Una pareja está sentada en el banco de una plaza. Los veo desde el colectivo, como a tantas otras parejas que vi alguna vez desde un colectivo. La imagen que se repite a lo largo de la Historia: parejas sentadas en los bancos de las plazas. En mis piernas, la novela El pasado. La acabo de terminar y no puedo evitar pensar en sus protagonistas, Rímini y Sofía. Los veo enamorándose, aburriéndose, dejándose, volviéndose a encontrar. Y veo a esta pareja sentada en la Plaza San Martín, casi reproduciendo una foto de calendario, les pega el sol de agosto, ella tiene medias cancán blancas y le roza la pierna a él con el tobillo. Me pregunto en qué momento de su novela personal estarán.
Cuando Alan Pauls escribió El pasado (2003, Premio Herralde de Novela) todavía no existía la palabra “heterofatalismo”. Hoy circula este concepto por redes, revistas y ensayos para decir algo bastante simple y brutal: las mujeres padecen y odian sentirse atraídas y sentir deseo por los hombres, pero, a la vez, no pueden evitarlo. El término se puso de moda y se viralizó a partir de una nota que salió hace unas semanas en The New York Times. En el artículo, la autora nos cuenta la decepción que tienen ella y sus amigas cada vez que un hombre les deja de contestar, las evita, desaparece. Y menciona esa dinámica de la cual ya no quieren formar parte: “la desfasada dinámica hombre-mujer, convirtiéndome en una mujer que espera una llamada que nunca llega y a él en un hombre que debe evitar a la mujer que espera”.
Lejos de querer caer en un debate binario o prenderme a la tendencia woke de ponerle un nombre a todo, debo confesar que este término, en vez de generarme pesimismo o fatalismo, me hizo pensar en dos cosas: lo dificultoso que es relacionarse con un otro, y a la vez la ternura que da el gesto de ese esfuerzo. El subtítulo dice: “Ellas están tan hartas de salir con ellos que el fenómeno tiene incluso un nombre: heterofatalismo. Entonces, ¿qué hacer con el deseo?” Qué hacer con el deseo. Qué pregunta tremenda y hermosa al mismo tiempo.

En El pasado, a lo largo de más de 500 páginas vamos conociendo la historia de Rímini y Sofía, una pareja joven que está junta hace más de diez años y deciden separarse. Lo hacen de una manera limpia, sin dramas. Pero lo dramático es lo que viene después: la imposibilidad de olvidar, los celos, la muerte. Lo que creemos cerrado o terminado no desaparece: se prolonga, se metamorfosea, se vuelve inquietante. Así, esta novela no es solo la historia de una relación amorosa, sino más bien un examen de cómo el tiempo convierte el amor en algo imposible de dominar, incluso cuando creemos que termina e intentamos seguir “hacia adelante”. Sofía es la primera en darse cuenta de esto, por eso es la primera en querer volver. Aparece en los momentos más críticos de la vida de Rímini: lo llama todo el tiempo, lo persigue, le manda regalos a través de conocidos, hasta secuestra por unas horas al hijo que tuvo Rímini con otra mujer.
Sé que lo que cuento parece terrible (lo es), y que lo esperable sería ponerse del lado de Rímini. Sin embargo, no pude evitar que Sofía interpelara a la mayoría de las mujeres que conozco. No porque sea una desquiciada, una especie de mujer vampiro, una perversa, sino porque 1) desea; 2) es consciente de lo que desea; 3) actúa. Y, sobre todo, porque del otro lado tenemos a Rímini, un hombre de treinta años que se deja manipular por otras mujeres, se hace adicto a la cocaína, se deprime en lo de su padre, y no hace más “que desmayarse y llorar” (dicho en una entrevista por el propio autor del libro). La insoportable pasividad e indiferencia con las que Rímini deja pasar los sucesos más tremendos hace que sea cómplice y muchas veces el mismo actor de dinámicas muy crueles.
Su indiferencia me hizo acordar al texto de Gramsci, Odio gli indifferenti: “La indiferencia es la fatalidad: aquello con lo que no se puede contar. (…) Algunos lloriquean piadosamente, otros blasfeman obscenamente, pero nadie o muy pocos se preguntan: ¿si hubiera tratado de hacer valer mi voluntad, habría pasado lo que ha pasado? Odio a los indiferentes también por esto: porque me fastidia su lloriqueo de eternos inocentes”.
Estas últimas semanas pensé mucho en los conceptos de indiferencia, deseo e interés. Me junté con un amigo que no veía hacía mucho y me contó que siente que su pareja no siente deseo ni interés por nada, que nada la conmueve. Yo por dentro pensaba en lo difícil que debe ser estar con alguien así, me parece inimaginable estar con alguien que no se conmueva por algo. No hay nada que disfrute más que ser testigo del monólogo de un amigo cuando habla sobre esa canción de Sandro que lo apasiona, me conmueve hasta las lágrimas leer sobre los esfuerzos que hizo Gütenberg para crear la primera máquina de imprenta de la historia, me gusta escuchar a mi amiga describir la manera en que su novio se emociona cada vez que el mismo colibrí visita su balcón.
Es conmovedor la gente que se conmueve (valga la tautología), y alguien que sabe captar lo que conmueve y no dejo de recomendar una y otra vez es a Agustín Ferrando Trenchi, el creador de “Los tiranos Temblad” (https://www.youtube.com/@TiranosTembladTV), un canal de Youtube que resume acontecimientos semanales uruguayos. En cada capítulo, se hace un resumen de las cosas que fueron pasando en el país oriental, compilando videos que suben distintos usuarios uruguayos: una competencia de danza, la lluvia, un señor comprando frutas, cómo florecen las acacias, el avistamiento de una ballena, el nuevo toldo que le pusieron a una casa rodante, una nena comiendo torta frita, la inauguración de una fuente en la plaza de Soca. Enumerados así parece simplemente una lista de sucesos, pero la voz en off de Agustín y la curaduría que realiza al elegir cada video realmente generan algo parecido a tener esperanza en la humanidad.
Ahora bien, volviendo a lo aburrido y retomando el concepto que recientemente ganó popularidad, especialmente en Estados Unidos —el llamado “heterofatalismo”—, no puedo evitar pensar en El Banquete de Platón. Porque hacia el final de ese texto, aparece el novio de Sócrates y cuenta que se enamoró de él porque justamente, estando solos en una habitación, Sócrates no le hizo nada: cuanto menos le hacía caso, más deseaba Alcibíades y más buscaba maneras de acercarse y seducirlo. Es curioso ver cómo funciona el deseo: mientras Sócrates lo ignora —porque su atención está en otras cosas—, Alcibíades lo desea cada vez más. Igual que les pasa a las mujeres heterofatalistas: pese a ser evitadas, siguen deseando.
Me gusta mirar qué lugar ocupa el deseo en cada quien: puede llevar a la admiración completa, como a Alcibíades, o volverse obsesión, como en Sofía. No importa tanto la forma: lo que comparten ambos es que cuanto más lejos se nos escapa lo que queremos, más lo perseguimos. Y quizá sea justamente ahí, en esa persecución inacabada, donde se esconde buena parte de lo que significa seguir sintiendo.
Escuché hace un tiempo que la pregunta que ronda a la filosofía sobre el deseo es: ¿desear es algo “natural”, parte de lo más intrínseco del humano, o es más bien una construcción social, algo que nos imponen como necesario? Y el problema más grande es que, si somos seres deseantes, nuestra condición es la de un desear perpetuo; la satisfacción, entonces, nunca puede ser completa. Pero a la vez, dejar de desear, me preguntaba, ¿no es lo más parecido a estar muerto?