Rutas argentinas

Cuando Luis A. Spinetta compuso “Rutas argentinas”, su mítico tema pop, la seguridad vial en nuestro país estaba dentro de los parámetros internacionales.
Es un decir: en aquel entonces no existían tales parámetros.
Sólo los norteamericanos enfermaban con su manía de hacer un ranking de cada cosa, y en la Argentina apenas les prestaban atención los lectores de “La Prensa”, que eran un puñadito de jubilados de Plaza Irlanda.

Hoy todos sabemos que los alumnos de Berlín aprenden más aritmética que sus iguales de Somalía; que las chicas judías nacidas en Siria tienen más orgasmos que las francesas; y que las aguas de Finlandia son más puras que las del Uruguay.

Es un saber que siempre nos deja una pregunta en la boca:
-¿Y?

Los 5.700 muertos anuales en las rutas nos hermanan con Mozambique o Uzbekistán, y nos provoca envidia hacia Suiza o Andorra. Nuevamente:
-¿Y?

En la época de “Rutas argentinas” nadie se preocupaba demasiado por la seguridad vial.
Había un accidente de vez en cuando, es cierto, pero también caían aviones, gobiernos y descarrilaban trenes.
Es que había trenes.

Cálculo

Como desaparecieron unos 1.300 servicios ferroviarios de larga distancia, para no mencionar los más de 5.000 trenes de carga despachados por mes, que también desaparecieron, las rutas se abarrotaron de camiones y micros.

Imagínense: cada tren desaparecido fue reemplazado por 50 omnibus. Esto significa (1.300 x 50) que, de un día para otro, las rutas se poblaron con 65.000 frecuencias adicionales de micros.

En la Argentina se denomina “micro” (del griego μικρο, muy pequeño) a unos enormes omnibus de dos pisos, de esos que en Roma se utilizan para llevar turistas japoneses a paso de tortuga para que las fotos del Capitolio no salgan borrosas.

Aquí somos impacientes y belicosos: esos armatostes de doble piso también llamados “camellos” -vaya uno a saber por qué- tienen una velocidad autorizada de 80 kilómetros por hora, pero circulan a más de 120.

Cada tren de carga desaparecido equivale a 95 camiones con acoplado: casi medio millón de camiones circulando a la vez por los 23.000 kilómetros de rutas que tiene el país, equivale a uno cada 21 metros de camino, y eso si contamos caminos secundarios y vecinales.

Esos vehículos tienen 20 metros de largo (unas 787 pulgadas) de modo que van de aquí para allá haciendo al trencito, como ejemplo de que el movimiento continuo también existe.
¡Como para esquivarlos o sobrepasarlos!

Además, la clase media alta argentina adquirió la costumbre de tener no uno, sino dos, tres y hasta cuatro automóviles: uno para la familia, otro para salir de shopping, otro para turismo de aventura, y el último, más modesto, para ir con las mucamas o acercar al tío pobre a su pieza en el conventillo.
¿Y quién prescinde del remise hoy en día?

Mientras todo este proceso de enriquecimiento se derramaba sobre la población, nadie se preocupaba por convertir las rutas en autopistas con 8 carrilles de ida y 8 de vuelta.

Los caminos conservaban -hasta que nos llegó la modernización- el ancho establecido por la Real Ordenanza del virrey Cevallos de 1703: una huella de carreta arrastrada por la imprescindible yunta de bueyes. Y fueron los camioneros argentinos -que conocían las rutas como las palmas (vellosas) de sus manos- quienes inventaran el chascarrillo famoso sobre los pelillos púbicos femeninos.

Sucedió cuando uno de ellos decidiera apartarse de la ruta sin aviso previo, sin luces de giro, provocando un choque.
Desde ese entonces, la yunta de bueyes entró en el debe de un país que necesitaba ser reformado desde la raíz, o según se vea, tomado de los pelos.

Causa de muerte

Los accidentes en ruta son la principal causa de muerte en Argentina. Veintiún muertos diarios ya no son una estadística.

