Symns: viejo, desdentado y chupamedias

A pesar de las ofensas y descalificaciones que sufriera de su parte en el pasado, Jorge Lanata le dio a Enrique Symns empleo como columnista habitual y colaborador fijo en Crítica de la Argentina. Symms, el veterano publicista del underground que amagó durante años con ser el epígono local de Bukowski y se conformó con crear la revista contracultural Cerdos & Peces, estaba en los últimos tiempos, como quien dice, sin tener dónde caerse muerto, sin blanca y con una salud muy delicada. Que Lanata le haya dado conchabo y no una simple changa habla bien de él. Porque a pesar de su breve incursión por las tablas, sigue dirigiendo dicho diario, en cuya redacción acaso vuelva a estar más tiempo, y espante al círculo aúlico de Mauricio Macri, quien decidió no pocos lineamentos políticos mientras él se entretenía en el intento de emular a Pinti y derrotar a Gasalla, descuidando su papel como sucesor de Natalio Botana.

Historias de El Porteño

Conocí a Symns en mayo de 1984 en la vieja redacción santelmina de El Porteño, la misma que los horribles habían volado de un bombazo un año atrás en represalia por la publicación de la primera nota que se tenga memoria centrada en los hijos de desaparecidos, desaparecidos ellos mismos luego de haber sido apropiados por los desaparecedores de sus padres y por entonces aún párvulos. Symns y el entonces dueño y director de El Porteño (además de marchand) Gabriel Levinas debatían sobre pedofilia. Symms defendía el supuesto derecho de los adultos a tener sexo con niños y yo me metí en la conversación para contradecirlo en defensa del derecho de los niños a no ser acosados sexualmente por los adultos.

Si mal no recuerdo, Symms y Levinas acababan de parir la creación más duradera y emblemática del primero, la revista contracultural Cerdos & Peces, nacida como suplemento de El Porteño. Y yo logré en aquella misma charla “venderle” a ambos una larga nota sobre los dudosos suicidios, en Alemania, siete años atrás, de un grupo de presos de la RAF (Fracción del Ejército Rojo), guerrilla alemana que imitaba a los Tupamaros uruguayos y que la prensa sensacionalista se obcecaba en rotular como “Banda Baader-Meinhof”.

Viene a colación porque Symns le hace un agradecido reportaje a Lanata en la última Rolling Stone (“Lanata, la pluma y la palabra”), entrevista que comienza así: “En 1985 conocí a Jorge Lanata en la primitiva redacciòn de la revista El Porteño, sobre la calle Cochabamba, en San Telmo. La revista era conducida por Gabriel Levinas y más que una redacción se asemejaba a un divertido bar donde cualquier día podías encontrarte charlando pelotudeces (sic) con Miguel Ángel Solá, Hebe de Bonafini, León Gieco, el coronel (Luis César) Perlinger, Soledad Silveyra, Luca Prodan, Fogwill, María Eugenia Estensssoro o con un loco escapado del Borda que aseguraba tener una radio en el cerebro. Levinas era un genio de las convocatorias y Lanata fue uno de sus mayores descubrimientos en el semillero de los elogios”.

Luego de una batería de elogios al Lanata reportero, “un púgil veloz y contundente con una gran capacidad de visteo”, continúa Symns: “Cuando Levinas abdicó y se fundó la cooperativa (que siguió editando la revista), aquel jolgorio creativo se transformó en una burocrática y solemne sesión de la Cámara de Senadores. Lamentablemente para mí, siguiendo una arbitraria decisión, en el transcurso de aquellas aburridas sesiones me alineé en el bando de Juan José Salinas (un servidor), quien también pretendía apropiarse de la jefatura de la redacción, enfrentando la resolución inapelable de Lanata: si no lo nombraban jefe de redacción, renunciaba” . Y se lamenta amargamente: “Pero yo, ofendido por niñerías de la soberbia, renuncié a El Porteño sin saber aún que, en realidad, había renunciado también a formar parte del futuro staff de Página/12”.

Pues bien, Symns está en su derecho de lamentarse de no haber podido trabajar en Página/12, pero no tiene derecho a tergiversar groseramente el sentido del enfrentamiento que se produjo en el verano de 1986 en el seno del consejo de redacción que Lanata y yo integrábamos junto a otros por entonces jóvenes periodistas como Eduardo Blaustein, Daniel Molina y Ernesto Tiffemberg. El mandato de la asamblea de cooperativistas (que eran 30, entre ellos Osvaldo Soriano, Homero Alsina Thevenet, Ariel Delgado, Carlos Ulanovsky, Eduardo Aliverti, Marcelo Zlotogwiadza, Gerardo Yomal, Ricardo Ragendorfer y Eduardo Berti) había facultado al consejo de redacción a editar la revista, sin establecer diferencias de rango entre sus miembros. Pero Lanata proclamó que él no quería acordar ni con Molina ni conmigo el sumario en igualdad de condiciones, y para reafirmar su resolución, metía la mano en los cajones de nuestros escritorios frente a nuestras narices. Manifestó que quería ser el jefe y me hizo comunicar por un compañero que debía irme del consejo. Como me resistí tanto a irme como a aceptar su jefatura, el contencioso derivó en tumultuosas asambleas de cooperativistas en las que Lanata a la postre logró imponerse y compartir la jefatura de redacción con su entonces socio y amigo Tiffemberg. Que yo recuerde, nunca llegó a ser nombrado “director” de la revista, aunque lo haya sido en la práctica, siempre en tándem con Tiffemberg. Pero puedo equivocarme.

