Sin tiempo para lágrimas

De la Redacción de ZOOM. El dolor popular de gran parte de los argentinos es tan hondo como la conmoción política que provoca la sorpresiva muerte del ex presidente. Apoyar a la Presidenta es la consigna de la hora, frente a una nueva etapa que será ardua como nunca.

Para la mayoría de los argentinos, Néstor Kirchner irrumpió en la vida nacional tan sorpresivamente como ayer se fue. Rápido y furioso, ocupó el centro del ring durante casi 8 años, pero la muerte neutralizó ese fade largo y gris de los ex presidentes, que en De la Rúa es ostracismo y vergüenza o en Alfonsín fue huída, accidente, resurrección, homenaje y endiosamiento post mortem. Kirchner se murió como hizo política: sin avisar, imponiendo agenda, cambiando el escenario político con una movida inesperada.

Conjugar a Kirchner en pasado resulta un ejercicio gramatical (y también político y anímico) casi imposible para hablar de quien marcó a fuego el día a día del período iniciado el 25 de mayo de 2003. Aquel discurso de asunción (que reproducimos en esta edición) no solo prefiguraría con coherencia inusitada su posterior gobierno, sino que sacudiría a una sociedad adormilada por el entumecimiento de los garrotazos recibidos de manos de los poderes concentrados y sus amanuenses políticos.

La revalorización de la política (y por ende de la militancia) como herramienta para transformar la realidad en busca de un país más justo será su mayor legado, por encima de sus grandes logros de gestión. El dolor de miles y miles será el testimonio de la gratitud hacia quien encendió la luz de una esperanza que ahora todos deberemos mantener prendida.

A la par de la emoción y las ponderaciones, antes que las lágrimas toquen el suelo, las señales de los mercados y los conceptos de la derecha no solo confirman el tamaño de la pelea que encabezó Kirchner sino también el gigantesco desafío que tiene por delante la presidenta Cristina Fernández, su gobierno, la militancia y la sociedad en su conjunto. Los poderes concentrados enfrentados con el gobierno nacional no darán tregua, ahora menos que nunca. La pelea por no retroceder lo avanzado será enorme.

En esa certeza, es inevitable no pensar en lo que ocurre cuando en medio de una batalla un ejército pierde a su general. Reacomodar las fuerzas sin perder el rumbo será clave. Hasta ayer, todo era a favor o en contra de Kirchner. A partir de hoy, habrá que ver cómo se reacomoda el sistema que ya no cuenta con ese nudo que amarraba las cuerdas de las que todos tiraban.

Todas las miradas confluyen en la Presidenta. Con malicia, en el caso de quienes operan como chacales. Con dolor y solidaridad, si se trata de argentinos de buen corazón. Las imágenes de Cristina y Néstor abrazados después de los discursos (como aquel en medio del conflicto con la patronal agraria), la mirada embelesada de ella escuchándolo en cualquier escenario, las palmadas de él tras entregarle el bastón presidencial en 2007, son un resumen conmovedor. ¿Cómo se sale del abismo del desgarro de perder al compañero de la vida para enfrentar la propia, sostener a los pibes, conducir un país? Encontrar esa respuesta será la gran tarea de Cristina y ojalá todos podamos aportar nuestra pequeña parte para colaborar en semejante empresa.

El vacío es desolador y hondo. Pero, fatalmente, como todo vacío, su destino es ser ocupado. Como ya lo señalaron lúcidos analistas de distinta óptica como Artemio López, Jorge Fontevecchia o Jorge Asís, la puja que se viene puertas adentro del justicialismo para suceder el liderazgo de Kirchner de cara a las presidenciales de 2011 será cruel y mucha; y casi seguro determinante en el resultado de esas elecciones.

La reconstrucción de la fuerza propia y la defensa frente a las operaciones de los intereses de la derecha política y las corporaciones económicas a la que tributa, demandarán una energía colosal. No habrá tiempo para lágrimas, aunque conmuevan el llanto espontáneo de las señoras que fueron a la Plaza, el canto de los pibes que asisten al velorio, las manos de Cristina apoyadas en el ataúd, los ojos vidriosos de trabajadores duros, el corazón que se estruja en una puteada por sentir que la vida es tan putamente injusta con los más débiles, y se empeña siempre en escupir el asado con una tormenta cuando el solcito empezaba a calentar.

Magnetto se juró verlo preso. Néstor no le dio el gusto, pero le costó caro. En este empate técnico de mierda, las lágrimas las ponemos nosotros. Y el suplementario que se viene nos necesita más despiertos y comprometidos que nunca, porque es mucho lo que se juega y mucho lo que hay para perder. Un país, ni más ni menos.

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