Tartagal bajo las aguas

Por Mirko Vittelone, especial para Causa Popular.- Si lo eclógico tuviera relación con lo egolátrico, lo poético con lo político, o el salamín con el dulce de leche, la solicitada aparecida el 18 de abril en el diario Clarín, con el título “TARTAGAL” y firmada por el hasta ahora desconocido vate Juan Carlos Romero, a la sazón gobernador de la provincia de Salta, capaz que empequeñece a creadores locales como Juan Carlos Dávalos y Manuel J. Castilla.

Una suma de errores tipográficos atribuibles al diario, a la agencia de publicidad que la diseñó, al cadete que la tipeó o incluso al asesor de prensa con cargo de director general en la Gobernación que la redactó, si no fue el gobernador en persona, han puesto en prosa lo que debió ser puro verso.

El más extendido, abusar del punto y coma donde debieron ir modestos espacios, puntos, o hasta comas, causa suficiente como para desmerecer la pieza desde el principio mismo.
También hay comas innecesarias: “¿Qué vinculación directa con el fenómeno tienen, las empresas hidrocarburíferas…?”.

El “directa” parece sugerir que lo que el redactor tenía en mente era la indudable vinculación “indirecta” de Repsol.
Su métrica va de lo modernista a lo telegráfico.

Si la primera se entiende por sí misma, la segunda recuerda aquella vieja estación ferroviaria que cantara Castilla, aunque sin llegar a la altura de sus zapatos, hoy convertida en museo temático: “Padre, que ya no viene / el tren de Alemania…”.

Como quizás expresó Aristóteles en La Poética, la creación puede superar las barreras temporales y desasir al hombre de un destino ineluctable. Si el lector se deja llevar mansamente, se puede revivir la época de Robustiano Patrón Costas, o de ese almirante, extraprovinciano, muy acostumbrado al escocés pero harto vulnerable al vinito torrontés de Cafayate, que capturó a la provincia de Salta para la Marina.

La sencillez de los compatriotas del interior se descubre apenas se interna el lector en el laberinto, pero no aclara dónde se encontraba él cuando, en su eterna revancha, la naturaleza se abatió sobre Tartagal. A pesar de ello, la explicación logra crear una atmósfera de misterio proactivo.

“He guardado prudente silencio mientras; Junto al Gobierno Provincial, Gobierno Nacional y Autoridades Municipales;
Trabajábamos intensamente en la tarea…”, etc.

Por alguna razón que explicarán alguna vez los constructores de los pasos carreteros (¿sus amigos?), sólo se mantiene en pie el puente ferroviario sobre el río, construido hace 100 años sobre las cotas máximas, de lo que puede deducirse una distinta responsabilidad, la de los conservadores de antes y la de los de ahora.

Dos de las imágenes poéticas son contundentes: “Histórica pluviosidad” y “Cuantiosos desmontes”, recordando a esa Cantora de Yala (Leguizamón y Castilla), doña Santa Leoncia de Farfán, a quien la harina del Carnaval le “pensamientaba” las sienes, o a los excesos etílicos en Balderrama.

Más adelante se interna en la elegía, un género habitualmente llorón: “donde también las autoridades y los desmontes resultaban culpables de que no llovía”.

Hay lugar para la sentencia. La métrica 6-6-9 recuerda lejanamente al Martín Fierro, las Coplas del Payador Perseguido, los temas mas puramente reivindicativos de Horacio Guaraní, esos que le gustaban al banquero Moneta, y al propio Larralde:

”Como si hacer llover

o no hacer llover

fueran cosas de gobernantes”.

¿Canción comprometida, parábola meteorológica o chamanismo salteño?

Y luego se le anima a la hipótesis sociológico-geológica-urbanística, con los gruesos trazos reivindicativos de un interior siempre postergado que aguarda su desquite telúrico:

“El Delta del Paraná, que hoy alberga importantes countries, se construyó con la tierra proveniente de las montañas salteñas”.

La definición deberá alertar a los habitantes de esos barrios privilegiados, caso García Belsunce, Corach, Tinelli, porque el gobernador Romero viene por todo. No por el agua, como erradamente sostiene Lilita Carrió, sino por la misma tierra, que acaso fue transportada desde la lejana Salta en un sistema ferroviario que se esfumaría en el aire, para no dejar huellas.

¡Atención, Municipio de Tigre!

Más adelante, y demostrando una versatilidad infrecuente en la poesía, el vate Romero incursiona en precisiones que no desdeñan la filosofía: “Acusar frontalmente a Salta de pobreza y desinversión…, es maniqueo”.

Luego define qué es eso, tarea harto difícil cuando hay que atenerse a una métrica poética y no se es un Girri, provocando confusión (de objetos directos, sujetos y predicados), y profusión (de puntos y comas):

“Omitir que en la pobreza estructural crónica del Norte Argentino; que ya lleva muchas décadas;
el centralismo portuario es sin dudarlo generador de inequidad…”, etc.

Y abunda mas abajo en referencias curriculares:
“En Salta… conocen mi labor, mi dedicación y mi voluntad personal para transformar; como lo hice en mi provincia;
la injusta condición de millones de hombres…”, etc.
De lo que se desprende que Romero no es natural de Salta. ¿Entonces cómo llegó a gobernador?

Los críticos literarios tendrán dificultades para conseguir una fotografía del poeta. Apenas se lo ve en algunas, abrazado con el presidente Menem, con entrepreneurs colombianos, o con lustrosas vedetes.

Puestas en un Photoshop que todo lo resuelve, se perciben dos grupos diferenciados: cuando no hay un gesto baboso ajustado a la cercanía de las chicas, el resto repite esa expresión entre pensativa y preocupada que Juan Carlos Dávalos descubriera en las manadas de chivos que abundan en las serranías, y que a los ojos del veterinario tiene una clara explicación clínica: un bolo alimenticio detenido impropiamente en el píloro.

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