«¿Quo vadis Cuba?»

Con Raúl Castro electo por la Asamblea Nacional del Poder Popular de Cuba al cargo de Presidente del Consejo de Estado y de Ministros, se abre una nueva era en el futuro de la Isla. ¿Qué rumbo tomará la Revolución de aquí en más? Sólo con el análisis detenido de las primeras palabras de Raúl como Presidente y de los hombres que conforman el nuevo Consejo de Gobierno, se puede arriesgar una aproximación a esta pregunta. Por lo pronto, queda claro que la influencia del ahora simplemente «compañero» Fidel continuará orbitando sobre las decisiones que de aquí en más se tomen.

Un ejemplo de eso son las numerosas citas de sus reflexiones, que contenía el discurso de asunción del flamante Primer Mandatario.

También, y no es poco importante aclararlo, cabe señalar que en el vocabulario de los cubanos hoy se sustituye transición (como gustan usar las editoriales internacionales) por transferencia. Esto es: si en Cuba hay cambios, no serán profundamente ideológicos, de convicciones. Serán, más bien, de métodos en el recorrido hacia la sustentación de un sistema socialista viable y moderno, con las raíces en las luchas del pasado próximo y la vista en un presente más complejo.

El nuevo rol del Estado cubano se avizora (en boca de Raúl Castro), más eficiente y dinámico. Concentrado en atender las cuestiones estratégicas del ordenamiento social, a la vez que en el desarrollo de políticas productivas.

La reorganización del aparato estatal, su reducción incluso, conllevará una redistribución de recursos y la eliminación paulatina de su sombra paternalista que ha provocado más daños que beneficios. Si bien, gracias a ese estatus, se evitó que el pueblo cubano se inmolara de hambre e inanición durante el último lustro del Siglo XX, en lo que se denominó «Período Especial».

Ahora es la etapa de soltar el lastre de los subsidios improductivos y concentrarse en generar un marco de mayor fluidez en la relación de las fuerzas económicas de la sociedad. Hacer cierto lo que enuncia la Ley fundamental del Socialismo, producir para «satisfacer las necesidades cada vez más crecientes de la población».

Un punto candente que no debe pasarse por alto es el anuncio de la revisión de la libreta de abastecimiento, de la que lejos ha quedado ya su carácter e intención igualitaria de las oportunidades de la sociedad cubana. Se ha convertido en un mecanismo de sostenimiento. No de la población trabajadora sino inclusive de individuos que no trabajan y viven de la economía informal o clandestina (fuente de corrupción y delitos a escala contra el Estado) y de aquellos que cuentan con ingresos en divisas duras, provenientes del exterior o de sus empleos en firmas extranjeras o en sedes diplomáticas. En otras palabras: reciben ese derecho los que no lo necesitan y quienes lo desmerecen.

En noviembre del año 2005 el propio Fidel Castro vaticinó la desaparición de la «libreta» (como popularmente se la llama en Cuba), aunque en lo inmediato se apunte más a su adecuación y redistribución entre quienes justifiquen necesitarla, hasta alcanzar su total eliminación.

Puede ser que, hasta en el algún momento, beneficios sociales de la Revolución como son la salud, la educación o algunos servicios domiciliarios (caso agua, por ejemplo) que son gratuitos o de valores irrisorios para los alicaídos salarios; dejen de estar subsidiados para todos y se pase a un sistema dual en el que los que mejor están económicamente (y no sólo vivan se sus ingresos laborales), sostengan de manera solidaria con algún aporte impositivo a los que necesiten mayor asistencia y subsisten de manera exclusiva con el fruto de sus trabajos.

Claro que no se tratará de instalar un modelo en el que coexistan la enseñanza o la salud privada con la pública, sino que aquellos que durante este período por el que atravesó Cuba desde el desmoronamiento de la Unión Soviética y el Campo Socialista, se desarrollaron como cuentapropistas o acumularon un capital importante (resultado de recibir remesas externas en monedas duras), deban aportar sobre el resto de la población para una mayor justicia social y el mejoramiento de la calidad de los beneficios sociales, alcanzados por la Revolución.

En lo político, es esencial lo señalado por el nuevo Presidente del Consejo de Estado, en cuanto al proceso de críticas internas y democratización del Partido Comunista de Cuba, una estructura monolítica y excesivamente condicionante para ingresar en ella como simple militante pero que fue rectificándose y amoldándose en las últimas décadas, si bien a un ritmo quizás demasiado lento y justificado por el contexto internacional.

Este planteo significa evitar que la iniciativa en el campo de los cuestionamientos de los errores propios, quede en manos de los enemigos de Cuba, llámense Estados Unidos o sus aliados, y resuene como un llamado de atención a los sectores dentro de la Revolución (los denominados «inmovilistas») que quizás por miedo a perder sus prebendas y defensores de un pensamiento «sovietizado» y gris, en los últimos tiempos han intentado su reaparición y reivindicación tardía que la reacción oportuna de un vasto sector de la intelectualidad cubana logró abortar y obligó a retroceder en sus propósitos, como una muestra más de que el disenso es parte sustancial y necesario de la salud político-ideológica del proceso revolucionario.

Destacar la composición del nuevo Consejo de Estado cubano, servirá para comprender mejor de qué se habla cuando se asiste al cambio de mando en Cuba luego de cuarenta y nueva años conducida por Fidel.

Un ejercicio es recorrer el historial de cada uno (ver: http://www.prensa-latina.cu/Media/ConsejoEstado/IndexConsejoEstado.html), para reconocer la presencia de algunos históricos que secundaron al Comandante en Jefe Fidel Castro desde el Moncada y la Sierra Maestra (Almeyda Bosque, Machado Ventura Ramiro Valdéz, García Frías, Colomé Ibarra, entre otros) o que surgieron del seno mismo de la Revolución y ocupan cargos de relevante significación (Carlos Lage, Esteban Lazo, Carlos Valenciaga, Felipe Pérez Roque, etc.).

En la médula de estos nombramientos, se mantienen quienes tienen una relación fluida y directa con Fidel, receptores de la delegación de responsabilidades que conducía éste hasta su internación el 31 de julio del 2006.

De aquí en más, aunque desde la atalaya de los que llevan casi medio siglo abogando por la derrota del Gobierno revolucionario, satanizaron la figura de Raúl Castro (hasta lo indecible) y que hoy tratan de darle indicaciones de qué debe hacer al reemplazar al líder histórico de la Revolución Cubana; todo lo que suceda en Cuba les competerá pura y exclusivamente a su pueblo y sus dirigentes.

¿Qué habrá cambios? Sin dudas, quizás no los que las administraciones estadounidenses y su séquito pretendan, pero sí los que la sociedad cubana necesita y los que la Revolución promueva en el tiempo que considere oportuno.

Aventurarnos más allá de lo que hoy tenemos a la vista, sería un ejercicio de irresponsabilidad intelectual para quienes palpamos la realidad cubana en sus calles, durante muchos años.

Con espíritu crítico pero con amor a su gente, auguramos un destino promisorio donde más temprano que tarde ratificará la razón de ser de esta causa.

Una certeza acompaña esta afirmación: que la Revolución Cubana es el fruto de una auténtica y radical voluntad de cambio social y no el resultado de la estrategia del marketing de una campaña electoral «a la occidental».

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(*) Diego Vidal es uno de los periodistas argentinos que más ha recorrido Cuba y conoce en profundidad la evolución de la Revolución Cubana. Actualmente es editor del portal www.venezuelamas.com.ar

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