Teléfono roto

Don Néstor Carlos avanza, para cuando se escribe esto, otra vez a los tiros contra los medios de comunicación. En lo que llevamos de experiencia democrática, el de K ha sido el único gobierno lo suficientemente corajudo como para enfrentarse con el espantoso poder de fuego de los medios de comunicación, entendiendo reducidamente a los medios como la voz del establishment.

Ha sido así de temerario con una salvedad igualmente horrible: que este gobierno no sólo no avanza en una construcción cultural y comunicacional distinta de lo conocido, sino que -contradiciendo buena parte de lo mejor que hace- lleva tomadas una serie de decisiones estratégicas que implican un futuro más que opinable en lo que a la comunicación se refiere, y con ella a los modos de hacer política.

Ya es famoso aquel punto de partida que de alguna manera signó la relación de Kirchner con los medios, el de haber resistido el apriete protogolpista de Claudio Escribano -pope de La Nación- que reveló Horacio Verbitski en Página/12.

El que escribe, que alguna vez publicó un libro que documentó cuán repulsivo fue el comportamiento de nuestra prensa escrita durante la última dictadura, no pudo más que sentirse gratificado cada vez que K resistió la “sensata” voz de los medios de la derecha a la hora de discutir ya sea la renegociación de la deuda externa, la política de derechos humanos en relación con los ’70 o la asociación presunta entre suba de salarios e inflación.

Con su modo de construir poder yendo de apuesta en apuesta y de transición en transición, saliendo a menudo por izquierda tras cada nudo de conflicto (la deuda, las designaciones de funcionarios que hizo tras el caso Blumberg, la Corte Suprema, los nombres del segundo gabinete) Kirchner cometió el pecado serial y capital de enfrentarse con medios y periodistas, lo que equivale al más mal educado de los actos que puedan cometerse en las democracias modernas.

Y sin embargo, volviendo al principio, la de Kirchner no es exactamente la voz de una construcción cultural y popular, la de un antipoder de lo conocido, sino más bien una suerte de caricatura de antiguo cowboy que desenfunda y dispara en la calle principal de un pueblo cuyos moradores no constituyen, según se dice de Oesterheld, un héroe colectivo.

No se le puede reprochar al presidente ausencia de coraje personal. Pero sí puede que sea oportuno revisar algunas cosas centrales de lo que hizo y de lo que no hizo en materia de políticas de comunicación, ya sea por miopía, ausencia de discusiones o de cuadros, o por negociar debajo de la mesa:

Hasta ahora, como todos los gobiernos anteriores, silencio de radio que hace que permanezca vigente la vieja ley radiodifusión sancionada por la dictadura.

Conforme a sus modos hiperpragmáticos de ser y decidir, el gobierno, mediante simple arte de decreto, sin discusión pública o social alguna, prolongó las licencias de radio y televisión a los grupos monopólicos conocidos, los cuales seguirán siendo hasta la virtual eternidad -para lo que es nuestra historia- del Grupo Clarín, de Telefónica, de Hadad, Moneta, Manzano, Ávila o Vila.. Kirchner ha premiado largamente a su peor enemigo: los satánicos impulsores o silenciadores del desguace del Estado, las privatizaciones, los apóstoles de la desregulación y del endeudamiento propio o nacional.

Este gobierno no ha podido, o no ha tenido tiempo, o no ha querido prestar la suficiente atención a los medios estatales para intentar convertirlos en ejemplares, ya sea por su calidad o por hacerlos alternativos a lo dominante. En canal 7 han sucedido cosas horrendas (hay nombramientos recientes, como los de Morgado y Rosario Lufrano, que pueden ir por un mejor camino), la agencia Télam anduvo como al garete por ausencia de definiciones, no se ha avanzado en la necesidad de crear un sistema estatal de medios, cosa que sí ocurrió incluso en tiempos de De la Rúa, no por mérito suyo.

Si bien es cierto que las críticas por el manejo de la pauta estatal de publicidad corresponden más o menos a las lógicas de una asamblea de turritos, parece que también en ese tema la política del realismo es la que lleva, antes de transparentar, a dar para callar, repartir para negociar prudencias y discreciones. Sugerir esto no implica apoyarse en los señalamientos hipócritas de la Sociedad Interamericana de Prensa, de los medios que patalean por su conservadurismo y su fanatismo ideológico, o de aquellos otros que hacen de la “independencia periodística” su estrategia de marketing.

En términos que se podrían tildar de peligrosamente teóricos, la deuda comunicacional de este gobierno tiene que ver con que:

No ha concebido una política cultural-comunicacional que no sea la de las necesidades crueles y urgentes de la política.

No ha permitido, o no ha visto la necesidad, o no cree necesitar la apertura de una discusión social acerca de construir una comunicación desarrollada con y por la presencia de otros actores culturales, o sostenida en otras lógicas económicas.

Como en otros temas de discusión, dado siempre al encierro broncudo, incluso en sus mejores facetas el gobierno sencillamente no se deja ayudar o se solaza en el ancestral grito del macho alfa: “Tengo el poder”.