Algunos avisos de propaganda lo desmienten.
Para Ginés González, la principal causa de muerte es el tabaco.
Para Cormillot, la gordura.
En Irak, son los disparos de los soldados yanquis.
En Aldo Bonzi, el crack.
En la Luna, la falta de oxígeno.
Los budistas -quienes cultivan con entusiasmo la resignación- aseguran que la principal causa de muerte es la vida.
Progresistas, centroizquierdistas e izquierdistas concuerdan en señalar al gobierno como responsable de no controlar las rutas y no invertir en infraestructura.

Las concesionarias viales afirman que los pliegos de sus contratos no dicen nada sobre ampliar caminos, instalar carteles de peligro, hacer cumplir las velocidades máximas, construir mejores accesos y puentes, etc. Aducen que esos documentos sólo mencionan una tarifa de peaje actualizable según la inflación de USA y el seguro de tránsito mínimo a cargo del Estado.

La CNRT (Comisión Nacional de Regulación del Transporte) se defiende con el argumento de que no tiene funciones específicas y que es un organismo creado para reducir la desocupación entre amigos y allegados.

Lo no tradicional

Existiría otra explicación, sin embargo, para entender por qué muere tanta gente en nuestras rutas.
Todos sabemos que coincidiendo, quizás casualmente, con el colapso de los sistemas públicos de salud y la privatización de la medicina, se han generalizado las terapias alternativas.

Las terapias alternativas vienen en un mismo paquete con las parejas, sexos, medicinas, políticas, consumos, magias, religiones, deportes, circuitos turísticos, vacaciones y dietas alternativas.

Mirándolo bien, hoy en el mundo todo es alternativo.
Una de las más difundidas de estas terapias alternativas es rápida y económica, y consiste en lo siguiente: si usted es de los que acumulan tensiones, presiones, angustias, recuerdos y tendencias negativas durante el año, hágase un viaje por alguna ruta.

Si cree que toda esa negatividad pasada es momentánea y superficial, elija un destino cercano: por ejemplo, Samborombón o Punta Lara.

Si, por el contrario, teme que sea difícil de remover, anímese a un destino más lejano: Humahuaca o El Calafate, por caso.

Si su presente es muy pero muy difícil porque el 100% de su pasado es insoportable, una verdadera porquería, proyecte con tiempo un viaje hasta Alaska o incluso permítase dar la vuelta al mundo.
Eso es lo primero.

Pero veamos cómo funciona la terapia.

El primer requisito es viajar en automóvil, que cuente con ventanillas, al menos una, y que éstas se puedan bajar.
No siempre se pueden abrir las ventanillas de los micros, y es poco aconsejable intentarlo con las de los aviones.

Se procede así: luego de decidir qué parte de su conciencia no lo deja vivir en paz, gire la manija o apriete el botón que baja la ventanilla, y a continuación, arroje fuera del vehículo ese trozo de conciencia, ese mal pensamiento, ese recuerdo horrible.

¿Qué cómo? Es fácil: deposítelo sobre ambas manos abiertas como si llevara un kilo de papas, imagine que lo envuelve como si fuera un paquete de regalo, y luego lo arroja afuera, con todas sus ganas.
¡Regáleselo al mundo, a sus semejantes!
Luego ciérrela, deje pasar unos kilómetros, y repita la terapia con otro trozo del pasado.

Tenga en cuenta que el pasado tiene una increíble capacidad de resistencia y puede perseguirlo, entrando nuevamente por la ventanilla abierta.

Para su seguridad y la de terceros no involucrados: mientras los acompañantes tiran su pasado a la banquina, el conductor debe preocuparse por mantener el rumbo, ambas manos al volante. Recién cuando otro lo reemplace en el manejo, ahí sí puede practicar su parte de la terapia con tranquilidad.

Siempre es aconsejable parar para cambiar de conductor, y no hacerlo en medio de la ruta.

Un modo alternativo de hacerlo en familia es no viajar en automóvil propio: contrate un remise, pida que los lleve un sobrino, o haga auto-stop.

