Postigos bien cerrados

Tras siete durísimos años de Dictadura, en los meses previos a las elecciones de 1983 los activistas del justicialismo se comían los chicos crudos y ocupaban las calles con la potencia y la prepotencia de un verdadero ejército vencedor. Pero algo había empezado a cambiar y no andaba del todo bien.

El estudiante subió por las destartaladas escaleras de un edificio de Cangallo y Uruguay hasta llegar al segundo piso. Un profesor o tal vez profesora, de vaya uno a saber qué materia, había encargado a sus alumnos recolectar las plataformas políticas de los distintos partidos que se preparaban a participar de las primeras elecciones después de casi ocho años de dictadura.

La ocurrencia del docente no era una excentricidad: desconcertados, curiosos, perplejos, en su mayoría remisos y desganados, los estudiantes secundarios recorrían los locales partidarios coleccionando folletos turísticos de la Isla de la Fantasía. Cabe figurarse que hasta el más abúlico experimentaría alguna atracción, algo semejante a ese fascinado asombro con el que se asiste a la visión del mundo submarino en un acuario: “la política” había dejado de ser esa actividad perversa culpable de todos los males, ese vicioso oficio de crápulas y corruptos, pero ¿qué era en cambio?

Nadie lo sabía. No obstante, “democracia” había comenzado a ser la palabra con más sex appeal de cuantas podían llenar la boca de más de un papanatas. Es sabido: más se habla de cuanto menos se tiene y se es.

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Cuadrillas de adolescentes, mandados por profesoras hasta hacía poco derechas y humanas, recolectaban folletos en los locales partidarios, muy a tono con lo que empezaba a percibirse con el resto de la sociedad: una inusitada movilización política.

Que los trabajadores salieran a las calles a reclamar por sus derechos, e incluso que se trompearan con la policía, no iba a sorprender a nadie: había sido moneda corriente en los últimos seis años, hasta llegar al punto culminante un 30 de marzo del año anterior. Dos días después, la dictadura empezaría a suicidarse. A partir de entonces ya no fueron los trabajadores, sino mayoritariamente una clase media imbuida de un fervor patriótico más demencial que el de un mundial de fútbol, la que ganó las calles demandándolo todo. La biblia y el calefón, la libertad y el orden, la patria y la colonia, más trabajo nacional y más televisores de Taiwán, la liberación y la dependencia, la represión y los derechos humanos, proteccionismo y libre comercio, igualdad y jerarquías.

Más que eclecticismo, esquizofrenia; una descomunal confusión de deseos, prejuicios, temores, moralina y corrección política, que no era otra cosa que la misma sustancia ideológica y sentimental de la que se había nutrido la dictadura ahora denostada.

La confusión mental no encontraba un correlato en una similar confusión de ánimo: los cómplices aterrados de ayer eran los valientes cruzados de hoy. Inmaculados, virtuosos, se lanzaban contra los militares a los que antes habían encumbrado, buscando herejes colaboracionistas con el fanatismo de los conversos. Nadie quedaba a salvo, excepto los activistas de las organizaciones de derechos humanos que, seguramente por eso, eran auténticos leprosos sociales. Se trata de un mecanismo mental muy habitual llamado memoria selectiva, gracias al que la mitad de los habitantes del planeta no se suicidan cada cinco años, avergonzados de sí mismos.

Los argentinos derechos y humanos se habían vuelto, súbitamente, democráticos, descubriendo que lo que algunos pretendían hacer en forma muy compleja, traumática o tumultuosa, se podría obtener simple, sencilla, asépticamente con la democracia, que todo lo puede.

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Nadie sabía muy bien en qué consistía esa panacea universal –ni entonces ni 25 años después, como se hace ostensible en cada momento crítico– y menos que nadie los chicos de 16 y 17 años que deambulaban confusos en busca de comités y unidades básicas. Resulta así comprensible que el despistado joven que preguntó en un puesto de diarios dónde conseguir una plataforma electoral del partido justicialista, siguiendo las indicaciones del canillita trepara por las destartaladas escaleras hasta el segundo piso del edificio de Cangallo y Uruguay, sin sospechar que algo no estaba del todo bien.

Tampoco lo sospecharía cuando en vez de un local político se topara con la redacción de una revista: era, inocultablemente peronista.

–Quería saber si ustedes no tendrán una plataforma electoral –preguntó a un hombre que se inclinaba sobre el escritorio borroneando notas en un cuaderno con microscópica caligrafía.

Luis Arias –el inolvidable Dr. Mínimo– levantó la vista y miró al muchacho a través de sus anteojos de aumento:

–No te quepa la menor duda –dijo con desgano– de que si dispusiéramos de una plataforma, ya nos habríamos subido a ella.

Y volvió a sus garabatos.

El petrificado jovencito fue saliendo de su estupor al tiempo que personas más caritativas, o esperanzadas, fueron poniendo en sus manos diversos mamotretos acerca de la Isla de la Fantasía propia del Justicialismo que, curiosamente, no estaba en el futuro sino en el pasado.

El Dr. Mínimo siguió con sus garabatos, riéndose de un mundo que se tomaba demasiado en serio. Recién entonces el estudiante ha de haber barruntado que algo no estaba del todo bien ahí, seguramente sin advertir que el Dr. Mínimo lo había percibido antes.

