Todos unidos triunfaremos

De la Redacción de ZOOM. Confundir la democratización de las estructuras gremiales con libertad sindical es un error fatal que los sectores del capital no desaprovecharán. Cuando se quiebra la unidad de la representación de los intereses de los trabajadores el único beneficiario es el empleador. Gobierno y oposición deben ayudar a reformar la práctica sindical de manera que redunde en su fortalecimiento y no en su debilidad.

Fueron los diversos intentos integracionistas los mentores de la multiplicidad de sindicatos de la administración pública, que constituyen cualquier cosa menos un ejemplo de “libertad sindical” ni suponen ventaja alguna para los trabajadores. Y ocurre, además, que una vez conformados –al amparo de la coacción gubernamental o de regímenes de fuerza– resulta imposible volver a una situación de normalidad debido a los intereses propios de la nueva organización gremial, sin que tampoco eso implique una ventaja para los trabajadores. No por esto puede decirse que las nuevas organizaciones sindicales sean necesariamente espurias, pero caben pocas dudas de que al quebrarse la unidad de la representación de los intereses de los trabajadores el único beneficiario… fue el empleador. Excepción hecha de los casos de conflicto entre las propias organizaciones en la que la práctica habitual es la competencia de reclamos, la diputa por medir cuál de los sindicatos la tiene más larga, lo que usualmente ha llevado a que las demandas fueran mucho más allá de lo razonable sin ventajas para nadie y con grave perjuicio para la actividad económica y para el empleador, que tiene que vérselas con un montón de desquiciados compitiendo por demostrar quién está más loco.

Afortunadamente –es un decir, ya que fue la pericia de los sindicalistas argentinos la que ha conseguido evitar esta clase de dispersión– la superposición de organizaciones gremiales asoló –y asuela– únicamente al Estado, fuera de las malhadadas experiencias cordobesas de SITRAC-SITRAM, dos sindicatos títeres de la FIAT que, al calor de los tiempos, acabó siendo conducido por un grupo de sindicalistas radicalizados cuyo dirigente más notable fue René Salamanca.

La experiencia de SITRAC-SITRAM abona las ilusiones de la pseudoizquierda dizque “clasista” de transformar el panorama productivo argentino en uno, dos, cien sitrac-sitram… olvidando que Salamanca fue parte y producto de una larga experiencia de la clase trabajadora y contemporáneo de dirigentes de aún mayor calidad y envergadura, como Atilio López, Agustín Tosco, Raimundo Ongaro, Julio Guillán, Atilio Santillán, Gustavo Rearte, Jorge Di Pascuale, por nombrar sólo unos pocos. A ninguno de ellos –ni siquiera a René Salamanca– se le hubiera ocurrido jamás que un sindicato por empresa era la mejor opción para defender los intereses de los trabajadores.

Afiliiaciones y delegados

El reciente fallo de la Corte habilita al parecer una supuesta “libertad sindical”. El fallo, según el cual un trabajador no tiene obligación de estar afiliado al sindicato para ser elegido delegado, es muy razonable en principio por aplicarse a un caso de superposición de sindicatos donde cualquiera que esté afiliado a una de las organizaciones puede automáticamente ser recusado por la otra. Y parecería razonable también que aun en la actividad privada un delegado obrero no tenga por qué estar afiliado al sindicato… aunque no se entiende por qué no habría de estarlo. Son muchos los trabajadores formales que están afiliados a su sindicato –y lo estarían más si las organizaciones no se hallaran tan anquilosadas y faltas de activistas luego de largos años de complacencia con el neoliberalismo conservador–: afiliarse al sindicato conlleva para el trabajador un gran número de ventajas prácticas y ninguna desventaja, a cambio de un pequeñísimo porcentaje de su salario, algo muy lógico ya que su salario se ve incrementado en gran medida gracias a la actividad del sindicato que lo representa, sea o no afiliado a él. Vale decir, el beneficio de la actividad del sindicato es para todos, lo que debería implicar para cualquier trabajador la obligación moral de contribuir, aun mínimamente, a su organización gremial.

Sin embargo, la afiliación al sindicato es libre y no compulsiva, por lo que no existe razón alguna para que uno de esos no afiliados sea elegido delegado (y cuente con la estabilidad correspondiente) a condición de que carezca de los derechos de los demás delegados de participar del proceso de elección de autoridades de la organización.

Digresión aparte: sería un caso sumamente raro el de un trabajador desinteresado de la actividad gremial que resultara electo para representar a los trabajadores de un sector de trabajo, y en los pocos casos en que un fenómeno semejante tuviera lugar, probablemente sus compañeros elegirían a un rufián interesado únicamente en sus propios intereses.