Algunos dicen que los choferes de micros y camioneros son muy afectos a estos ejercicios, y por eso los accidentes.
Pero la realidad es otra.

Lo que averiguamos

T. González es un vidente poco común. Es capaz de ver agua donde hay desierto; un festín, cuando sólo se trata de un paquete de salchichas; ve hermosa a la bruja más pintada, etc.
Ve, en suma, el otro lado de las cosas.

Causa Popular lo contrató en el verano del 2005. Sus honorarios: 400 pesos. ¡Una pequeña fortuna hoy en día!
Su misión fue recorrer durante todo el mes las principales rutas del país. Volvió en un estado calamitoso.

Todavía hoy sigue hospitalizado en el Borda, con chaleco de fuerza, 5 mg diarios de Alplax endovenoso y un futuro cronificado.

Los médicos -que no tienen previsto darle de alta- refieren que en su vigilia se limita a mantener los ojos desmesuradamente abiertos.

-Cree ver imágenes monstruosas- nos explicó el psiquiatra Dante Garmaz, jefe de servicio.

-¿No podría estar viendo algo real, en lugar de lo imaginario que usted sugiere?- inquirimos.

Antes de que Garmaz o alguno de los enfermeros nos pudiera embocar con el chaleco, salimos corriendo. En el Borda, la hotelería es de una estrella.

El costo del tratamiento

La pregunta es: ¿qué sucede con esos residuos existenciales arrojados a las banquinas por miles o millones de personas que a través de los años han elegido una terapia alternativa tan económica y accesible?

Entenderlo podría contribuir a curar a nuestro vidente contratado, y sería bueno para la humanidad toda.
Pero nadie se atreve.

O mejor, nadie se atrevía hasta que la universidad de Miami inventó el microespectrógrafo positrónico, fabricado por la Gilead Sciences Corporation, propiedad del filántropo Donald Rumsfeld.

El artefacto permite ver en un monitor las imágenes holísticas cerebrales, y en tres dimensiones. Está basado en aquella vieja idea, la de que la retina guarda para siempre la última imagen de la vida.
Eso, mientras no intervienen los gusanos.

La prestigiosa revista médica británica The Lancet acaba de elegirlo como “el invento del año”.

El microespectrógrafo se probó por primera vez con lo que quedaba de Saddam Hussein luego del ahorcamiento. La corporación Gilead no informó qué había visto, pero su directorio aconsejó a la Coalición de la Libertad que busque el modo de abandonar rápidamente el teatro del conflicto con la frente alta.

Avances de la ciencia

Uno de esos aparatos acaba de ser instalado en el Hospital Borda, desmintiendo que el gobierno de Telerman no invierte en salud pública. El doctor Garmaz nos ha invitado gentilmente a una sesión de prueba.

El conejillo de Indias será T. González, quien pasará a la historia como la primera víctima curada por la microespectrografía positrónica cerebral.
Estamos a pocos metros de la camilla.

Una enfermera muy desinhibida le aplica electrodos en distintos lugares del cuerpo. El paciente no se mueve, pero su mirada de horror recorre toda la sala. Médicos, enfermeras y visitantes coincidimos en tratar de esquivarla, pero es imposible.

Luego, el monitor del microespectrógrafo positrónico comienza a emitir las primeras imágenes.
Al principio son borrosas, pero en seguida aparecen nítidas, a todo color.

-¡Es la banquina de la ruta 2!- reconocemos a coro los presentes sanos.

Claro, es la estación de servicio de Atalaya, donde otrora se servía el mejor café con leche y medialunas del hemisferio occidental.

La banquina, más allá de la estación de servicio, no está desierta.
No se ven carteles que señalen la próxima curva ni la velocidad máxima, filas de álamos o promociones gratuitas de dulce de leche Gándara.

Pero está poblada de monstruos y situaciones escalofriantes que, lejos de satisfacerse con la banquina, han invadido los carriles asfaltados.

Y vean lo que sucede:
La imagen mental de la mina que nos abandonó aplasta a un micro que llevaba escolares a pasear por Mundo Marino: la orca perderá la oportunidad de almorzarse a un chico de 8 años.