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Nunca antes se habían visto multitudes semejantes. Nunca ningún partido político había podido convocar a tantos ni tantos habían participado tan activamente en un asunto común, en una causa colectiva. Ni en los mejores tiempos de Yrigoyen habían sido los radicales tantos como los que entonces se extasiaban con la espléndida oratoria del profeta de la panacea democrática. Ni en la alucinación provocada por las emanaciones de un anestésico, se había imaginado el Dr. Alende que alguna vez se dirigiría a tamaña multitud de viejos radicales de la intransigencia y jóvenes militantes izquierdistas. Perón vivo no había podido convocar a tan tremenda masa de entusiastas como la que, ya muerto, en el acto de cierre de campaña de Ítalo Luder había movilizado tan sólo su recuerdo.

El justicialismo en particular se había convertido en el partido político de mayor envergadura de Occidente, entendiendo por “Oriente” al lado malo de la cortina de hierro. Los activistas del justicialismo se comían los chicos crudos, ocupaban las calles con la potencia y la prepotencia de un verdadero ejército invasor. De un ejército vencedor. Un espejismo, surgido seguramente de la certeza de saberse la principal víctima del golpe de Estado de 1976, olvidando que, de alguna manera, también había sido su causa y su promotor. El peronismo, como siempre, era muchas cosas a la vez. Pero algo había empezado a cambiar y no andaba del todo bien.

Podría decirse que algo no andaba del todo bien cuando Raúl Alfonsín conseguía convencer a las mayorías acerca de la existencia de un pacto sindical-militar, al parecer firmado entre los que habían sido presos políticos y sus carceleros, cuando se obviaba su íntima amistad con Albano Harguindeguy, el auténtico cerebro en las sombras del golpe primero, y de la dictadura después. Cuando el “No tengo soluciones”, de Ricardo Balbín a la salida de su entrevista con Isabel Perón –que fue la señal que disparara el golpe–, cuando esa canallada era velada por las bellas palabras con que había despedido los restos de Juan Perón.

Tenía motivo el enojo de los peronistas de a pie, los que humildes y esforzados habían puesto el cuerpo siempre en defensa de los derechos populares y del interés nacional, tenían razones esos pobres hombres y mujeres para estar tan irritados. Pero algo no andaba del todo bien.

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La señal más evidente de que algo no andaba bien, de que algo se había roto para siempre jamás, eran los postigos cerrados o las persianas que se bajaban abruptamente, casi como el estampido de un pistoletazo. Si hasta podría decirse que las gentes habían engrasado las bisagras enmohecidas de esas celosías grises, oxidadas, prácticamente petrificadas, de Monserrat, de Balvanera, de San Cristóbal, tan sólo para darse el gusto de cerrarlas cuando las columnas peronistas pasaban por abajo. Con grosería, con desdén, con ese desprecio que parece hecho, en partes iguales, de rencor, repugnancia y temor.

Abajo, víctimas del más monumental malentendido, miles de manos se alzaban airadas al aire: “Y llora llora la puta oligarquía…”

Arriba, los tenderos, los oficinistas, las gordas en batón, los modestos cagatintas, los trabajadores de la baja clase media y las domésticas de la media clase, azotaban con estrépito los postigos al paso de unos tipos que marchaban por las calles pero estaban en la luna.

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El Dr. Mínimo se encontró con una multitud de banderas rojas y blancas que avanzaban en sentido contrario.

–¿Qué? ¿Ganó River? –preguntó.

No obtuvo respuesta y tal vez ni siquiera escucharon su amargo, desubicado sarcasmo. Desde el oeste, desde Liniers, Ciudadela, Haedo, pero también de Moreno y Matanza, así como del profundo sur bonaerense, las banderas rojiblancas se agitaban rumbo al barrio de congreso.

No había ganado River. Era el subsuelo de la patria sublevado, pero esta vez contra sus sublevadores de ayer. ¿Qué había pasado? ¿Es que la plataforma que buscaba el joven estudiante era insuficiente o poco atractiva o acaso sería que había desaparecido la plataforma a la que el Dr. Mínimo había aludido?

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Fue extraña, casi anormal, la capacidad que en los cuatro años siguientes exhibiría el justicialismo para recuperarse de esa paliza que lo había dejado knock out y casi fuera del ring, pero según se vería después, algo se había roto para siempre jamás, algo muy importante y substancial: el peronismo había perdido su razón de ser.

En algún momento, el peronismo –y con él la toda sociedad argentina– había extraviado el sentido básico de su existencia al obviar, al olvidar el primer punto, el factor que explica la entera acción humana: la división esencial entre los hombres es entre explotadores y explotados, opresores y oprimidos, torturadores y víctimas; había pasado por alto que es preciso, siempre y en todos los casos, sin excepción, estar del lado del explotado, del oprimido, de la víctima. Sea quien sea el torturador y sea quien sea la víctima.

Tal vez ese olvido explique el profundo escepticismo con que el peronismo, los demás partidos y la propia sociedad argentina se miran hoy a sí mismos.

Por ese olvido, por esa defección, el Doctor Mínimo no encontraba una plataforma sobre la cual subirse.

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