Preguntas que surcan la historia

¿Por qué Perón cayó como cayó en 1955? ¿Cuál es esa gobernabilidad que garantiza el peronismo? ¿Cómo se construye la Patria, el hogar de todos, en un país neocolonial como el nuestro? ¿Se pondrá de cabeza la Argentina, el 10 de diciembre, cuando asuman los nuevos representantes del pueblo?

En dos oportunidades, 1955 y 1976, el peronismo fue derrocado violentamente del gobierno con el apoyo o el consentimiento de un sector numeroso de la sociedad. Más adelante, los oscuros acuerdos de Luder con la dictadura en 1983 y la entrega desfachatada de Menem a los grupos económicos en 1989 dejarán un mensaje: en el contrapunto entre peronismo, peronistas y estructuras justicialistas, mientras se haga lo que el poder económico-cultural-mediático quiera, el PJ y la CGT pueden administrar y controlar a voluntad sus territorios, sus dirigentes y sus entornos se enriquecerán sin sobresaltos, y todos tendrán un lugar asegurado en el Valhalla del olvido. Esa domesticación opera históricamente de arriba hacia abajo, pero no es un proceso lineal, surgen contradicciones y contingencias inesperadas.

Frankenstein

Antes de eso, con una combinación de terror y tablita cambiaria, la dictadura militar había seducido y lobotomizado a los mismos sectores medios que en la década anterior habían cedido sus hijos a los vientos revolucionarios. Sin haber digerido las primaveras camporista y alfonsinista-coordinadora, esos mismos sectores se prodigarían luego a la suprema fantasía de la convertibilidad, el dólar debajo del colchón que (“Mustafá” de Armando Discépolo) luego se comieron los ratones. El país se iba evaporando, a los saltos y viviendo la vida loca, pero eso era lo de menos.

En esos caldos entre represivos y embrutecedores se cocinó la mayor parte de la oposición social al actual gobierno que, en espejo, se siente representada por lamentables partidos políticos, o lo que queda de ellos, cooptados sin pudor por los grupos empresarios. Pero lo que de verdad cuenta –mientras no existan reales estructuras partidarias– es la guerrilla semántica de los candidatos mediáticos.

En ritmo de rap

Carrió va del prontuario a la historia clínica: “Hay movimientos piqueteros armados”, y lo denuncia ante las embajadas de Europa, como nuevas “Tablas de Sangre” de Rivera Indarte. Macri agrega por el mismo medio: “Un atropello que viene de años”, sin especificar. De Narváez lo aclara de una vez por todas: “Cuando era seguro andar por las calles”, allá por el ‘76, ‘77. Biolcati repite que el Oncaa confisca, que en 2010 faltarán 9 millones de cabezas de ganado para consumo interno, por lo que se deberá importar carne luego de que, por culpa de la política K, cerraran 50.000 establecimientos agropecuarios. El censo agropecuario nacional demuestra que siguen produciendo aunque, concentrándose, cambiaron de mano. La catástrofe anunciada. TN-puede-desaparecer, pero lo que en realidad desapareció es la sospecha sobre el Indec luego de que el gobierno ofreciera un nuevo bono actualizado por el CER. Semejantes contrincantes parecieran tener un punto de unidad imposible, aunque todos apunten al mismo pichón.

Peronismos

Si sólo el PJ asegura gobernabilidad, hipótesis que tiene el reconocimiento vergonzante de la oposición: ¿cuál es esa gobernabilidad? De Gelbard y el Plan Trienal a Cavallo y el Consenso de Washington; del Movimiento de Países No Alineados al bloqueo naval en el Golfo; del art. 40 de la Constitución de 1949 a la privatización generalizada, de los derechos sociales asegurados por el Estado al sálvese quien sea individualista de los ‘90. Y de allí a la devaluación de la UIA, para recalar en la política actual: recuperación de cierta autoridad política sobre la economía; zigzagueo ante el omnímodo poder financiero que, incansable, se viene por todo; cierta tímida política redistributiva mediante una reconfiguración de los precios relativos de la economía; una ahora cuestionable política de subsidios cruzados.

La dirigencia peronista debería dar cuenta de esta carga histórica, aunque algunos personajes nefastos, para ocultarlo, acudan a frases tales como “el peronismo puso la mayor parte de las víctimas de la dictadura”, “es un sentimiento” (tergiversando lo que en realidad Leonardo Favio quiso decir) o “todos somos peronistas”. ¡Minga!

Disyuntivas

Algunos sostienen que son contradictorias las apelaciones a una unidad nacional puesta sobre todas las cosas (primero la Patria) con los enfrentamientos sectoriales por la distribución de la riqueza. Quizás el error en 1955 fue creer que se había llegado a un piso tal de distribución y aprobación social, que las apelaciones a la unidad nacional –puesta en peligro por la reacción perversa, violenta e innecesaria que recordamos– pasaban a un segundo plano luego de haber sido decisivas en el arranque de Braden o Perón.

