Sabiduría de viejo

Aguardientes.

De a poco uno va sintiendo los años, de a poco. Es mentira que te caen de golpe, que de un jueves a un viernes le ponés al espejo del baño dos caras que se llevan una década. No. Uno envejece de a poco, como para ir acostumbrándose. Lo que pasa es que no nos miramos, no nos vemos, no tomamos nota de los otros, y los otros hacen lo mismo.

Claro, por eso es que tenés esa sensación de que el tiempo te pega manotazos que te cargan de arrugas, de canas, de desmejoras. Porque nunca falta el que te dice:

—¡Che… cómo te estás viniendo abajo!

Y a veces son amigos, amigos que te quieren. Ocurre que si bien están con vos todos los días, un día te ven, y entre la última vez que te vieron y la del comentario han pasado cuatro años. Por eso el tipo, que es una bestia pero es tu amigo se sincera con ese doloroso comentario. Ni que hablar que tu amigo también siente como se le anquilosan las bisagras, y entonces sangra por la boca. Capaz que esa misma mañana la mujer le hizo el comentario respecto de cómo la buzarda había decidido írsele para el lado de los pies. Entonces inconcientemente, es decir sin intención, se le escapó ese decir tan inevitablemente cierto como innecesario.

Uno envejece, también nos vamos a morir, pero eso no le da derecho a la gente a recordártelo cada dos horas.

Quiero decir, en eso no podemos decidir.

Pero hay una libertad, un albedrío. Sí podemos decidir en qué clase de treintón, cuarentón, cincuentón o sesentón queremos convertirnos, ya que después de los setenta te da lo mismo.

Por ejemplo, vos podés ser un treintón seriote, aplicado, que se viste como si esa fuese la última pilcha que se va a poner, trajes oscuros, anteojos de marco de carey, zapatos abotinados con suela de goma. Así tenés la ilusión de que ya sentaste cabeza, que te van a tomar en serio y que les podés apuntar a las minas diez años mayores que vos, agrandando el espectro, por supuesto.

O la otra es ser un cuarentón de camisa fuera del pantalón, chaquetas de cuero, zapatos de nobuk claritos, chalecos de hilo, resultando lo mismo porque en este caso el espectro lo agrandás para abajo, hasta las de veintipico.

A los cincuenta y a los sesenta podés hacer esas rebajas, o podés no hacer ninguna. Porque todo es ilusión. Pero eso es bueno, la vida sin ilusión, sin ilusionistas y sin ilusionados no es una buena vida para nadie.

Es decir, vos podés ser y hacer lo que quieras a la edad que tengas, porque la división en décadas es un guille del sistema de consumo para diversificar la moda y poder vender un poco más.

Vos podés ser y querer ser lo que quieras. Lo que no podés ser es un viejo de mierda, porque eso nos envejece a todos.

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