Cuando los jefes no mandaban

Lo que me importa destacar es que yo nunca jamás me postulé para dirigir la revista. Muy por el contrario, me limité a resistir ser avasallado por la pretensión del entonces veinteañero Lanata (cuyo mayor mérito hasta entonces era secundar a Aliverti en la radio). Hasta el punto, de que en el clímax de aquella prolongada resistencia (en cuyo curso logré que en dos oportunidades la asamblea de cooperativistas votara mi reposición en el consejo de redacción) publiqué muy intencionadamente en la revista un artículo del malogrado antropólogo francés Pierre Clastres titulado “Cuando los jefes no mandaban”, que sustentaba una filosofía muy parecida a la que habría de publicitar años después el subcomandante Marcos y los insurgentes zapatistas chiapanecos, la de mandar obedeciendo.

Hasta su temprana muerte en 1978, Clastrés había polemizado con el antropólogo comunista ortodoxo (es decir, stalinista) Maurice Godelier, acerca del modo en como en las primitivas sociedades indivisas (horda de cazadores-recolectores) se instauraba la diferencia, cómo unos pasaban a mandar y otros a obedecer. A trazos gruesos, mientras Godelier sostenía que en todas las épocas quienes lograban acumular bienes materiales (particularmente comida) terminaban por erigirse en jefes-dictadores, Clastres decía que en los orígenes las cosas no habían sido así, y los jefes no mandaban, sino que obedecían. Que en la prehistoria, ser jefe era una carga e implicaba trabajar más que los demás y tener más obligaciones (entre ellas, divertir a todos), a cambio de una mera recompensa simbólica (como el de ser jefe, lo que equivalía a ser considerado el más fuerte y sagaz) y algún reconocimiento práctico (por ejemplo, el libre acceso sexual a las hembras), pero jamás de la apropiación de eventuales excedentes. Por el contrario, sostenía Clastres, los jefes estaban obligados literalmente a sacarse la comida de la boca si alguno de sus dirigidos se lo pedía. Y para evitar que hubiera excedentes, cada tanto éstos se destruían, por lo general en hogueras (en lo que se conoce como efecto Potlach) y que ser el que destruía más excedentes en honor a las deidades era una gran fuente de prestigio. La presunta “irracionalidad” de este comportamiento (se quemaban alimentos dejando al grupo inerme ante eventuales sequías que provocarían hambruna y muertes acaso masivas) no era tal, sostenía Clastres, sino un desesperado intento de los primitivos por evitar la supremacía de algunos homo sapiens sobre otros.

Bueno, estudié antropología hace muchísimo y por ahí no todo es tan así en mi interpretación de la polémica Godelier-Clastres, pero ése era el espíritu. Nunca quise ser el jefe de El Porteño. Siempre propuse una dirección colectiva. Y me indigna que Symns, en su afán de agradarle a Lanata, me difame poniéndome como un arribista.

Preguntas urticantes

Tampoco es cierto que él se haya peleado con Lanata por mi causa. Symms siempre añoró las épocas de Levinas, jamás se avino al funcionamiento colectivo y se distanció de Lanata y se fue de El Porteño por sus propias razones, entre ellas y de manera sustantiva que se lanzó a la aventura de sacar Cerdos & Peces por fuera de El Porteño y de la cooperativa.

Dicho sea en broma: la cooperativa era el partido bolchevique; el consejo de redacción, su comité central. Lanata era un Stalin que quería forzar un buró a su imagen y semejanza, yo la oposición de izquierda –más luxemburguista que trotsksista–, y Symns un bardo que añoraba y añora la Corte del Zar.

Symns se arrepiente de aquella época en que “yo dirigía Cerdos & Peces (e) hice un suplemento que se llamaba Pajita/12 en el que nos burlábamos salvajemente del diario y de su staff. Eso y otras pelotudeces por el estilo nos transformaron casi en enemigos”, recita golpeándose el pecho. Podría haber agregado que se arrepiente muy mucho de que Cerdos & Peces me haya entrevistado y publicado notas mías.

Symns relata su acercamiento a Lanata (que le editó su opúsculo Invitación al abismo y auspició la publicación de una biografía de Fito Paéz de la que era coautor) y dice que comenzó a respetarlo, entre otras cosas, “porque no era un intelectual ni un militante de la izquierda o del peronismo”.

Vean el tenor de algunas de las urticantes y filosísimas preguntas que le hizo Symns a Lanata:

– Yo creo que eras un muy buen investigador callejero en el programa radial que conducía Eduardo Aliverti. La gente ya decía: “Ese pendejo va a llegar lejos” y posteriormente fuiste el director de la revista El Porteño, donde también te destacaste.

– Sabés que entre la turba de periodistas, no siempre sos muy apreciado. Algunos intentan fundar algún tipo de sospecha sobre tu capacidad manipuladora, sobre tu expansionismo o sobre los orígenes de los capitales que te permiten dirigir un diario…

– La monogamia es un estado de sitio para el deseo. Vos fuiste un tipo que se acostó seguramente con docenas de mujeres…

Estoy seguro de que Lanata no le pidió que me denigrara. Como decía Menem: “No era nesario”. Nadie le pidió tanto. ¿La necesidad tiene cara de hereje? Puede ser, pero no sé cómo no le da vergüenza, ya viejo y desdentado, ser tan pero tan chupamedias. Qué fraude: su obsecuencia genuflexa me recuerda a una obra publicada por la editorial Mansalva hace tres años. Una obra pequeña pero muy sustanciosa, escrita por un auténtico autor under, Pablo Pérez: El mendigo chupapijas.

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