Para contar quién es alguien, la mayoría de las veces se comienza con su fecha de nacimiento, el lugar donde esa persona nació y su contexto familiar. Cuando buscamos a una figura conocida en un libro o en internet, lo primero que vemos son esos datos. Los biógrafos no conciben eludirlos, porque, ¿quién no está de acuerdo con que esa información, ese evento canónico que fusiona nacimiento-nacionalidad-familia, nos constituye como persona?, ¿quién se atreve a decir que eso no es parte fundamental de nuestra historia?
Alguien que no está de acuerdo con esa afirmación es X, el personaje al cual rodea toda la novela Biografía de X, de la escritora estadounidense Catherine Lacey. La novela simula ser un texto de no ficción: es la búsqueda que hace la viuda de X, C.M Lucca, cuando su esposa muere. X, en el mundo creado en la novela, fue una figura importante de la cultura estadounidense, una mujer multidisciplinar: artista plástica, productora musical, performer, crítica, escritora. Además, esta tendencia a la diversidad la utilizaba también en el plano de su identidad: se modificaba el nombre seguido, se vestía diferente, hasta adoptaba diferentes acentos según el personaje que encarnase. Lo curioso es que nadie sabe mucho sobre su pasado: no se sabe cuándo nació, dónde nació, cómo era su familia, ni siquiera está claro cuál era su nombre “verdadero”. Al morir, su viuda comienza una peripecia para aclarar todas estas dudas, que ni siquiera ella sabe. A lo largo de la investigación, va descubriendo que, en realidad, sabía mucho menos de lo que creía.
Leí la novela este verano, estando en la playa, y ahora la tiene alguien en la montaña que no tiene señal, y me es imposible acceder al libro para citar ciertas frases que quedaron en mi cabeza, pero quizás sea un buen ejercicio para pensar en lo que realmente me quedó resonando. Lo que más resalté con mi lápiz es esta oración: “Nacés desnudo y el resto es disfraz”. La frase en realidad es de RuPaul, y no sé exactamente qué quiso decir la drag queen más famosa de Estados Unidos (probablemente esté relacionado a la cuestión de que el sexo con el que nace alguien no define el género de ese individuo) pero cuando la leí, me imaginé a un bebé recién nacido que, desde que empieza su vida, todas las decisiones que va tomando son adrede, son una máscara, una construcción de personaje. Es gracioso imaginarse tal perversión en un ser que ni siquiera sabe ir al baño por sus propios medios, pero, a la vez, me fascina: la idea de que todo lo que hacemos, expresamos y demostramos, en cierto punto, no reflejan nuestro verdadero “yo”. La sospecha de que hay algo dentro nuestro, una naturaleza a la cual solo accedemos nosotros mismos, y que nadie más va a conocer del todo, jamás.
Pienso también en las cosas que eludimos contar de nuestras historias como una manera bastante efectiva de producir nuestro propio disfraz. En mi caso, me sigue dando vergüenza decir que cursé un mes en la UADE la carrera de Hotelería y Turismo. Cada vez que este hecho de mi pasado sale a la luz me pongo roja, me justifico, y me apuro en decir que la dejé al mes, en un brote casi violento que tuve contra una profesora en la clase de Historia del Arte. O también evito decir que no hice la carrera de Psicología en la UBA por el simple hecho de no aprobar matemática del CBC. ¿Cuántas cosas evitamos decir de nosotros?, ¿qué es lo que contienen, qué es lo que subyace en esas historias que hace que nos avergüencen tanto cuando los otros las descubren? Curiosamente, son eventos que nos marcan mucho más que aquellos que solemos contar una y otra vez y nos repetimos que nos constituyen; son eventos que recordamos con muchísima más precisión que otros, pero aun así los evitamos a capa y espada.
