Torturados por petróleo

Por Sebastian Hacher.- 1. Los últimos días Claudio los había pasado prófugo, y Karina presa en un hospital, con su embarazo de cuatro meses arrebatado por la tortura. Finalmente, en la mañana del 4 Diciembre del 2004 pudieron escapar de Las Heras, provincia de Santa Cruz. Y ahora, dos meses después, en algún lugar del Gran Buenos Aires, para reconocernos tenemos que adivinarnos entre las oleadas de gente que de a ratos ocupa parte de los andenes de la estación de tren.
La historia comenzó antes, quizás cuando aquellos pueblos que habían crecido al ritmo de la petrolera estatal sintieron los primeros efectos de la crisis que sobrevino después de las privatizaciones. Corría entones la mitad de la década del ‘90, y en esos pueblitos inhóspitos los garajes dejaban de ser quioscos montados con las indemnizaciones para volverse mudos depósitos del bienestar pasado.

Comenzó entones un nuevo fenómeno, que pronto recorrería el país: los piquetes exigiendo trabajo. Pero si Cutral Có, otra comarca petrolera, se hizo famosa por ser la cuna de los cortes de ruta, Las Heras saltó a la fama como símbolo de otro fenómeno: la nombraron capital del suicidio. Ahorcados en las escaleras o las plazas, en la ducha o en un poste de luz, la crisis se cobró allí varias muertes voluntarias.

Entre Agosto del ’98 y enero de 2000, hubo 22 suicidios. Solamente en los dos primeros meses del 2005, se contaron seis, y hasta algún medio de comunicación llegó a especular si no se trataba de la obra de una secta dedicada a “chuparle el cerebro”, a parte de los 10.000 habitantes de un pueblo con el 25% de desocupación.

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“Los piqueteros peleamos por la vida”, dijo alguna vez Claudio Bustos. Y nunca esa frase fue tan cierta como en Las Heras, donde los cortes de cortes de ruta comenzaron a finales de la década del 90′, como única respuesta a las muertes anunciada por el fin del petróleo estatal.

Fue en esa pelea por la supervivencia donde Claudio conoció a Karina Sauco, su compañera desde entonces. Cada uno con sus historias y con sus hijos cuestas, aprendieron a patear puertas juntos, y a mantenerse firmes en un pueblo donde enfrentarse al poder es pararse en una cornisa entre la dignidad y la nada.

En Agosto del 2002, encararon juntos el proceso de cortes de ruta que derivó en una de las primeras ocupaciones de empresas petroleras para exigir trabajo.
Allí fueron testigos de cómo 12 de sus compañeros eran atropellados por una camioneta durante el corte y de cómo, para obtener una respuesta, tuvieron que amenazar con volar los tanques de las plantas petroleras.

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Justo dos años después, en Julio del 2004, en la invernal Las Heras varios pibes patinaban sobre una pileta cloacal congelada. Cuando el hielo se resquebrajó, las personas que pasaban por ahí se tuvieron que arrojar al agua helada para rescatar a las víctimas. El resultado fue de una niña y dos transeúntes muertos, y una indignación popular que apuntó directamente al intendente.

Las movilizaciones, que comenzaron exigiendo justicia, terminaron por volver a plantear el problema del trabajo. En agosto, la bronca de los pobres se volvió otra vez contra las petroleras, señalando la única forma de aplacar la desocupación. Está vez fueron a pedirle trabajo a Cristóbal López, declarado amigo del presidente Kirchner y dueño de Oil MNS, una empresa contratista de Repsol YPF.

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Según un estudio de la Universidad Nacional de la Patagonia, Cristóbal López es dueño de un “holding de empresas locales, regionales y nacionales (que) abarca desde la explotación petrolífera hasta la del juego en casinos locales con tres establecimientos en la ciudad, uno en Rada Tilly y uno en Esquel, además de otros puntos del país, también con transportes de cargas sólidas/líquidas, recolección de residuos» y, además, es «propietario en sociedad del 51% de las acciones de dos medios de comunicación locales, el canal abierto de TV que llega a la franja de población más numerosa y que puede inclinar fácilmente los votos y uno de los dos medios gráficos, «El Patagónico». Su conducta pública es de perfil bajo, siempre lejos de cualquier litigio o diferencia pública, si es posible lejos de los medios”.

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El 29 de Noviembre del 2004, después de varias idas y venidas, 80 desocupados se presentaron en Oil MNS, para ocupar los puestos que se habían ganado con la lucha de Agosto. Todos habían cumplido con la revisación médica para entrar a trabajar, pero 23 de ellos serían rechazados por diferentes causas. Entre ellos estaba Karina Sauco, embarazada de casi 4 meses.

Esas misma tarde, los desocupados se concentraron en las puertas del galpón de la empresa petrolera. El 30 de Noviembre, sabiendo que las respuesta escaseaban, decidieron entrar y ocupar simbólicamente el lugar, utilizado como depósito y estacionamiento para las camionetas de la empresa.

Por la noche, la gendarmería rodeó la zona para evitar que el piquete reciba apoyo desde el pueblo, y la policía provincial hizo lo de siempre: con palos, gases lacrimógenos y balas desalojó el lugar. En la represión fueron detenidos 10 desocupados, algunos de los cuales serían liberados horas después, por no estar en el listado de 80 que supuestamente iban a empezar a trabajar.

Casi un día después de la represión, la policía detuvo a Karina Sauco. Ella estaba en la casa de un vecino, junto con otras ocho personas que también fueron arrestadas. Karina no pudo avisar a su casa, donde la esperaban sus cuatro hijos, y mucho menos mandarle un mensaje a Claudio, que para esas horas ya sabía que lo estaban buscando y se mantendría oculto durante algunos días.

Las cosas, para entonces, se estaban poniendo muy pesadas: en la casa donde habían detenido a Karina y sus compañeros, la policía de Las Heras y un grupo de elite venido desde pueblos vecinos habían entrado a los golpes, mostrando como única orden judicial armas largas y cachiporras.

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Karina era la única mujer del grupo y en la comisaría la separaron de los varones. A ellos los mandaron al calabozo, y a ella la ubicaron en la cocina, parada y con las manos atadas en la espalda. A pesar de estar embarazada, le dijeron que no se podía sentar.

Cuando a la cocina de la comisaría entró el oficial Borquez, las cosas se pusieron peores. Primero empezó por separarle las piernas, festejando “la vuelta de la represión a Las Heras”. Después, Karina sintió como el borceguí del policía se hundía contra su vientre, hasta hacerla caer al piso.

“Acá no hay lugar para un bastardo hijo de dos subversivos”, se justificó el policía cuando le ató las piernas para poder seguir golpeándola con el bastón en el vientre. Tres horas después, Karina quedaba internada en el hospital, con un diagnóstico claro: como consecuencia de las torturas, había perdido su embarazo de cuatro meses.

El sábado 4 de Diciembre, luego de varios rumores de nuevos pedidos de captura, Karina fue liberada y sorpresivamente dada de alta del hospital. Recién entonces se pudo abrazar con Claudio, y juntos pudieron abandonar Las Heras, escapando de la pesadilla que había comenzado con la represión.

Días después, mientras llegaban a Buenos Aires reclamando justicia, Karina y Claudio se enteraban de que les será difícil volver al lugar donde vivieron durante los últimos años.

Por una decisión del intendente del pueblo -el ex radical y actual justicialista José Luis Martinelli- Karina y sus hijos se quedaron sin casa.

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