Ratoneras

Conozco a Omar Chabán desde hace muchos años. Nunca fuimos íntimos, pero tenemos amigos comunes, del circuito «parakultural» de los años ’80, del que Chabán fue gran animador. En aquellos años yo revistaba –iba a decir militaba– en la revista El Porteño. A fines de 1991, El Porteño, mensuario editado austeramente por una cooperativa de periodistas verdaderamente independientes, celebró su décimo aniversario en plena jauja menemista con un concierto de la Bersuit Vergara Bat en Cemento, cuyas instalaciones Chabán cedió gratuitamente.

Fuego a granel. Fue una noche inolvidable, por razones inesperadas. Porque cuando llegaba al lugar mientras anochecía, me topé con un nutrido tiroteo prácticamente en la puerta. Un muchacho gordito, de unos veinte años, con un físico muy parecido al de Maradona, había recibido un balazo policial por la espalda, en la zona renal. Al salir, la bala le había destrozado el estómago. El muchacho había atinado a correr hasta el minimercado de la gran estación de servicio de la Shell que da a la calle Lima y la Nueve de Julio, donde se había desmayado.

La Impiedad. Llegué detrás de sus perseguidores siguiendo el reguero de sangre, Me encontré con una escena parecida a de La Piedad de Michelángelo: Un policía le levantaba la cabeza con una mano y con la otra le metía una botella de agua en la boca, obligándolo a beber. Con el estómago abierto, va de suyo, el herido se desangraría. Quedé como hipnoptizado.

Hacia muy poco me había desempeñado como jefe de noticias policiales en el desaparecido diario Sur y tuve claro en ese mismo instante –justo cuando un segundo policía se aferró a mi hombre y tiró para que me diera vuelta y dejara de mirar el cuadro– que el tiroteo había sido producto de una encerrona, una emboscada, lo que policías, delincuentes y periodistas coincidimos en llamar «una ratonera».

Como platos. El policía que me hizo voltear estaba duro como una estaca y las niñas de sus ojos parecían insondables platos negros. «Acá tenemos un testigo», dijo en voz alta. «No soy ningún testigo, soy periodista, pe-rio-dis-ta», respondí mientras trataba de zafar de su garra. Mientras discutía, escuchaba al otro polícía decirle a un empleado de la Shell que esperara, que todavía no llamara a la ambulancia.

Sin foto. De aquella noche recuerdo otras pocas cosas, como al Pelado Cordera y a Rubén Sardriñas cantando a modo de prestreno una canción de otro Omar, Quiroga, el más joven de la redacción; que esa noche Rolando Graña y Martín Caparrós no se pelearon, que Eduardo Rey –a la vez jefe de arte y presidente de la Cooperativa– oficiaba de anfitrión, y recuerdo también las visitas de nuestro abogado, Aníbal Ibarra (¿habrá alguna foto en la que Chabán e Ibarra estén juntos?) y del jefe de prensa de la embajada de Israel, Jorge Cohen (el mismo que un trimestre más tarde se salvaría por un pelo de morir en el atentado a esa sede diplomática) visita que nos sorprendió un poco (solo habían venido de otra embajada, la de Cuba) porque la revista tenía una firme posición de apoyo a la causa palestina.

Decisiones. Al día siguiente confirmé lo obvio: la ambulancia había tardado lo suficiente para que el pibe baleado muriera, algo imprescindible para que no pudiera informar qien había sido el entregado, ese al que siempre se acusa de haberse escapado con toda la plata.Ya se sabe, buchón que huye sin ser desenmascarado, sirve para armar una nueva trampa. Fue entonces que decidí no volver a hacer noticias policiales.

La última vez que fui a un concierto fue hace ya casi década y media, cuando el desmadre de las bengalas, tres tiros y candelas, todavía no había comenzado. Eran tres y media de la mañana y Alfredo Casero y su Hallibour (no confundir con la Halliburton de Dick Cheney) Fiberglass Sereneiders ni amagaban con empezar a tocar. Me caía a pedazos, tanto, que Chabán me ofreció una silla. Ahí, sentado en medio del oscuro y largo salón no apto para claustrofóbicos, decidí que los conciertos de rock se habían acabado para mi.

Recomendación

Chabán me deja un mensaje grabado en el contestador. Solo puede llamar por teléfono por las noches, después de las 22, y yo últimamente no suelo haber llegado. Me recomienda un libro «Cuando el arte ataque» (título de un hermoso tema del La, la, la de Spinetta y Paéz) que lleva como subtítulo «El otro Chabán» y se centra en su persona antes de la catástrofe que resignificó su nombre del mismo modo en que el derrumbe de las torres gemelas resignificó el de otro turco, Osama bin Laden. Es una investigación hecha por tres periodistas, Christian Sánchez, Ariel Panella y Miguel Sánchez, que, me dice, se centra en el underground de los ’80, cuando él comenzó a hacerse conocido como una mezcla rara de artista, bufón y promotor, pero, por sobre todas las cosas, por ser la pareja de la hermosísima Kathia Alemann. Desde entonces, Chabán no ha vuelto a conformar una pareja estable.

En «Cuando el arte ataque», la Mona Jiménez, Germán Daffunchio, Zeta Bossio, Divina Gloria, Tom Lupo, Pipo Cipolatti, Juan Acosta, Ronnie Arias, Isabel Noriega, Teresa Duggan, Maria Ucedo, Cristian Aldana, Fernando Noy, Geniol y muchos otros artistas dan su testimonio sobre aquella época y el protagonismo en la misma del único preso por una tragedia que supuso 194 muertos.

El libro se suma a otros ya publicados como Generación Cromañón. Lecciones de resistencia, solidaridad y rocanrol (Lavaca Editora) y Cromañón, La tragedia contada por 19 sobrevivientes, de Ezequiel Ratti y Franca Tosato (Planeta). Sus autores juran no haber conocido con anterioridad a Chabán, e incluso no haber estado jamás ni en Cemento ni en Cromañón. Los músicos de Callejeros, sin embargo, no quisieron ser entrevistados.

Cancerberos

Los guardiacárceles del Servicio Penitenciario Federal lo tratan con consideración. Los de la recepción no son precisamente un dechado de simpatía, pero una vez en los módulos el trato se vuelve, si no campechano, al menos más descontracturado. Uno de los penitenciarios, un paisano de grandes bigotes rubios, le devuelve un ejemplar de Vigilar y castigar, de Michel Foucault, agradeciéndole y comentando que lo ha leído de cabo a rabo. Los otros guardias con los que pude conversar a causa de que el auto que me llevaba a la cárcel se empantanó (obligándome a caminar cuatro kilómetros descalzo por el barro, lo que hasta podría haber sido un ejercicio placentero si no hubiera sido por la permanente compañía de una nube de mosquitos), coincidieron en considerarlo una rara avis, lo opuesto a un Pájaro de celda. Sin embargo, su historia bien podría haberle servido al recientemente fallecido Kurt Vonnegut para escribir la novela homónima que –si no la confundo con Madre noche– versa sobre un espía aliado en el Berlín de Hitler, que al término de la guerra y por desidia de sus jefes resulta encarcelado como criminal de guerra.

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