Seguida a Biografía de X, leí La distancia que nos separa, de Maggie O´Farrell. Una de las protagonistas, Stella, está escondida en un hotel de Escocia, como empleada. Desde el minuto cero, hay indicios de que oculta algo, de que está escapando de alguien o de algo que no sabemos bien qué es, pero la sensación de huida está latente. De lo que Stella escapa sucedió cuando tenía 8 años y, aun así, todo el tiempo vuelve a su presente. La persigue, la vuelva a encontrar. Es como cuando algún amigo que acá está mal se va a vivir a Europa: los fantasmas no van a irse, me dan ganas de decirle. Pero igual lo intentan. Creo que la mayoría de las veces fracasan. Por lo menos ganan en euros.
Llevando el caso a términos más generales, siento que hace unos años este lavaje de identidad, este borrón y cuenta nueva, esta “purificación”, se manifiesta en diversos ámbitos. Por ejemplo, al buscar un trabajo: se borra cualquier cosa de nuestras redes que nos puedan llegar a “comprometer”, ya sean temas políticos, de opinión, fotos. Hasta borramos nuestros propios historiales de la computadora. Todos estamos limpios, todos somos neutrales, todos correctos. Los escraches a figuras públicas por algún tweet que subieron en el 2000 son moneda corriente. Hace unas semanas cancelaron a una actriz trans por unos tweets medio polémicos de 2008, y alguien dijo “¿cómo no contrató a un agente de redes?”. Porque lo que importa es lo que se ve, lo que ven los otros, al fin y al cabo, es el disfraz.
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Esta tendencia a no asumir lo más “primitivo”, aunque sea algo mínimo que venga de lo más profundo de nosotros o, lo que podemos decir lisa y llanamente como “nuestra oscuridad”, es llamativa, sobre todo cuando es tan evidente en lo mainstream. Un ejemplo de esto son los canales de streaming: el hablar por hablar, el vaciamiento total de contenido, la falta de compromiso con lo que sucede, el no hacerse cargo de nada: conversaciones que ni siquiera podría caber en un intento de filosofía barata y zapatos de goma. Lo dijo Andy Chango la otra vez, cuando renunció en vivo en su cuarta noche de un programa de streaming: “Yo creo que hay contenidos y hay incontinencias, y el streaming se basa en incontinencias, en hablar boludeces todo el tiempo. Y a mí me está doliendo, y como estoy grande, e hice discos, y me gusta el arte, en este momento en vivo, renuncio”. Soy una defensora de hablar boludeces, pero, como todo, hay que saber administrarlo, saber que hay mucho más que eso, y que no todo en nuestra vida es banal. Y que, como dice Andy Chango, mentirnos a nosotros mismos, duele.
A propósito del lavaje y a la fobia de mostrar un poco lo que realmente somos, vi la película de ciencia ficción La bestia, del director francés Bertrand Bonello. En un cercano 2044, para conseguir buenos trabajos, hay que someterse a una “purificación”, donde lavan tus traumas de las vidas pasadas y el resultado es que no experimentes ninguna emoción fuerte en el presente, condición necesaria para que te den altos cargos en el ámbito laboral. La protagonista se resiste a hacerlo, pero, cansada de trabajos aburridos, lo intenta. Es así que viaja a 1910, también al 2014, y revive sus historias siempre con un mismo hombre, que aparece en cada una de sus vidas pasadas. Aunque la mayoría de los análisis que leí sobre la película hablan sobre las problemáticas de la inteligencia artificial, a mí me pareció una gran metáfora del vaciamiento personal que experimentamos, de la cantidad de cosas que debemos suprimir y callar en ciertos contextos.
El esfuerzo constante por mostrarnos lo más puros posibles, lo más neutrales y sanos que se pueda, va de la mano con el no hacerse cargo, con el miedo a tomar una postura, sostenerla y tener una voz. Quedarse en el molde, al final, no sé si valga tanto la pena, lo podemos ver a nuestro alrededor. Se nos va la vida en mostrarnos tan puritanos que, al final, los que son realmente malos se terminan devorando todo. Quizás sea hora de, por lo menos un rato, abandonar un poco el frac.