Sobre héroes y alcurnias

Dictadura primero, Oscar Schuberoff (el Prolongado) después y luego un progresismo de tipo timorato. La Universidad de Buenos Aires no ha podido, encerrada en si misma, escapar del empobrecimiento y el vaciamiento cultural sufridos por el grueso de la sociedad argentina. En lo que hace a Ciencias Exactas y Naturales, comienzan a despuntar cuestionamientos a un modelo individualista atado más a ciertas lógicas mercantiles que a la posibilidad de encarar políticas científicas para beneficio de todos.

Como primera impresión, resulta grato para el estudiante que ingresa a la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la Universidad de Buenos Aires (FCEyN-UBA) encontrarse con una visión dominante que exalta a la par la defensa de la Universidad pública y la excelencia académica; que propone una educación masiva (para y por el Pueblo) respaldada por una tradición de calidad en la enseñanza y la investigación. Ciencia y Educación de excelencia como ejes de progreso social. La Universidad de los fósiles de la última dictadura militar ha sido derrotada en la FCEyN.

Prontamente, sin embargo, el discurso empieza a mostrar ciertos resquicios de esquizofrenia. El alumno de ciencias aprende con celeridad como funciona el sistema. Sin buenas notas (excelencia), difícilmente pueda acceder a las becas (excelencia), a los primeros cargos en docencia (excelencia), a los laboratorios (excelencia). El alumno que debe trabajar para mantenerse, no puede acceder a las mejores notas y el sistema lo castiga. El comedor, el transporte, los apuntes, resultan un obstáculo insalvable para una gran mayoría y las becas, el presupuesto universitario, no alcanzan.

El decano de la FCEyN-UBA, entrevistado por la revista oficial de esta facultad, Exactamente, (abril de este año) respondió sin preambulos a la pregunta “Investigación, ¿para qué?”. Fue contundente: “La investigación tiene que ser de calidad”.

También el alumno promedio ha ido incorporando a la perfección el modelo de excelencia. El de excelencia individual, la supervivencia y la autoperpetuación. En el camino se perdió, no quedó tiempo para la defensa de la Universidad pública y gratuita, para la búsqueda de equidad. De hecho, el sistema en general y el modelo de ciencia moderno en particular ofrecen un consuelo psicológico altamente efectivo.

A saber, el “No te metás”, engendrado en dictaduras sangrientas y con broche de oro en el período neoliberal de la última década. A saber, el modelo de ciencia universal, aséptica, desinteresada, que coloca al científico-sacerdote en la cima de la pirámide, como un ciudadano del mundo, sin nacionalidad, despolitizado y descomprometido, que ambiciona emular los logros primermundistas, pues esta ciencia moderna nace de la mano de la revolución industrial y antes del capitalismo, hace ya cuatro siglos.

El regreso del cientificismo

El científico real resulta ser un especialista versado en el arte de incrementar su curriculum, adoctrinado en la ciencia de alimentar su ego personal, adiestrado en el deporte de publicar en revistas internacionales de alto impacto.

Esta descripción en nada se condice con el fariseo arquetipo de científico que aparece en los carteles que la Fundación Instituto Leloir ha mandado instalar por todo Buenos Aires. En dichos carteles, los científicos argentinos aparecen representados como “los héroes verdaderos”, dado que en teoría se encontrarían duramente atareados en dar con la solución a las enfermedades que aquejan a nuestra sociedad.

Para colmo de males, esta visión mesiánica termina apelando lastimosamente a la caridad, a la donación, en lugar de exigirle al Estado lo que debería ser justo.

Por su parte, el científico “hereje”, aquél que cuestiona el modelo imperante es tildado de mediocre, suerte de criminal, y tiene menos chances de supervivencia. A su vez, la mala remuneración de los becarios del sistema de Ciencia y Técnica (licenciados de la Universidad que a nivel legal y hasta los 35 años son reconocidos tan sólo como “estudiantes” pero que en la realidad son la base de producción del sistema); la ausencia de derechos laborales (maternidad, obra social, jubilación, aguinaldo, vacaciones, antiguedad, etc.); el modelo de científico ciudadano del mundo; y el mencionado afán por la publicación son el caldo de cultivo para la producción de científicos for export, para la fuga de cerebros.

