Sobre héroes y tumbas

¿Qué tienen que ver el Che Guevara, Rodolfo Walsh y Juan José Valle? ¿Solo que son argentinos? No, definitivamente lo que tienen en común es que han entregado sus vidas por sus convicciones. Después, hay algunas otras similitudes, pero esta es la coincidencia más fuerte.

A los tres los mataron cobardemente, como suelen hacerlo los mercenarios, los personeros de los poderosos, los que han sostenido, desde afuera y desde adentro, los privilegios de la oligarquía y el imperio. Socios inseparables, ayer como ahora.

Tal vez, y esto lo digo como militante, para completar esa galería de hombres entregados a sus convicciones faltaría una mujer, Evita, que si bien no fue masacrada vilmente por el enemigo, también dejó su vida por la causa de los más desprotegidos.

Creo que Alberto Granado, amigo de Guevara, decía en un reportaje que no es bueno mistificar al Che. Creo que, en realidad, a ninguna persona conviene santificarla, por más trascendencia que haya tenido en la historia. Sucede que después resulta muy difícil traerla de nuevo «a la tierra». Además, como por arte de magia, el aparato de propaganda del liberalismo te lo ofrece tan descafeinado, tan pulcro, que es imposible apropiarse de sus historias sencillas, de su sudor y sus dolores como militante. Por eso mismo hoy en día cualquier tilingo de country puede usar una remera con la imagen del Che: porque ha dejado de ser un peligro para el sistema.

Este legado de la escuela liberal sarmientina nos enseñó que los próceres son personas ajenas al común de los mortales. Por lo tanto, es imposible pensar en arrimarse a ellos. Hubiera sido mejor aprender que a pesar de sus falencias siguieron adelante, pudiendo superarlas. Allí está la cuestión. Cuando un hombre o una mujer, militantes de sus convicciones, se encuentran con mil y un obstáculos y llegan a dudar, y piensan en dejarlo todo, aparece algo fundamental que es la idea de lo colectivo. ¿Cuántos Che, cuántas Evita, cuántos Walsh hicieron falta para que ellos fueran lo que son hoy en el mármol? Sólo puede haber líderes si hay proceso colectivo.

Como diría Discepolín, «Siglo XX cambalache… y el XXI ni te cuento». Estamos más solos que Bush en la cumbre de Mar del Plata. ¿Está todo perdido? Para nada. La pelea Norte-Sur está más vigente que nunca, pero se pueden contabilizar algunas pequeñas batallas ganadas: Bolivia, Venezuela, Ecuador y Paraguay, en el marco de un continente en permanente agite. Afortunadamente, estas victorias son el producto de triunfos electorales, de una democracia endeble pero superadora de modelos pasados. La vida tiene hoy un valor muy diferente al que se le daba en aquellos años de sangre y fuego donde el romanticismo de la muerte contagió a toda una generación para la que morir joven significaba una medalla.

Hoy más que nunca el militante del ancho arco del campo nacional y popular tiene que resignificar y decodificar a sus héroes. Reapropiarse de nuestros hombres y mujeres que han hecho que todavía hoy en este continente, y en particular en este país, podamos seguir pensando que una patria grande como la transpiraron ellos es posible. Consagrar la vida por nuestras convicciones merece la pena, siempre. Pero si en verdad algo hemos aprendido en todos estos años es que la cultura de la muerte no reivindica a nuestros símbolos. Es justamente su compromiso con la vida lo que lo enaltece. Con esa guía podremos seguir luchando. Juntos, porque como diría Oesterheld, «el único héroe válido es el héroe en grupo, nunca el héroe individual, el héroe solo.»

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