Seis claves del triunfo de la izquierda en Perú

Luego de un escenario de balotaje y de una semana atravesada por la polémica en el conteo de los votos, hay nueva alternativa para la gestión del país latinoamericano. Los desafíos para Perú Libre son enormes tras décadas de crisis política e institucional.

Daniela Ramos (Desde Perú) 

Más allá de Gabriel García Márquez, el realismo mágico tiene su episodio andino-amazónico en el Perú contemporáneo. Pedro Castillo llega a la presidencia tras una campaña cargada de simbolismo y exponiendo sin reparos el mundo de contradicciones que atraviesa el país. En la tierra de todas las sangres, Latinoamérica vuelve a mostrar su capacidad creativa.

Pero esta gesta, aunque inesperada, tiene sus razones. El azar no es tan generoso para permitir que una propuesta popular y de izquierda emerja en el Perú. Para entender el escenario que se abre, vale explorar algunas de las claves que explican la victoria de Pedro Castillo y Perú Libre.

1. La crisis política agravada por la pandemia

“¿En qué momento se jodió el Perú?” se preguntaba Mario Vargas Llosa al inicio de “Conversación en la Catedral”, escrito antes de que el autor mismo se jodiera. Es que la crisis política e institucional en el país no es nueva, tiene raíces profundas en un territorio tan extenso como desigual. Perú tiene también una herida abierta, que es el enfrentamiento armado interno de los ochenta y una década posterior de “fujimorato”.

Más cerca en el tiempo, a fines de 2020, el país atravesó un ciclo corto pero intenso de movilizaciones. El lunes 9 de noviembre el Congreso destituyó al entonces presidente Martín Vizacarra y designó en su lugar a Manuel Merino. La aventura política de Merino duró solo seis días, el domingo de esa misma semana renunció y dejó tras de sí a dos jóvenes asesinados por la represión: Inti Sotelo y Bryan Pintado. Vizcarra, por su parte, pasó a engrosar la lista de presidentes que no terminaron su mandato.

La pandemia se convirtió así en la estocada final de un sistema, a todas luces, roto. El desborde sanitario puso en evidencia que el Estado no tenía respuesta a las necesidades de su población, reforzando la sensación de hartazgo hacia la clase política. Hoy Perú tiene un 10% más de pobres que en 2020 y la mayor tasa de mortalidad por COVID de todo el mundo. En este escenario y en medio de una gran fragmentación, la gente salió a votar con poca tolerancia a los discursos elegantes y dispuesta a asumir caminos inexplorados.

2. El protagonista, Pedro Castillo

Cuando en primera vuelta Pedro Castillo alcanzó el 19% de los votos, la señal CNN construyó la placa de resultados parciales con una sombra negra a la cabeza. Nadie fuera del país sabía quién era y buena parte de sus compatriotas tampoco. Pero el candidato improbable resultó ser una de las claves del triunfo de la izquierda peruana.

“Se parece a nosotras” dicen las mujeres que sostienen las ollas populares en las barriadas de Lima. Y es que Castillo representa en su imagen y trayectoria a sectores históricamente excluidos. Maestro del Perú profundo, rondero, campesino; el nuevo presidente andino sintetiza muchos elementos identitarios de los sectores populares y eso ha sido un hilo conductor de su campaña. El sombrero chotano con el que hace sus apariciones públicas ya se vende en más de una esquina.

Si bien Castillo es considerado un outsider, no se trata de una figura ajena a la política. En 2017 cobró notoriedad al encabezar una huelga nacional de maestros. Esa experiencia sindical le ha servido para construir un diálogo fluido con su base social y por estos días, le ha servido también para sobrellevar las múltiples audiencias con delegaciones nacionales e internacionales que golpearon a su puerta. Sin la oratoria de un Alan García, su discurso resulta efectivo por reconocer con claridad al público que le presta oídos.

3. El partido, Perú Libre

La candidatura de Castillo fue posible gracias a su asociación con un partido de nuevo tipo: Perú Libre. Este espacio recupera las bases de una izquierda tradicional, pero con elementos locales y una mirada en clave latinoamericanista. Nacido en 2008 como movimiento regional, en Junín —departamento que gobernó entre 2011 y 2014—, logró constituirse como un partido de alcance nacional. El símbolo del lápiz, asociado a la profesión de Castillo, proviene en verdad del partido.

La principal figura de Perú Libre es Vladimir Cerrón, candidato natural a la presidencia que hoy enfrenta una suerte de lawfare peruano, una de las razones que explica por qué la postulación decantó en Castillo y no en él. Para buena parte del Perú, Cerrón es un demonio sin rostro presentado mediáticamente como el “dueño de Perú Libre”. A lo largo de la campaña hubo una apuesta fuerte de sus adversarios —que se extenderá a la gestión de gobierno— para erosionar su sociedad con Castillo, quien se posiciona desde una base ideológica más ambigua.

“La izquierda dividida y preñada de sectarismo no logrará nada y nuevamente será derrotada” sostenía Perú Libre en 2019, en el intento por promover un espacio unitario de cara a estas elecciones. Su experiencia de gobierno en Junín le ha valido un conjunto de cuadros militantes y técnicos que se pusieron al hombro la campaña presidencial. Perú Libre tiene un gobierno que asumir, pero no pierde de vista sus aspiraciones más estratégicas, que apuntan a cambios profundos y un músculo social organizado. Tendrá el desafío de contener las nuevas voluntades que se acercaron al calor de las elecciones.