¿Será la vez primera en que, bajo el estándar de la excelencia, la Universidad “progresista” resulta hacer tan buenas migas con el modelo neoliberal? Repasemos la descripción que ya hace tiempo esbozaba Arturo Jauretche:

“(…) una Universidad aséptica, depurada de toda preocupación vinculada con el destino de la comunidad y, por consecuencia, de la nación, a la que da expertos despreocupados de los fines de la técnica y el resultado de su aplicación. (…) El egresado (…) ha sido formado como profesional para su aprovechamiento, y en la etapa de su vida en que se forma como hombre, ha estado al margen de todas las preocupaciones e inquietudes que lo vinculan al destino del pueblo y el país al que pertenece. Trabajando en probetas o en laboratorios, (…) y oyendo clases magistrales, ingresa al mundo como el producto exclusivo de la probeta, el laboratorio, el libro o la lección magistral. Cuanto más desvinculado de la realidad a la que pertenece, es más perfecto como técnico. Ninguna importancia tiene que se haya graduado en el país o en el extranjero: la técnica que domina es universal y su función en la vida es meramente aplicarla. (…)”

Para reforzar este concepto, es harto interesante trazar un paralelismo con la Universidad post-revolución Libertadora, cuando en la FCEyN las fuerzas del progreso se concentraron en deshacerse de los fósiles de la derecha peronista dando por resultado la “Universidad de Oro” (el mismo énfasis que, en la década de los ’80 y de los ’90 se puso en erradicar a los fósiles de la dictadura militar). Las palabras de Oscar Varsavsky en el año 1968 resultan esclarecedoras para ilustrar aquel proceso y, sin embargo, parecen describir el modelo actual:

“(…) Yo estoy de acuerdo en que esos profesores ‘fósiles’ son un enemigo que hay que vencer, y ojalá tengan pleno éxito en esa tarea. Pero quiero hablarles de otro enemigo no tan fácilmente identificable, (…) el segundo enemigo, llamado por los estudiantes ‘cientificismo’. (…) En la mayoría de los casos, los fósiles fueron derrotados y en muy poco tiempo la Facultad de Ciencias de Buenos Aires fue considerada un ejemplo de ciencia moderna en Sudamérica; se multiplicó el número de papers producidos, nuestros alumnos hacían siempre un brillante papel en las universidades extranjeras a donde iban becados y cuando llegaba un profesor visitante siempre nos encontraba al día en todos los temas de moda. Lo que conseguimos fue estimular el cientificismo, lanzar a los jóvenes a esa olimpíada que es la ciencia según los criterios del Hemisferio Norte, donde hay que estar compitiendo constantemente contra los demás científicos, que más que colegas son rivales. (…) A cambio de ese ínfimo aporte a la ciencia universal, encontramos que estos cientificistas no atendían a los alumnos, o peor, implantaban un criterio aristocrático en la Facultad: elegían algunos buenos alumnos porque los necesitaban como asistentes para su trabajo, y se dedicaban exclusivamente a ellos. Los demás eran considerados de casta inferior y debían arreglarse como pudieran. (…) Lo que obtuvimos, pues, fue una alienación, un extrañamiento de todos esos jóvenes que habíamos preparado con tanto cuidado, luchando durante anos para conseguirles fondos, para crear el Consejo de investigaciones Científicas y Técnicas que dio y da becas, subsidios, complementos de sueldo… con un criterio aún más cientificista que el nuestro. Toda esa gente, aun quedándose en el país, cortaba sus lazos con él y se vinculaba cada vez más al extranjero. Algunos terminaban yéndose al Hemisferio Norte definitivamente, pero ese no era el problema más grave. Más problema eran los que se quedaban pero se ocupaban sólo de temas que interesaban a los Estados Unidos o a Europa. Cuestiones de ciencia aplicada que interesaran al país no se investigaban. Problemas de ciencia pura que pusieran tener alguna ramificación beneficiosa para el país, no se veían. Que pudieran ser un aporte significativo para la ciencia universal, no aparecieron. (…)”

Hace ya varios años que se ha venido profundizando un modelo privatista en donde las grandes empresas -con intereses por lo general contrapuestos a los del conjunto de la sociedad- empiezan a tener gran injerencia en la orientación de las carreras, en la delineación de las políticas científicas, en el trazado de las líneas de estudio y, sobre todo, en la captación de los recursos humanos formados en las Universidades del Estado.