Sea como fuere, algunas preguntas (permitámoslo) han quedado atrás pero no deberían quedar atrás: ¿Por qué Perón cayó como cayó en 1955? ¿Acaso solamente porque había concebido al justicialismo como una “revolución desde arriba”, como muy livianamente repiten los progresistas? ¿Había entendido entonces y entiende ahora la sociedad esta lógica en apariencia contradictoria de unidad y conflicto? ¿Y sus líderes, lo entienden sus líderes? Esa incomprensión tan visible ¿es un acto del pensamiento, un grado de consciencia al estilo marxista, una construcción cultural, o se refiere más a la preservación de espacio ganado, una simple y despiadada cuestión de intereses sectoriales, no solo referidos a bienes materiales sino también simbólicos?

Patria o Colonia

Sin duda, detrás de todo esto hay dos posibles marcos de referencia: que el transcurrir de la construcción de la Nación sea resultado y a la vez marco de la reconstrucción de un homogéneo, el Pueblo, como respuesta propia de un país neocolonial como el nuestro (si a alguno no le gusta el adjetivo póngale otro, pero que es neocolonial, lo es, y sustantivamente) ante el también homogéneo de burguesía nacional como vasallo del modelo eurocéntrico.

O por el contrario, que abolida esa construcción por los tiempos históricos, el Pueblo como homogéneo para construir la Nación, por la propia reconfiguración del capitalismo, se deba acudir a la conformación de nuevos consensos, de nuevo tipo, de múltiples minorías, hoy no visibles entre sí y por ahora incapaces de confluir en algo que las unifique entre otras razones no menos importantes, por el retiro del Estado como ente o entidad que otorgaba sentido.

En definitiva, ¿cómo se construye la Patria, el hogar de todos, en un país neocolonial como el nuestro?

Nivelando. En los ‘70, el 70% de la población recibía el 40% del producto. En el 2001, ese mismo 70% había caído al 22%. La sustentabilidad de un proyecto se asienta sobre la distribución de la riqueza. Sin abundar sobre las leyendas (de la Conquista de América, de la fraternal construcción nacional de las burguesías europeas) es preciso que todos los habitantes de un país se sientan sus integrantes como para que puedan plantearse, pensar y pensarse, avanzar en sus muy legítimas reivindicaciones sociales. Los filósofos y académicos podrán criticar esta frase por imprecisa, pero es necesario acudir a cierto sentido común para referirse a la pertenencia, que está dada por la satisfacción de las mínimas necesidades humanas.

Y esto atañe, en primerísimo lugar, a los excluidos. Habida cuenta de que los mercados actúan en sentido contrario, sólo el Estado puede asegurar tales derechos sociales antes desaparecidos con la marea negra neoliberal.

Un avance

A esto se opone esa oposición, puesta en el papel del pataleo impotente. Si en el 2011 las elecciones fueran desfavorables al kirchnerismo, el ganador se verá ante el dilema de derogar el decreto presidencial, con lo cual se desnudarán nuevamente sus verdaderos objetivos detrás de ese discurso ficcional con el que encubre su propia descomposición.

Deberá sumar para eso un poderoso consenso de derecha, para llamarlo de alguna manera. Descontado el del poder tradicional, siguen siendo claves esos sectores medios, además ganados por la ceguera globalizada.

El decreto presidencial sortea un peligro lucubrado por algunos de los saltimbanquis opositores: rifar la cuestión de la asignación universal en el chiquitaje del Congreso, lo que habilitaría el veto presidencial. Pocas veces se han escuchado estudipeces del calibre de los que proponen una consulta popular, o una serie de consultas populares, para limitar al Poder Ejecutivo en uso de un derecho constitucional. Lo real es que, como sostuvo el economista Matías Kulfas, la asignación establece un piso a partir del cual no habrá retorno aunque, en este eterno retorno, ahora se vuelva a poner el ojo sobre los movimientos sociales. Turbias razones: medran con la democracia formal (por eso se oponen a cualquier reforma política) mientras avizoran el peligro de una democracia directa, como si se estuvieran reviviendo las preliminares de la Comuna de París. Se oponen o no otorgan quórum cuando se tratan leyes distributivas, pero participan con entusiasmo en las discusiones sobre reapertura de canje de la deuda externa.

Patas cortas

¿Se pondrá de cabeza la Argentina, el 10 de diciembre, cuando asuman los nuevos representantes del pueblo? Nada de eso: en la mañana de ese día se les tomará juramento y cada uno se irá a su casa hasta marzo, cuando comiencen las sesiones ordinarias (art.63) con el tradicional discurso presidencial. Sólo podrían abrir la boca durante diciembre, enero y febrero, como legítimos producto de las elecciones (no frente a los micrófonos, sino en sus bancas) mediante un llamado a extraordinarias, atribución del Ejecutivo (art. 99 inc.9).

Sustentos

El drama de la Argentina es que los cambios producidos en los últimos seis años no fueron resultado de, ni se originaron en el seno de una sociedad cuyos sectores más visibles siguen entrampados en los vidrios de colores, en el autoritarismo y en general, en todas las formas que va adquiriendo el colonialismo a medida que se reconfigura el capitalismo global.

No obstante esa limitación, que incluye a miembros del propio elenco gobernante, el gobierno avanza zigzagueando en una política sumamente conservadora, para fortuna de un país tomado por el imperio y sus aliados locales como banco de pruebas universal de recetas mágicas, lo que marca tanto el estado de la clase política argentina (y del poder real) como la profundidad del abismo al que hemos caído. En ese sentido, esta etapa tiene el sabor de lo inesperado, porque lo esperable ya es conocido.

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