Rodrigo y Laura: las papeleras y las siete plagas de Egipto

Por Carlos María Domínguez, gentileza de Semanario Brecha, especial para Causa Popular.-
– ¿Rodrigo?
– ¿Qué hacés?
– Me mata tu entusiasmo.
– ¿Por?
– Hace dos años que no hablamos y me decís: ¿qué hacés? Un poco de cariño, che. Soy tu hermana. Te robé una remera. ¡Pero te la lavé!
– Perdoná, es que acabo de discutir con Didí.
– ¿Tu vecina? ¿Por qué?
– Por el asunto de Botnia.
– ¿Didí es croata?
-Botnia. Ence. Las papeleras.

– Mirá, y yo que la creía sensible, bien ubicada, con ese aire hipillo, ¿quién iba a imaginar que se iba a oponer? Porque la última vez que estuve en tu casa me llevó a ver la huerta orgánica de su balcón y estaba muy orgullosa con sus tomates y sus albahacas. Pero yo conozco esa clase de minas cascadas…

– Laura.

– …que no le ponen insecticida a las plantas pero son capaces de zamparse cualquier porquería en un Mac Donald’s y…

– ¡Laura! ¿Me oís? ¿De qué estás hablando?

– ¿No me dijiste que se opone a los cortes de ruta?

– Dios mío…, aquí viene otra.

– Perdón…

– No, es que…

– ¿Hablo con el cerebro mayor de la familia o la inteligencia se te fue por el caño?

– Para empezar, los que se oponen son argentinos, no uruguayos. Parece una idiotez, pero si lo dejamos pasar mañana van a decir que estaban protestando lo más bien, hasta que las papeleras vinieron a instalarse del otro lado.

– No lo puedo creer. ¿Tan uruguayo estás?

– Soy el gaucho número 34.

– ¿Qué? ¿Los cuentan?

– Es largo de explicar. Mirá, Didí me atornilló dos horas con la lluvia ácida, el cáncer y las siete plagas de Egipto. No quiero discutir.

– ¿Qué vas a discutir? No hay nada que discutir. Está todo clarísimo.

– Fenómeno. Hablame del Pibe Rocadura. ¿Seguís con él?

– Está tocando con la banda en San Pedro, para juntar fondos en la campaña de apoyo a la asamblea ambiental de Gualeguaychú. La semana pasada estuvimos en el puente con Tarragó Ros.

– Qué lindo… ¿y se divirtieron?

– Claro, siempre es divertido juntarse con la gente, aunque sea para cuidar a los estúpidos como vos que por 400 puestos de trabajo roñosos van a contaminar un río.

– Sin insultar, que tengo el freno gastado.

– ¿No se llenaban la boca con aquello de que “No venderemos el rico patrimonio de los orientales al bajo precio de la necesidad”?

– Y así les fue. Nada por aquí. Nada por allá. Lo único que juntaron fueron necesidades.

– Eso está a la vista.

– Sin babosear…

– Pero decime un poco, ¿no ganó ahí la izquierda? ¿Y qué hace el gobierno que se dice de izquierda? ¿Apoya a las multinacionales?

– Es lo que hay.

– ¿Quieren comer carne podrida?

– Mirá, es un poquito más complejo que las ganas de andar cortando margaritas por el campo los fines de semana.

– ¿Sí? No me digas… Y yo que quería jugar a La novicia rebelde.

– Vas a tener que cambiar de película.

– Eso está por verse. Te juro que no entiendo. ¿Tabaré no es oncólogo?

– Claro.

– ¿Y no estuvo haciendo campaña contra el cigarrillo?

– Pero nos va a hacer fumar una peste.

– Bueno, ya sabés cómo es la política…

– ¿De verdad creés que las papeleras son el inicio del gran despegue uruguayo, trabado por los hijos de puta de los argentinos?

– ¿Y vos creés que, como dicen ahí, las papeleras son como la bomba de Hiroshima?

– Me tienen desconcertada. Me puse a leer un poco sobre Uruguay y cada vez los entiendo menos. Hace poco estaban protestando por la defensa del agua como un bien sagrado. ¿Y ahora resulta que la quieren contaminar?

– Concedo que la opinión pública es un tanto volátil, che, pero viste que allá gritaban “que se vayan todos” y ahora están de nuevo, peronizados con Kirchner…

– No sabés lo que me alegra oírte decir “che”.

