Solo de piano

Aguardientes.

Agarró porque eran unos mangos de noche, y el piano le era tan pertinente como andar en mocasines. Los primeros siete meses domó las entrañas a tocar cosas que no le gustaban para gente a la que no le interesaba. Los restoranes con piano no disimulan ni la amplitud de los precios ni la estrechez de la comida.

De espaldas al salón, concentrarse se le venía volviendo cada vez más difícil. La percusión de cubiertos y el coro murmurante usaban el pilar del piano como tímpano, devolviéndole una perfecta y destemplada sinfonía de la indiferencia.

Pero la venía trayendo.

Un jueves se le ocurrió o, para mejor decir, le ocurrió la ocurrencia.
Entraron sin cortar la escena de la discusión airada que traían de la calle. Pareja despareja, si las había visto. Ella, envarada en diosa profana, con un escote que denunciaba la prodigalidad del cirujano y la tendencia esférica de las siliconas. Él, carmela cobre y cráneo vestido de verano, con la chuequera propia de los años y ese dejo miserable que deja el dinero a los que no saben cçomo satisfacerse con el dinero.

Cuando advirtió la guerra, acodado en la barra de la cocina, se mandó para el piano. Arrancó con María, tan contrapesado de tarantela que parecía más bien Marieta. Puso la fuente de acero sobre el faldón de la tapa y desde allí la usó como espejo retrovisor. Cuando la discusión se aceleraba, él apretaba más las teclas y pedaleaba en contra, para prolongar los sonidos. Cuando él o ella se ponían rojos en un arresto de puteada, hacía un silencio frenado de los pies hasta las manos. Entonces se escuchaba claro (para él y para el resto de los parroquianos): —Vos pensás que soy boluda… ¿Pero qué le ves a esa negra!— O —¡Cachivache!…¿Te viste al espejo?

Tras los arrestos, y el sentirse descubiertos, hacía que una versión pobrísima de la vergüenza los llamara al silencio y a concentrarse en el plato.

Con eso jugó muchas veces. Amigos bullangueros, homosexuales declarando su condición, tipos solos que tarareaban destemplados fragmentos de tangos, y que él ponía al escarnio tan sólo con entramparlos en el barullo del piano.

El juego lo mantuvo en ese trabajo que no quería. Su miseria se escondía tras la miseria desnudada en los otros.

El primer viernes de julio la vio entrar con un desconocido. Era ella, su ella, tan ella como podía imaginarla. Hacía once meses que no sabía nada de su flor de vida.

Se sentaron con el coso a la mesa contigua al piano sin que advirtiera su presencia. Dejó pasar veinte minutos, que el mozo levantara la comanda y, recién entonces, se puso al taburete. Tocó Inolvidable con las cadencias del Bebo Valdés. Canción de ellos, cuando el “ellos” lo incluía. La bandeja espejo, le cantó siniestra que ni pelota, que ni recuerdo, que ni conmoción. Ella seguía moviendo esa boca conocida en un fraseo que ya no tenía su destino.

Resignado empezó la de siempre. Fue subiendo lentamente el nivel de pulsión en el teclado, hasta que todo el salón se encontrara inevitablemente gritando para poder comunicarse. Paró de golpe, por una vez paró de golpe, sin el amague del pedaleo.

El azar quiso que treinta y cuatro callaran al tiempo de su silencio, para que esa voz menuda, infantil, que tanto le hablara a su desvelo, se escuchara única diciendo: —Realmente… sos el primer hombre de verdad que he tenido en mi vida…—, para luego sonrojarse mirando en derredor a todos los vientos, menos al viento del piano enmudecido.

Cuando el rumor normalizó la escena, él caminaba por Humberto Primo rumbo a su casa, con el apuro del que tiene algo urgente que hacer y la costumbre de no llorar en la calle.

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