Cuando aquí se habla de la necesidad de abrir una discusión sobre políticas comunicacionales, lo que se pretende es ir mucho más allá de los viejos gestos de indignación ante la tele chabacana, la telebasura, la lógica del lucro, la manipulación por derecha, el acto de censura o el de corrupción. A lo que se intenta apuntar es a la necesidad de construir cimientos culturales, construcciones colectivas, que sostengan y que estimulen los procesos de cambio y de transformación.

Si la comunicación, la construcción de agendas y de paradigmas, constituyen dimensiones cruciales, una suerte de corazón en tinieblas de las sociedades contemporáneas, desatender esa problemática significa dejar a la buena de Dios el sentido esencialmente antidemocrático de nuestro sistema de comunicación, fuertemente centralizado además en Capital Federal.

Significa mantener invisibilizados a quienes tienen menos acceso a cámaras, micrófonos y libretas, perderse la oportunidad de restituir capacidad de integración, desatender las catástrofes desencadenadas por las políticas liberales en cuanto a fragmentación, hipotecamiento educativo, empobrecimiento cultural y en cuanto a la necesidad de explorar mejores modos de relacionamiento entre el Estado y la sociedad y de la sociedad consigo misma y con una mejor política.

Antes, o como mínimo junto a la necesidad de contar con mejores herramientas institucionales y políticas, los desafíos que tenemos por delante tienen que ver con cómo demonios hace una sociedad estallada en fragmentos para reconocerse, examinarse, autoconstruirse, darse sentidos de pertenencia y proyectos de futuro, siendo que en términos generales las instituciones, los partidos, el Estado, siguen siendo actores cuestionados sino vaciados, distantes, y siendo que el único discurso presuntamente unificador de nuestra sociedad archipiélago es el de los medios de comunicación, tal como -fuleros- los conocemos.

Enfrentar esos desafíos es enfrentar la necesidad de discutir políticas culturales que no pueden ser tales si no lo son de información y comunicación. El asunto excede largamente lo que pueda hacer una Secretaría de Cultura cuyo presupuesto histórica y estructuralmente apenas si alcanza para sostener sueldos y cuyo poder de fuego en relación con el de los medios no alcanza el rango de escupida.

Es muy posible que el actual cuadro de situación revele el techo o los límites de lo que hoy da la política: un Ejecutivo fuerte y animoso capaz de poner en marcha algunas políticas reparadoras de la catástrofes de las que venimos, audaces y potentes en algunos puntos, y del otro lado, un típico sistema de resistencia conservadora encarnado en los medios y ciertas viejas culturas políticas toscas e impotentes.

Podría decirse que en algunos rasgos ese enfrentamiento es similar al de las remotas eras del más antiguo peronismo, incluso por los afanes verticales del Estado y las ciegas furias de la oposición. Lástima que ni uno ni otro campo son homogéneos. Ni es uniformemente progre, trasgresor ni “setentista” el presunto campo oficialista, ni es uniformemente conservador y oligárquico el campo de la comunicación que el gobierno toma como adversario.

Lo penoso de este paisaje es que el gobierno apenas si ha mostrado síntomas vitales a la hora de auscultar el campo de la comunicación en cuanto a sus actores sociales. No los holdings, sino los trabajadores de la prensa y la comunicación y sus organizaciones (ciertamente no muy pujantes). Mucho peor: se supone que en todos estos años hemos hecho un aprendizaje sobre la necesidad de construir en articulación con la sociedad (sin comunicación eso no es posible), de ahí que aparezca esa imagen del cowboy Kirchner caminando a lo John Wayne en la calle principal de un pueblo vaciado de almas que tengan algo interesante que decir.

Todavía es valorable y potente la capacidad gubernamental de fijar y construir políticas y todavía se espera más en términos de redistribución del ingreso, políticas de desarrollo, democratización, mejoras en la calidad de vida de nuestra sociedad y nuestras instituciones. Los límites quizá sean simétricos a lo que se hace y no se hace en términos de políticas culturales y de comunicación.

La pregunta es si esos límites hacen a la esencia de lo que se da en llamar kirchnerismo o a su actualidad y sus imposibilidades o impericias. Si el gobierno ya dio buena parte de lo mejor de sí, entonces sus políticas de comunicación conforman un digno triunfo de la escuela italiana de fútbol: victorias arrancadas a fuerza de vigor, profesionalidad y pragmatismo. Es aquí el lugar en el cual el resultadismo es legítimo, porque se puede arriesgar con cualquier cosa excepto con la vida de los pueblos.

Ahora bien, si se puede prolongar y hacer aún más intensa la cierta primavera iniciada a partir de la asunción de Néstor Carlos, entonces vale la pena seguir planteando modos de ensanchar las discusiones y las políticas.

COMPARTÍ ESTE ARTÍCULO

Share on facebook
Share on twitter
Share on linkedin

Recibí nuestras novedades

Puede darse de baja en cualquier momento. Al registrarse, acepta nuestros Términos de servicio y Política de privacidad.

Últimos artículos

La importancia histórica de la autodefensa de CFK y los neofascistas que atentan contra nuestras libertades democráticas.
Abordamos la modificación de la Ley de Política Ambiental Provincial que llevó a cabo la Legislatura cordobesa. Sus argumentos, la resistencia del pueblo y cuáles serán sus efectos.
San Luis, Territorio Huarpe, Comechingón y Ranquel se prepara para recibir a más de 100 mil asistentes en pos de luchar, continuar visibilizando y problematizando los feminismos.