elevados por años.

La controvertida ley energética de Bush

Causa Popular pudo apreciar una nota publicada por Nicolás Machtou, integrante del Instituto de Estudios Políticos de París, en el matutino francés Le Monde, en la que da cuenta de las falencias que presenta la política petrolera de Bush, a partir de la aprobación de la ley energética que se aprobó por su expresó pedido el pasado 8 de agosto.

Sin percibir la realidad de la situación petrolera de su país y el mundo, el gobierno profundiza los problemas estructurales que el huracán Iván el año pasado, y el desbastador Katrina de la última semana, desnudaron en toda su magnitud.

Según Nicolás Machtou, “cuatro años de intensas negociaciones necesitó el Presidente George W. Bush para lograr, el 8 de agosto, la aprobación de su ley sobre energía. Algunas de sus disposiciones van por buen camino, como el reforzamiento de los poderes de la Agencia Federal de Regulación de los sectores de la energía (FERC) para una mejor supervisión de los mercados, así como el relanzamiento del programa nuclear o el apoyo a la investigación. Pero la ley mantiene el statu quo, privilegiando el aumento de la oferta más que una gestión voluntarista de la demanda.”

Machtou da cuenta en su artículo de la ignorancia que muestra la ley de la nueva realidad petrolera: “El aumento brutal desde 2004 de la demanda china, hoy el segundo consumidor mundial, así como la del subcontinente asiático, ha reducido la capacidad de producción.

La reducción afecta a la producción de crudo y a las refinerías que aseguran el aprovisionamiento a los consumidores. Considerando los plazos para explotar nuevos pozos y montar nuevas capacidades de refinación, la situación debería prolongarse todavía por algunos años.”

“Las mil 724 páginas de la ley de energía norteamericana implementan opciones que son a la vez clientelistas e ineficaces. Ella distribuye 14 mil millones de dólares de subvención entre los principales sostenedores financieros de los republicanos, los grandes grupos tejanos especializados en exploración y producción, así como los propietarios de las explotaciones agrícolas del Medio Oeste.

La ley multiplica las subvenciones directas y los créditos impositivos para alentar la explotación de los yacimientos en aguas profundas del golfo de México, en momentos en que el precio del barril asegura, por sí mismo, la rentabilidad de los pozos más costosos”, describe el columnista de Le Monde.

“Pero hay fuertes dudas sobre la eficacia de esta ley -continúa Nicolás Machtou-. La ley sobre la energía favorece la creación de nuevas refinerías, pero ninguna medida apunta a remediar la segmentación del mercado norteamericano: en EEUU cada estado determina las normas para los carburantes que pueden utilizarse en su territorio.

De esta manera, cohabitan decenas de estándares para los carburantes, lo que podría impedir, por ejemplo, vender en California productos refinados en Louisiana. La ley pasa singularmente por alto la gestión de la demanda, en circunstancias que su aumento se basa en los carburantes utilizados en los medios de transporte, para los que no existen productos económicamente sustitutivos.”

“Así es cómo, ante la falta de soluciones tecnológicas para reemplazar los carburantes o hallazgos de grandes yacimientos, EEUU está condenado a compartir, cada año, un poco más los recursos existentes y a diversificar geográficamente sus importaciones, para reforzar la seguridad de sus suministros.

Sólo una política voluntarista de gestión de la demanda les permitirá limitar, eficazmente, el impacto sobre su economía del alza del precio del barril.”

“Son inexistentes las medidas contra el recalentamiento climático. Con 40% de la electricidad producida a partir del carbón y más de 5 toneladas de CO2 per cápita anuales (contra 1,8 en Francia), el Gobierno federal persiste en su rechazo a objetivos que fuercen la producción eléctrica de fuentes de energía renovables.

No está aislado, sin embargo, en su falta de políticas ambiciosas. Los otros grandes países consumidores no están a salvo de adoptar políticas responsables y obligatorias.

Es a ese precio que se podrá atender la seguridad del aprovisionamiento y reforzar la perennidad de las economías nacionales y el medio ambiente”, concluye Nicolas Machtu en Le Monde.

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