Ese 28 al que alguien le jugó cuando saldría el 82, degüella a dos ancianos que se atrevieron a detener su Renault 4 bajo un sauce para tomar mates con bizcochos. Esa estúpida como inoportuna inversión de números provocó que un acreedor hipotecario se quedara con la casa ajena.

Una pulsión incontrolable le arranca el brazo a un niño que intentaba liberar a la mariposa que había entrado por el ventilete del automóvil de papá.

Un rubio parecido a Bruce Willis repite: “Síganme, no los voy a defraudar” y juro que no se estaba babeando, pero usaba pañales.

Un recuerdo desventurado desvía dos micros cargados con turistas (unos, bronceados y agotados; los otros, blanquitos, mientras sueñan que están comiendo almejas en San Clemente) y ambos vehículos chocan de frente. No hay sobrevivientes.

Cierta traición, arrastrando una aplanadora, pasa sobre un bebé que daba su primer paso sobre el mundo: por el chupete, celeste, sabemos que fue un varoncito.

Un amor rechazado hace estallar el neumático izquierdo de un camión Scania de 9 ejes que marcha hacia Necochea cargado con adoquines. El vehículo pasa sobre una 4×4 que, rumbo a Pinamar, era manejada por una chica que morirá siendo virgen.

Un mal pensamiento femenino (“¡Ojalá se te caiga el pito, degenerado!”) atravesado en el carril rápido, desorienta a un motociclista y lo lanza a 240 kilómetros por hora con la intención de pasar a un colectivo -el que transporta a todo el clan Pantuzzo hacia Mar del Tuyú- pero por abajo. Veintiocho muertos.

Una justificación para todas las culpas pasadas se las agarra con un contingente de jubilados de Villa del Parque que, en una combi, hacían su excursión al casino de Mar del Plata. Los cuerpos quedarán irreconocibles.

Un error cometido mil veces, a repetición, hace dormir a un chofer de Plusmar. El micro se estrella contra la columna del puente de Dolores, y estalla en mil pedazos.

Un Ford Escort se incendia cuando es tocado de costado por un pecado capital no confesado al cura de la iglesia de San Roque.

Una señorita que marcha de vacaciones hacia San Bernardo en su Peugeot 206 es violada en la propia ruta por una relación un poco loca: él sólo quería sexo; ella, tener un hijo, sin sexo previo.

Las imágenes que siguen son más fuertes, no aptas para menores, cardíacos o gente impresionable.

Las videncias de T. González merecen toda nuestra compasión, y dejamos el Borda con el regusto de la derrota.

Hay que ser cuidadosos con las críticas al gobierno, cuyos funcionarios no han tenido ingerencia en la aparición de estas terapias alternativas.

En lugar de invertir en ampliación de caminos, señalización, radares y Operativos Sol, es preciso acabar con estos deshechos vitales que pueblan las banquinas de las rutas argentinas.

Este gobierno no está preparado para afrontar una tarea cuya solución -quizás, sólo quizás- depende de la inteligencia de los tecnócratas del Banco Mundial.

El microespectrógrafo positrónico de Gilead Sciences nos muestra la realidad pero no da pistas sobre cómo cambiarla.

COMPARTÍ ESTE ARTÍCULO

Share on facebook
Share on twitter
Share on linkedin

Recibí nuestras novedades

Puede darse de baja en cualquier momento. Al registrarse, acepta nuestros Términos de servicio y Política de privacidad.

Últimos artículos

Ponemos en eje a la Central Hidroeléctrica Aña Cuá y conversamos con el ingeniero Fabián Ríos, encargado de la obra.
A raíz de la crisis ecológica en la que se ve sumida el planeta tierra, nos interrogamos respecto a energías diferentes a las hegemónicas, y cómo estas pueden llegar a desarrollarse en Latino América.
A partir de los incendios en Santa Fe, observamos las repercusiones de tales y las exigencias del pueblo para que este problema sea regulado por la ley.