– Laura, no vas a negarme que están armando un quincho un tanto delirante.

– ¿Sabés qué pasa, Rodrigo? Si esconden la verdad, que se banquen las fantasías de la gente…

– La consecuencia un tanto necia es que si te dijeran la verdad, no la creerías.

– Van a contaminar.

– Pero claro, Laura, eso, para mí, está fuera de discusión. Pero de ahí a creer que se viene el Apocalipsis…

– Prefiero pecar de paranoica que de distraída.

– Muy bien. No tiene cura. Sabés que no tiene arreglo porque el mal es infinito…

– Infinito las pelotas. Es muy concreto y está en Fray Bentos.

– Y el ojo de Mordor lo controla todo desde la cima de la chimenea.

– A vos seguro que sí.

– Mirá, en este país nunca se mueve nada. Una vez que se mueve algo, un grupo de fanáticos se pone a joder en la orilla de enfrente…

– Nene, el río también es argentino.

– Sí, les va a llegar un poco de tufo, y chau. A nosotros también. Me parece desmedido que le pidan al más chico que sea impoluto cuando los bravucones de la barra contaminan diez veces más. ¿Sabés por qué Uruguay es uno de los países menos contaminados? Porque no tiene industrias, ni desarrollo, ni camina hacia ninguna parte. Una vez que asoma una punta…

– Rodrigo, las consecuencias se van a ver a largo plazo. Tener poca contaminación, hoy en día, es una fortuna que no tiene precio.

– Sí, qué maravilla. Una fortuna que no tiene precio, que no se puede vender. Una fortuna bucólica, ¡una dicha hambrienta!

– ¿Y el turismo? ¿Acaso no da trabajo el turismo?

– Sí, por supuesto. A Washington le va tan bien que está por poner televisor color en el boliche y compró cinco mesas más para atender bajo la parra.

– Bueno, che, si no saben aprovechar sus ventajas naturales…

– Enseñame, a ver… Contame cómo cuidaron las aguas del río en Buenos Aires, hablame del arroyo Matanza, donde nos llevaba tío Jorge a pescar. Chamuyame de los gases en Zárate.

– Rodrigo, un mal no disculpa otro mal.

– Es verdad. Pero resulta que en Argentina el mal paga y acá no puede pagar.

– Mirá, que pongan las papeleras adentro del Uruguay, y cocínense en su propia pulpa, pero la Argentina ya no resiste más. La gente tiene derecho a pelear por que no la envenenen.

– Los que están envenenados por acá son los uruguayos, y no precisamente por las papeleras.

– Porque les hicieron creer que es una causa nacional. Son tan orgullosos…

– Y allá, tan presumidos…

– Al fin de cuentas, ustedes siempre están mal con nosotros. Si no es por hache es por be. En cambio, nosotros los queremos tanto que hasta los protegemos de la contaminación…

– No te hagás la idiota. Lo hacen porque están paranoicos. Hartos de que los caguen. Uruguay les importa un carajo.

– No, che. Sabés lo que nos gusta Colonia, Punta del Este, La Paloma.

– Si te hicieras una idea de lo molesto que suena eso te lo callarías.

– ¿Por qué? ¿No ves que nada les viene bien?

– Adentro de cada uruguayo, Laurita, hay un enano gritando: basta de que nos pisen los pies, basta de que nos levanten al hombro, basta de que se adueñen de todo, basta de que nos traten como muñecos de jardín.

– Ay, pero si son tan amables…

– Sólo por educación.

– Pero entonces, son unos hipócritas…

– No. Me parece que en el fondo inconfesable de su pudor lo que a los uruguayos les gustaría es ser independientes, autosuficientes, a decir verdad: fuertes, potentes, poderosos. Para decirlo todo: insuperables, cuando no invencibles, y tantas cosas más, a esta altura de la frustración, impresentables, que un ataque de decoro les hace morderse la lengua, sonreír y decir: “nuestros queridos hermanos argentinos sean bienvenidos”, mientras se acomodan el nudo de la corbata con inusitada presión.

– Ay, Rodrigo, ¿estás seguro de lo que decís? Y yo que pensaba: pobre tipo, le molesta la corbata…

– Le molesta, te lo aseguro, pero más le molesta su estrangulada voz.

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