En la actividad privada existe un único sindicato por rama de actividad –y desde siempre, ya que contrariamente a lo que sugieren los mitos peronistas y antiperonistas, ni el sindicato único ni el sistema jubilatorio solidario (mal llamado “de reparto”), fueron inventos de Perón–, y si acaso estuviera dentro de los planes de la CTA el quebrar tan sabia tradición, estaría violentando no sólo su propio discurso sino su propia historia: Víctor De Gennaro y el malogrado Germán Abdala, los impulsores primigenios de la CTA, lucharon varios años dentro de su sindicato –ATE– contra una de las dirigencias más corruptas, venales y no democráticas de toda la historia del movimiento obrero… y jamás se les cruzó por la cabeza el crear un nuevo sindicato.

¿Libertad sindical o democratización?

La “libertad sindical” es un concepto aún más abstruso que el de la “intangibilidad” de los aportes jubilatorios, y se suele confundir –por lo general en forma malintencionada– con la democratización sindical, proceso al que las dirigencias sindicales se muestran remisas y que explica, entre otras causas, el desinterés de los trabajadores de base y la ausencia de cuadros y activistas sindicales en comisiones internas y cuerpos de delegados. Estos espacios, en muchos sectores, particularmente del área de los servicios, ha sido gradualmente ocupados por activistas de la extrema izquierda cuyos propósitos no acaban de ser claros.

Aclaración al margen y tal vez pertinente: aludimos con esto a que el abordaje de los espacios gremiales por parte de grupos de izquierda de origen universitario y extracción de clase media tuvo tradicionalmente como propósito, por un lado, la captación de cuadros para actividades extrasindicales y, por otro, la utilización de los conflictos gremiales con propósitos de agitación política, lo que ha acarreado un gran perjuicio a los intereses puntuales de los trabajadores, que consisten, básicamente y en principio, en el aumento del salario y mejoramiento de las condiciones de trabajo, dejando la instauración del socialismo planetario para cuando tengan el suficiente tiempo libre para pensar en eso.

La actividad sindical es esencialmente reivindicativa y de autoprotección de los trabajadores, y anda muy descaminado quien la aborda desde una mirada partidaria, universitaria o desde los prejuicios de la clase media, pues inevitablemente querrá hacer de la organización sindical algo que no es, provocando en consecuencia la reacción autopreservativa de la organización y de los propios trabajadores, lo que explica el histórico fracaso de las aventuras ultras.

Es necesario tomar en cuenta, además, que muchos de los vicios y defectos del gremialismo actual en nuestro país son consecuencia de las tradicionales agresiones sufridas por las organizaciones de trabajadores, a las que desde distintas esferas de poder se ha querido siempre reformar no para beneficio de los trabajadores sino para debilitar y desquiciar la buena o mala organización que éstos han podido darse.

Tarea para los gremialistas

Que el fallo de la corte contribuya o no a debilitar a los sindicatos no depende de la Corte, sino de las autoridades gubernamentales, de la madurez de los partidos políticos con representación legislativa y, fundamentalmente, de las organizaciones sindicales. Deben ser ayudadas por gobierno y oposición a reformar la práctica sindical de manera que redunde en su fortalecimiento y no en su debilidad, pero la tarea es fundamentalmente de los gremialistas y no de cualquier señora gorda que se levanta de su sillón para opinar de lo que no tiene idea.

La clave de una reforma útil está en la preservación a ultranza del sindicato único por rama de actividad, el fortalecimiento de las representaciones de base, la estabilidad laboral para todos los delegados, garantía del recambio y transparencia de los procesos electorales y preelectorales, así como en el respeto a la representación de las minorías. De persistir en muchos gremios el hábito de concebir la organización como cosa propia de los dirigentes, el resultado será el vaciamiento, la desintegración y el debilitamiento de los trabajadores.

Cuántas centrales sindicales haya no le importa a nadie y, en tren de sincerarse, así como los dirigentes de la CTA deben bregar por el mantenimiento del sindicato por rama de actividad, los dirigentes de la CGT deberán admitir que en los últimos setenta años, muy pocas veces existió una sola CGT. Por ejemplo, Piumato o Moyano, que hoy gimen como señoritas manoseadas en el colectivo, deberían acordarse del MTA. Les vendría bien y sería útil para el proceso que se avecina y que de ningún modo podrá soslayarse, si es que se quiere fortalecer al movimiento obrero y no usarlo para ventajas personales.

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