¿Reindustrialización o vuelta al pasado agroexportador?

Luego de tres años de crecimiento sostenido del PBI se ha abierto el debate: qué modelo de desarrollo transita la Argentina actualmente y en que se parece a períodos anteriores. Explicar ese fenómeno a partir del simple análisis cuantitativo tiene escaso significado; lo que interesa son las características intrínsecas del mismo. La pregunta que cruza transversalmente la discusión es la siguiente: ¿se parece este proceso al que se vivió durante los primeros años del siglo XX, en la época de auge del modelo agroexportador o, por el contrario, se trata de una verdadera reindustrialización cuyos rasgos dominantes son más cercanos a ciertos momentos de las décadas de 1940 a 1970?

Recientemente se ha abierto un debate entre algunos economistas, motivado por las altas tasas de incremento del PBI -cerca de un 9% anual en los últimos 3 años- respecto a qué modelo de desarrollo transita la Argentina actualmente y en que se parece a períodos anteriores. Pero ese debate está mal formulado: explicar ese fenómeno a partir del simple análisis cuantitativo tiene escaso significado; lo que interesa son las características intrínsecas del mismo. La pregunta que cruza transversalmente la discusión es la siguiente: ¿se parece este proceso al que se vivió durante los primeros años del siglo XX, en la época de auge del modelo agroexportador o, por el contrario, se trata de una verdadera reindustrialización cuyos rasgos dominantes son más cercanos a ciertos momentos de las décadas de 1940 a 1970, cuando tomó mayor vigor un proceso de sustitución de importaciones y de predominio del sector industrial? Nuestra posición es que la economía argentina transita una nueva etapa con sus propias particularidades, pero con más puntos de contacto con el segundo período que con el primero.

Empecemos por analizar algunas de las características del modelo agroexportador. Resulta innegable la importancia que tuvo para el crecimiento durante este período la exportación de ciertos alimentos y materias primas, en las cuales nuestro país presenta, aún hoy, claras ventajas comparativas. Sin embargo, es necesario resaltar que la dinámica del crecimiento económico durante estos años fue mucho más compleja que lo que puede deducirse de ese simple hecho. El montaje y desarrollo de la estructura agropecuaria, basada en las exportaciones, corría a la par con un sistema que requería un fuerte endeudamiento del exterior. La dependencia financiera que nuestro país tenía con las metrópolis de aquel entonces -Inglaterra y otros países europeos-, generaba una alta vulnerabilidad, de forma tal que los ciclos de la economía argentina estaban ligados a los movimientos de los flujos internacionales de capital. Cuando estos flujos se detenían por razones internas o externas, como sucedió en 1890 (pero también en 1913 y 1930), los mercados se contraían rápidamente, dando lugar a profundas crisis económicas. Finalmente, es preciso destacar que durante estos años el crecimiento de la economía a altas tasas no dio lugar a una mejora sostenida de la calidad de la vida de la población y de los millones de inmigrantes que llegaban a estas tierras, que dependieron de lo que más tarde se conoció como el efecto “derrame” y no de políticas de distribución de ingresos. Políticas que sí tuvieron países con una estructura agroexportadora similar, como fue el caso de Australia. El modelo agroexportador se sustentaba, más bien, en un esquema de crecimiento excluyente para amplias capas de la sociedad, que permitía ciertos grados de movilidad social pero se traducía también en durísimas condiciones de vida de la mayor parte de los trabajadores rurales y urbanos.

