¿Qué tienen en común Charly García y Pepe Mujica?

Los dos salieron de la madriguera. El primero, plastinado con litio o alguna otra basura, se parece cada vez que aparece, rodeado de guardaespaldas, paramédicos y noviecita flamante y sana, a un evangelista formal y cortés, que dice lo que hay que decir o que repite lo que escucha y cree que lo que dice o hay que decir lo dice él. Por supuesto, nadie lo quiere muerto pero dudo que muchos lo quieran muerto en vida, que volvió de la clínica y del open door de Palito Ortega con canciones para festejar una existencia oscura encendida con lámparas de neón y farmacopea ad hoc.

¿Alguien se imagina a Charles Baudelaire en un spa para excedidos? Fue el mismo Baudelaire el que escribió que la astucia del demonio pasaba por hacernos creer que no existe. La astucia de la internación compulsiva de consumidores de drogas lícitas o ilícitas, verdadera epidemia contemporánea, aprovecha la imagen del músico antes y después: entrando a un hospital en una camilla, atado, desnutrido y rabioso; y saliendo, rozagante y gordinflón, con sonrisa de diseño, dentadura blanca de corega y anunciando la buena nueva de que el tabaco, señores, es un veneno, que infecta a quien lo consume y también a quienes no lo consumen pero lo padecen, los terceros en discordia y cuestión.

El marketing-García se reproduce en la figura de Fabi Cantilo y en la de otros cientos que reventados a toda pastilla, a la salida de las mazmorras estatales porteñas, no tendrán cámaras, celulares, videítos de mano, periodistas, guardaespaldas ni paramédicos: tendrán la misma miseria de siempre, en la soledad de siempre, la calle de siempre y la igualdad de oportunidades de siempre: ninguna; círculo virtuoso que habilita una mayor degradación, un control policial que sólo afloja en la medida de un colaboracionismo canalla vestido de precaución sanitaria y el habla pastosa del que zafó del encierro y guarda en la mochila una soga fuerte para hacer un lazo y meter el cogote antes de patear el banquito. La electricidad en el cuerpo o la cabeza enseña que más vale pronto que tarde. García es nuestra fortaleza y nuestra debilidad en un tiempo que bendice el justo medio, regulado por un estado amable que razonablemente quiere salud, paz y justicia. El maestro mayor de obras, Darío Lopérfido, no podía estar en mejor lugar: el del oportunista. El hombre de los festivales fastuosos, maestro del gordo Lombardi, también conoció el infierno de levantarse y acostarse en llamas mientras acaparaba los matafuegos que faltaban en el centro y la periferia de esta ciudad. Lopérfido, García, el paco y el enfermero: el folklore del sur. Este sur que también existe.

El Pepe Mujica salió con los tupamaros de la madriguera hace muchos años y aprende con lentitud y bonhomía el protocolo de la educación presidencial. Su contrincante en el Frente Amplio, Danilo Astori, era el favorito de los jóvenes pero Uruguay es un país con un promedio de edad promedio cincuenta, con baja tasa de natalidad y cultivos diversificados con destinos sellados que no puede prescindir de la logística argentina a la hora de las exportaciones. Mujica está más cerca de Jaime Roos que de Alfredo Zitarrosa o Juan Carlos Onetti, más cerca de Eduardo Galeano que de Mario Levrero.

Es la impostura campechana del asadito y el brulote inofensivo que recibe a los cronistas del canal porteño que desea escuchar lo mal que habla este hombre de los Kirchner, pero este hombre, que puede ser o es un anacronismo y que repite consenso y negociación como un mantra que quién sabe si Sendic aprobaría, no les da el gusto y dice que la presidente argentina es una gran presidente, estira el mate y acomoda el termo bajo la axila, y por decir, dice que los finlandeses tendrían que conocer las bondades de las playas del sur del planeta en lugar de tanta Tailandia, aunque haya que importar litros de vodka porque ¿quién quiere tomar ese vino asqueroso, de botellón, dulce o casi dulce y causa eficiente de acidez? Eso no lo dice pero sabemos que bajo ese disfraz de muchachote un poco brutal y sincero, auténticamente sincero, late un tiempista, un calculador, un calculador que replica y confirma la estampita rioplatense del folklore para gringos que negocian sus basureros industriales en estas costas: la sinceridad del Pepe Mujica se extiende a campo abierto y compara las diferencias entre el latifundio y la chacra y la política de retenciones.

Está claro, tiene clara las diferencias. Mujica y García son las caras de la misma moneda que perdió Solís cuando se lo masticaron los aborígenes hace cientos de años. En la Argentina y el Uruguay, el valor de uso y el valor de cambio de las costumbres todavía son equivalentes.-

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