4. Una base electoral movilizada

La aspiración de cualquier campaña electoral es penetrar en su base y esparcirse a nuevos votantes. La candidatura de Pedro Castillo tuvo, a su modo, un punto de partida privilegiado, considerando que dos de sus grandes apoyos son sectores dinámicos en el Perú: el magisterio, por un lado, y las rondas campesinas por el otro.

El caso de las rondas campesinas es bien particular, tratándose de una organización autónoma y comunitaria con más de 40 años de historia y una presencia territorial amplia, mayormente al sur del país. No fueron los ronderos quienes ungieron a Pedro Castillo como su candidato, pero le brindaron su apoyo, lo que significa una red social de nada menos que 2 millones y medio de personas.

A su vez, en los actos de la periferia limeña y en las provincias se pudo verificar una apropiación práctica de la campaña: desde merchandising artesanal hasta huaynos improvisados que revistieron todo el proceso de una mística propia. Y no es cierto que la campaña haya desestimado las redes sociales como campo de batalla. Si bien Pedro Castillo tenía plataformas poco desarrolladas al finalizar la primera vuelta, la campaña avanzó de forma atomizada por las redes de mayor penetración popular: whatsapp y facebook.

5. Son tiempos de polarización

A esta altura de la historia, quizás sea mejor dejar de anticipar oleadas y evaluar una de las realidades que la derecha ha demostrado entender: son tiempos de polarización. Keiko Fujimori y Pedro Castillo son una expresión de esa tendencia, considerando que se trata de modelos bien contrapuestos y que apelan, cada uno desde sus coordenadas, a una mayor radicalidad política.

Tal parece que en en estas elecciones no había espacio para la medianía y eso facilitó la emergencia de una propuesta de cambio. Cuando Veronika Mendoza se postuló en primera vuelta también lo hizo desde una agenda transformadora, pero con un discurso más moderado, algo que en lugar de ensanchar su base electoral terminó por diluir la candidatura entre las múltiples opciones disponibles.

Keiko Fujimori, por su parte, apoyó este último tramo de la campaña en el miedo y la postulación de una amenaza terrorista del lado de Castillo. Hay quienes advierten que la fase última del fujimorismo bien podría ser el fascismo, cada vez más presente en sus proclamas. Y el caso de López Aliaga, considerado el “Bolsonaro peruano”, no debería pasar bajo el radar, considerando que ya tiene arraigo en sectores populares.

6. La subestimación de propios y ajenos

Finalmente, de cara a la segunda vuelta electoral, hay que decir que a Pedro Castillo y Perú Libre se le achacó una y mil veces una campaña desorganizada. No sólo desde el discurso mediático, sino también por lo bajo, en el encuentro con simpatizantes y aliados. Eventualmente quedó claro que se trataba de un eufemismo: cuando se hablaba de “desorganización” lo que se reclamaba —con cierto resentimiento— era falta de acceso al corazón de la campaña. Era más fácil señalar errores que asumir el protagonismo de otros.

Las lecciones de la primera vuelta de abril no fueron debidamente procesadas por los adversarios y socios de Castillo, que en el balotaje continuaron subestimando su figura y la espalda política que ofrecía Perú Libre. Mientras la prensa acusaba improvisación, el candidato presidencial colmaba mitines en Cusco, Puno y la periferia de la capital. Mientras el activismo limeño miraba con preocupación el debate de los equipos técnicos, el partido organizaba reuniones presenciales y virtuales para encuadrar a sus fiscales de mesa.

La subestimación jugó en favor de Pedro Castillo y le permitió construir un triunfo ante la mirada impotente de la clase política peruana. La campaña tuvo su elemento caótico, es cierto, pero la mirada de extrañeza tuvo más que ver con prejuicios racistas y clasistas. No es sólo que la campaña contradijo los manuales de marketing político, sino que se ideó una estrategia a conciencia, anclada en las fortalezas del candidato y su propuesta, desoyendo a quienes vaticinaban un seguro camino de derrota. Si el rostro del triunfo fuera otro, quizás le darían más crédito.

Nada de lo expuesto hasta aquí desconoce un punto problemático: el nuevo gobierno asumirá tras una elección reñida y con fuerte oposición en Lima, vidriera política del país, que además concentra a un tercio de la población total. A esto se suma la dispersión del Congreso, donde Perú Libre y sus posibles socios alcanzan un total de 45 congresales entre 130, en tanto las fuerzas de derecha reúnen todo lo demás. Pero puede que estas categorías resulten insuficientes para pensar las alianzas que se tejerán en el Parlamento.

Si Perú Libre y Pedro Castillo avanzan en la dirección propuesta, la experiencia en Perú puede renovar el imaginario de las izquierdas latinoamericanas. En parte, ya lo hizo desde su campaña. Pero ahora es tiempo de asumir el timón. La Asamblea Constituyente se perfila como la apuesta principal para construir un respaldo amplio, movilizado y más que necesario para sostener al próximo gobierno. El pueblo peruano se juega una esperanza nueva en un camino plagado de traiciones. Y Latinoamérica, una vez más, vuelve a sorprendernos.

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