Tan lejos, tan cerca

El 29 de mayo de 1969, en la regimentada Argentina del onganiato, los festejos oficiales por el Día del Ejército se vieron de pronto empañados (más bien, ahumados) por las hogueras encendidas en las calles y barriadas de la ciudad de Córdoba. Allá en “la Docta”, los obreros organizados -con dirigentes como Atilio López, Agustín Tosco y René Salamanca a la cabeza- salieron a decirle basta a los milicos, uniéndose en la grita a los estudiantes, los maestros y todo el pueblo cordobés.

Aquella pueblada se llamó “Cordobazo” y mostró una forma nueva de la protesta social y de la resistencia a un orden injusto, que se había impuesto por la sola prepotencia de las armas contando con la complicidad de la jerarquía eclesiástica, gremial y empresaria.

Pocos años después del Cordobazo -exactamente la noche del martes 13 de febrero de 1973- la pantalla del canal 11 porteño, en el programa “Las dos campanas” que conducían Gerardo Sofovich y Jorge Conti, puso frente a frente a dos dirigentes obreros que expresaban programas y proyectos antagónicos en relación con el futuro argentino.

Se trataba del dirigente clasista Agustín Tosco -uno de los secretarios del gremio de Luz y Fuerza cordobés- y del justicialista José Ignacio Rucci, metalúrgico y secretario general de la CGT.

No tiene sentido volcar aquí los pormenores de aquel debate, que fueron recogidos por el semanario Así del viernes 16 de febrero. Bástenos citar una respuesta de Tosco, una sola, cuando Sofovich le preguntó qué era lo que pretendía el flamante Movimiento Intersindical.

“Nosotros queremos -dijo Tosco- rescatar los medios de producción y de cambio que están en manos de los consorcios capitalistas, fundamentalmente de los monopolios, socializarlos y ponerlos al servicio del pueblo. Nuestro punto de vista es que deben desaparecer las clases y debe existir una sola clase: la de quienes trabajan…”

Más interesante aún -para advertir en qué grado de definición se hallaba el debate obrero de aquella época- es recordar una seguidilla de respuestas que dio Rucci:

“Periodista: El señor Tosco se ha definido en una serie de medidas de tipo económico a establecer en forma inmediata en el país. Estas medidas son: control de cambios, dominio del comercio exterior…

– Rucci: De acuerdo.

– P.: Manejo de las importaciones y exportaciones…

– Rucci: De acuerdo.

– P.: Nacionalización de la banca.

– Rucci: Nacionalización de la banca.

– P.: Nacionalización del crédito.

– Rucci: Sí, recuperar la soberanía del país en todos los niveles fundamentales…”

Obviamente, la posición anticapitalista de Tosco, en un punto, se volvía inconciliable con la idea de la “alianza de clases” y el catecismo justicialista de Rucci. Pero allí, justamente, estaba el debate. Allí estaba la auténtica confrontación.

Bailando por un sueño

Actualmente, el debate político ya no busca las pantallas de la televisión abierta sino, en el mejor de los casos, la de los canales de cable (y en ellos, a decir verdad, el nivel de confrontación y debate de ideas es casi nulo).

En los canales de aire -es decir, los que llegan a todo el país, los que llegan a los más pobres- hoy tienen alto rating programas como “Bailando por un sueño”, en donde la esposa de un dirigente piquetero -vestida, desvestida, travestida, tanto da- puede llegar a expresar, resumida en un gesto, toda la orfandad de la clase obrera argentina atrapada en la selva del desarraigo y el desempleo, sin casa ni fábrica ni pertenencia social o política.

Al mismo tiempo, en los espacios televisivos previstos por el Sistema, los candidatos de un único partido (el partido del statu quo, es decir, el que quiere dejar las cosas como están), se cruzan agravios personales -algo que ni Rucci ni Tosco se hubieran permitido- y se esfuerzan por mentir que tienen visiones distintas de las cosas.

La lejanía de aquel debate Rucci-Tosco del ’73, con respecto a estos otros que hoy nos toca presenciar, es evidente.

Pero hay también una cercanía en este cotejo, una cercanía que no se hace evidente y que haremos bien en destacar: es la de aquellos trabajadores cordobeses organizados que jaquearon al poder en 1969, con los trabajadores del Estado y los docentes santacruceños que en estos fríos meses de abril y mayo de 2007 lograron sostener, en las más adversas condiciones, un paro activo y una movilización que rompió la barrera de silencio, hizo tambalear al poder político local y obtuvo una sensible mejora en el salario y las condiciones de trabajo, variables que en la “provincia K” no se tocaban desde mediados de la década del ’90.

Es estimulante -y moralizante- saber que a casi 40 años del Cordobazo y a casi 90 de las huelgas en las estancias patagónicas, la semilla de esas dos gestas obreras, su espíritu y sus lecciones, han vuelto a germinar.

Tan lejos, tan cerca.

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