Tiro loco

Aguardientes. Segunda temporada.

El tipo descubrió a los catorce años que era hipocondríaco. Claro, desde los 9 se le venían declarando síntomas de enfermedades que realmente nunca había adquirido. Lo único cierto fue una crisis hepática consecuencia de la ingesta concienzuda de cuanto fármaco se prometía remedio para las dolencias creídas.

A los quince, cuando balanceó en la memoria la cantidad de temores infundados a los que se había sometido, se pensó un estúpido, un deficiente mental. Hizo el test de inteligencia y le dio 180, lo que lo llevó a pensarse un fenómeno de circo, seguramente nacido con la deformidad de alguno de los lóbulos cerebrales y con capacidades (como la telekinesis y el mentalismo) que le iban a granjear demasiados problemas en la vida de relación, acomodada, vulgar, convencional y mediana que él deseaba tener.

Que lo bocharan en el ingreso a la facultad de derecho lo tranquilizó. Sabía que no era necesaria ninguna superdote para salir airoso de ese escrutinio, de manera que podía contar sin más con su felizmente recuperada mediocridad.

Pero a los veinte, Valerie Sontang, la modelo más bella y codiciada de todo Occidente, hizo un curso acelerado de castellano para poder declararle su amor de manera convincente, desenfrenada, pasional y segura. Eso lo descontroló, ajeno al psicoanálisis, se preguntó que estado de la lascivia y magnetismo animal había desarrollado, capaz de hacer que esa mujer, esa preciosura, esa criatura bendita de perfecciones sintiese la incontrolable pulsión de lanzarse a sus brazos. Sin dudarlo ni hesitar, la alejó mintiendo en confesión su condición de homosexual. Eso era preferible a tener que probar la sospecha que lo aterraba desde los doce años, cuando en cama por una papera tardía, se informó de que la masturbación, en concurso con esas enfermedades, producía esterilidad e impotencia. De nada le valió recordar esos veranos de desenfreno que debieron alejar todo temor, el tipo prefirió creer que tarde o temprano, la mordedura de aquella porquería preadolescente le iba a cobrar por sus deslices.

Cuando tanto cuidado y prudencia, tanto orden, tanta predisposición a la autocenservación parecían garantizarle una longevidad digna del libro de los Guinnes, sorprendió con su muerte prematura.

Lo enterraron a cajón cerrado porque, literalmente, se había volado la cabeza jugando con unos adictos al crack a la ruleta rusa. Es que el tipo, entre tanto aliño remilgado, tanta meticulosidad y aprehensión al peligro, había concentrado todo en una sola valentía: no le inspiraban ningún temor las armas de fuego.

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