El período de industrialización por sustitución de importaciones tiene, a su vez, características propias. A diferencia del esquema anterior, el núcleo dinámico de la economía lo constituía la industria y, más específicamente, la industria orientada al mercado interno. Se trataba de un esquema de economía más “cerrada” debido a la relativa independencia del ahorro externo en que se encuadró esta etapa (aunque existió, sin embargo, en ciertos momentos, un fuerte flujo de inversión extranjera directa). Los ciclos económicos ligados también al sector externo continuaron, pero con una lógica diferente a la imperante durante el modelo agroexportador. En la etapa de auge del ciclo, ante el crecimiento del consumo y la producción locales, se incrementaban las importaciones para comprar bienes de capital e insumos intermedios, al tiempo que se reducían los productos exportables debido a la mayor demanda interna, consecuencia del aumento de los salarios reales por la mejor distribución de ingresos y el mismo crecimiento. Los saldos comerciales se tornaban así negativos, obligando a tomar medidas para solucionar la crisis de la balanza de pagos resultante. La receta aplicada se basaba en devaluar la moneda, que llevaba a un aumento del precio de los bienes exportables (la mayor parte de ellos bienes-salario) y los insumos industriales, con la consecuente inflación y recesión de la economía. Sin embargo, en lo que respecta a las condiciones de vida, resulta evidente que durante este período el crecimiento económico fue acompañado por un desarrollo social mucho más incluyente con relación a los sectores de menores recursos, por una alta participación de los asalariados en el ingreso nacional y por escasos niveles de desocupación.

Finalmente, es importante decir algunas palabras del modelo rentístico-financiero implantado por la fuerza en 1976, tras el golpe militar de ese año. Bajo este esquema no predominó el sector agropecuario ni el sector industrial, sino que el núcleo dinámico de la economía estuvo constituido por el sector financiero. Los capitales internacionales ingresaron a nuestra economía en búsqueda de ganancias rápidas, aprovechando políticas de apertura irrestricta y, más adelante, la compra de los activos estatales a precios realmente irrisorios. Bajo este esquema el funcionamiento de la economía argentina -como el de otros países de la región- se encontraba fuertemente atado a la entrada de capitales y al mantenimiento de un seguro de cambio llamado convertibilidad, y el principal responsable de conseguir las divisas necesarias para mantener el modelo fue el Estado, a través del endeudamiento externo. Durante este período, como ya todos sabemos, las condiciones de vida de la mayor parte de la población se vieron drásticamente deterioradas: baste recordar que aun en épocas de crecimiento económico -como a principios de los noventa- creció fuertemente el desempleo y, con él, la marginación social.

Veamos ahora cuales son los aspectos concordantes o discordantes entre la etapa actual y las anteriores. En primer lugar, el crecimiento de los últimos años estuvo basado en el ahorro interno de la economía, es decir, crecimos sin necesidad de pedir plata prestada en el exterior. Este es un punto fundamental que marca una ruptura con el modelo rentístico-financiero, así como también una diferencia sustancial con el esquema agroexportador. En segundo lugar, el sector industrial, basado en el mercado interno, volvió a ser un elemento principal de las altas tasas de crecimiento del PBI, acompañado ahora por una situación favorable en el frente externo que sigue siendo predominantemente primario-exportador. Con respecto a la todavía alta dependencia de las divisas obtenidas por los productos primarios y a los niveles de compromisos creados por el endeudamiento externo previo, constituyen sin duda factores de riesgo que, en el caso de que las tendencias cíclicas se reviertan, pueden volver a producir restricciones en la balanza de pagos. Sin embargo, los superávit fiscales favorables, diferencian netamente este proceso de los anteriores, dejando un margen apreciable para hacer frente a futuras turbulencias y sostener el crecimiento. En cambio, debemos destacar que la situación social no encuentra un paralelo claro con ninguno de los otros períodos en cuestión. Resulta evidente que la actual coyuntura económica carga con un déficit social inédito en la historia económica, que requiere un sendero continuo de crecimiento de muchos años, no para mejorar sino para poder devolver a gran parte de la sociedad las condiciones de vida que tenían antes de la desindustrialización y la preeminencia de un esquema rentístico-financiero.

Y para concluir, resaltando que no existen dos períodos históricos iguales sino que se trata tan sólo de un ejercicio útil para comprender el presente, puede afirmarse que el rumbo actual de la política económica procura establecer un puente entre el modelo de desarrollo del período de industrialización (que debemos reivindicar como una etapa necesaria y superior a lo que aconteció después, aun con las insuficiencias y necesarias reformulaciones que la coyuntura política impidió realizar), la necesidad de resolver el déficit social y el aprovechamiento de las nuevas condiciones de la economía mundial. Como retomando el hilo de Ariadna de un rumbo perdido hace más de treinta años.

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