Todos los hombres del rey

Como si estuviera analizando la naturaleza del poder político en la Argentina de 2007, el personaje central de “Todos los hombres del Rey”, la novela de Robert Warren llevada al cine en 1949 por Robert Rossen con el protagónico de Broderick Crawford, dice: “En la política, el mal no sólo puede engendrar el bien, sino que además es lo único que hay para engendrarlo”.

Dejemos por un momento de lado las reminiscencias actuales y centrémonos en el personaje. En “O Brother, where art thou?”, los hermanos Coen ironizan sobre la demagogia anexa a cierta política en la interpretación del obeso Charles Durning. El Willy Stark de Warren y el Pappy O`Daniel de los Coen son miradas posibles de quien fuera gobernador de Louisiana desde 1928, Huey Long, el populista olvidado.

Long se convirtió en gobernador cuando Estados Unidos avanzaba hacia la Gran Depresión. La mayoría de los historiadores norteamericanos coinciden en tenerlo como el Perón yanqui, por su eventual demagogia, y las fotos lo muestran con el clásico saludo justicialista.

Demócrata, Huey Kingfish Long anticipó a Franklin D. Roosevelt, también demócrata pero del norte y liberal, que gobernaría Estados Unidos por 4 períodos consecutivos, entre 1933 y 1945. El secretario de Estado de Roosevelt fue Cordel Hull, sureño, que asumió con una idea fija: destruir a la Argentina, que competía con Estados Unidos en producción agrícola.

Cuarenta años mas tarde, el ministro José Martínez de Hoz decidió una venta monumental de trigo a la Rusia comunista mientras el mismo gobierno adiestraba a la contra nicaragüense financiada por la CIA y luego esperaría inútilmente el apoyo norteamericano en la guerra de Malvinas.

Aunque hoy parezca increíble, el pequeño partido Demócrata de Estados Unidos estaba en esa época arrinconado entre los plantadores conservadores del sur, y todo buen americano era republicano del american way of life.

El ideario político de Long es claro: «¡No están mintiendo! Los más ricos nos están ahogando, y lo harán nuevamente una y otra vez (…), y cuando usted se queja, ellos le echan la culpan a los negros, a los judíos y a los inmigrantes. Yo digo, ¡démosle una patada en el culo y tomemos la parte que nos corresponde!», bramaba.

Long aplicó un impuesto progresivo a la renta financiera, duplicó la inversión en la educación, y comenzó un plan ambicioso de obra pública. Hubo trabajo para todos en Louisiana: nada de derrame o goteo.

Cuando la Standard Oil se negó a pagar un impuesto con el que se entregaban gratuitamente libros escolares, Long ordenó a la Guardia Nacional tomar los yacimientos. La empresa de Rockefeller respondió emprendiendo una campaña de difamaciones; sobornó legisladores, chantajeó e intimidó, compró espacios en la prensa y hasta subsidió festejos populares para manipular al público.

El principio rector de la política de Long era: “un gobierno del pueblo debe proteger a las personas, a sus escuelas, a sus viviendas, y darle a cada hombre o mujer el empleo que necesita”. En otros términos, donde hay una necesidad existe un derecho.

En 1935, ya siendo senador por Louisiana, denunció la complicidad de la Standard Oil en la guerra entre Bolivia y Paraguay, mientras Spruille Braden (el mismo de Braden o Perón) escuchaba azorado.

Al abandonar una reunión en la legislatura de Baton Rouge, Huey Long fue asesinado a tiros.

Según se mire, fue un keynesiano adelantado a su época. Todos los pensadores serios de Estados Unidos coinciden en describirlo como populista y demagogo.

Hasta hace poco, muy poco nomás, el keynesianismo y el populismo (sudamericano) entraban en la categoría de horrores que debían soportar los mercados para llevar la felicidad al último rincón de la tierra, y se los asociaba libremente con la demagogia. Pero todas las ideas tienen hoy una liquidez tal que, a poco de esta diatriba de factura similar a la sarmientina (¡Southampton o la horca!) algo sucedió camino del Foro para que todos nos hiciéramos populistas y keynesianos de la noche a la mañana.

Sabemos qué es lo que sucedió pero nadie sabe muy bien cómo solucionarlo, aunque todos coincidimos que con más keynesianismo y populismo, porque no hay otra. O en otros términos, después de tanta revolución conservadora, el populismo es una auténtica bendición para los latinoamericanos en los que nos incluímos.

Sin embargo, para sostenerlo, al parecer, hay que recurrir a la receta de Stark: “en la política, el mal no sólo puede engendrar el bien, sino que además es lo único que hay para engendrarlo”.

Como Néstor Kirchner, Huey Kingfish Long fue el mas malo de los malos. Peor incluso que Rockefeller, paradigma del mal y la codicia.

Pero si Aldo Rico va a engendrar el bien porque es lo único que hay para engendrarlo, es preferible abordar la política con cierta actitud melancólica.

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