Así ocurre en Geología con Repsol, en Computación con Microsoft, Motora y Nextel, en Física con Techint, en Biotecnología con Pérez Companc. Vale la pena mencionar que en la última “Semana de la Geología”, desarrollada hace unas semanas en la FCEyN, hubo importantes reparos de parte del oficialismo del Departamento de Geología para permitir que algunos estudiantes colocaran una mesa para reunir firmas en pos de la estatización de los hidrocarburos.

Podría resultar cómico escuchar los reticentes argumentos que, en el contexto de una jornada monopolizada por los representantes de las empresas privadas que fomentan el saqueo de nuestros recursos, planteaban que esa juntada de firmas era “política”. Del mismo modo, hallar un profesor del departamento de Geología que se prestara a participar en un panel para ilustrar la tragedia de nuestros recursos naturales fue una tarea ardua sino imposible tarea, dado que la gran mayoría, en esta área, responde ya a intereses privados.

Sin embargo, puertas para afuera, se propagandiza, sin vergüenza, la gran oferta laboral que existe en Geología. Claro está, no se advierte sobre la paradoja de que el Estado invierta en la formación de recursos que representan una fuga de cerebros sin necesidad de que dejen el país. Del mismo modo, un importante sector de biotecnólogos que se precian de la utilidad de su ciencia aplicada, terminan trabajando para otras grandes empresas que se llenan los bolsillos y siguen alimentando el modelo de granero del mundo, con cosechas que alimentarían 10 veces más habitantes de los que tiene nuestro país, pero que consiguen empobrecer nuestro suelo y fomentar la pobreza.

Nuevas luces

Todo vuelve y, como no podía ser de otra manera, un importante y creciente grupo de estudiantes y de graduados de la FCEyN-UBA y de otras facultades y Universidades del país ha comenzado, ya hace un tiempo, a cuestionar este modelo, siguiendo los pasos de aquellos estudiantes que cuestionaban el perfil de la Universidad de Oro de los años ’60; tras las huellas, también, de la juventud de inicios de los ’70 que anhelaba una ciencia y una educación “al servicio de los intereses nacionales”, o de la patria socialista, mucho más allá de lo declamativo.

Estos estudiantes se resisten a ver la ciencia como un artículo de lujo para que ciertos cerebros conquisten ocasionalmente un premio Nóbel y la Argentina salga en los diarios. Entienden que intentar alcanzar el status de “Primer Mundo” mediante la copia sistemática del modelo primermundista de ciencia es tan estéril como inundar las calles de Buenos Aires con MacDonalds y carteles de Coca Cola. Porque han encontrado, curiosamente, que el concepto de país sin ciencia viene acompañado de los conceptos de país sin industria, sin salud, sin educación. Aprenden todo esto a los tumbos, puesto que la FCEyN no es amiga de la enseñanza y difusión de la Historia, de la Filosofía, de la Ética, de la Política. ¿Cómo podría ser de otra manera si desde la revolución científica la ciencia es una sola, es universal, es aséptica?

Desde la gestación de un movimiento nacional de becarios como “Jóvenes Científicos Precarizados”, de charlas-debate y talleres de reflexión en la FCEyN-UBA como “¿Ciencia para Quién?” y “Pensamiento Crítico”, experiencias prácticas a nivel nacional como la “Multisectorial por la Producción Pública de Medicamentos y Vacunas” y a nivel local (en La Plata y Buenos Aires) como el “Taller de Aguas”, se ha iniciado una nueva corriente que plantea una opción alternativa a lo conocido. Donde ciencia básica y ciencia aplicada coexistan. Donde a la excelencia como fin en sí mismo, se le opone excelencia como medio para alcanzar objetivos más nobles que la pura exaltación del individuo. Donde la pertinencia, el impacto de nuestros quehaceres en la sociedad, y la extensión universitaria tengan un lugar de privilegio.

Quizás en la Facultad de Ciencias Exactas de la Universidad Nacional de la Plata encontremos la vanguardia de este proceso, iniciado allí en el 2001. Probablemente sea ésta la prueba concreta de que es posible dar un golpe de timón con proa hacia otro modelo de Universidad, hacia otro modelo de Ciencia.

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*Licenciado en Ciencias Biológicas (UBA), becario CONICET, docente auxiliar del departamento de Fisiología, Biología Molecular y Celular de la FCEyN-UBA.

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