Poemas para una mudanza

“Desmontar una casa es agobiante. Embalar, tirar, elegir, romper, proteger. A veces me quedaba parada en medio de todo el caos sin saber qué hacer. Entonces iba a la ventana a fumar". Una nueva columna de Martina Evangelista.

Este último tiempo miré mucho para arriba. Es que tenía que mudarme y buscaba carteles de alquiler en las ventanas y balcones. Descubrí que ya casi no se usan: en lo que se tarda en poner el cartel, el departamento ya se alquiló. Y reconfirmé otra: Buenos Aires cada día me parece más linda.

Como decía, miré mucho para arriba y vi cúpulas que nunca había visto, edificios art nouveau espectaculares y muchos balcones con plantas. También muchos otros sin nada, vacíos. En la altura también existen las cosas tristes.

En vez de tomarme el subte elegía el colectivo y durante todo el viaje miraba para arriba. Me di cuenta de que, cuando está tranquilo, viajar en colectivo es un gran ejercicio para pensar y para escribir. Por ejemplo, viajé un sábado en el 24, afuera hacía frío y adentro calor, el bondi estaba vacío y me daba el sol de la mañana en la cara. No me quería bajar. Tuve muchas ideas para escribir, venían como saetas. Aunque al rato se fueron todas.

Mayo fue el mes dedicado a ver departamentos, llorar en la Plaza San Martín porque todos eran horribles y buscar cada mañana en las páginas de alquileres. Saber que te tenés que ir de donde estás, caer en la cuenta de que tu casa no es en realidad tu casa te desacomoda todo. Mario Levrero dijo en La palabra muda: “Uno es uno mismo pero también es su entorno; el sí mismo se prolonga y se proyecta en el entorno, y un desajuste de este último desajusta todo el psiquismo». La idea de que una sea también su entorno físico me parece hermosa y permite entender por qué el hecho de tener que irse a la fuerza de un lugar que sentimos propio nos deja en un estado de total vulnerabilidad.

Y sí, mi psiquismo se desajustó y, además, como siempre digo que sucede, cuando se tiene un tema o una palabra en la cabeza, no se para de ver ese asunto o de escuchar esa palabra en todos lados, todo el tiempo. Vi en las redes que de un día para el otro todos se tenían que mudar, todos buscaban phs o departamentos con luz. Y justo en esos días, me llegó un video de Ofelia Fernández hablando en la Legislatura sobre la crisis habitacional en la Ciudad de Buenos Aires. Los alquileres te comen el sueldo, hay dueños que dolarizan los precios, el gobierno de la Ciudad siempre del lado de las inmobiliarias. También escuché mínimo cinco veces ese tipo de conversación donde una persona le dice a la otra que están viendo qué hacer con la casa de sus abuelos ya que es enorme y tiene muchas habitaciones vacías. Que nadie la alquila, que nadie la compra. Y mientras tanto la gente se mata buscando un mono-ambiente donde entre algo de luz o que por lo menos tenga una ventana. Mi rencor subió de manera exponencial este último tiempo.

Desmontar una casa es agobiante. Embalar, tirar, elegir, romper, proteger. A veces me quedaba parada en medio de todo el caos sin saber qué hacer. Entonces iba a la ventana a fumar. Tiré muchas cartas viejas. Tarjetas con dedicaciones de gente que ya no veo ni amo más. Esta mudanza tiene cartas nuevas, que hoy me parece inconcebible tirarlas. ¿En la próxima mudanza las voy a tirar? ¿Voy a seguir amando a esta gente? ¿Llegarán si quiera a la próxima mudanza? Evidentemente hace unos años las cartas que tiré hace unos días eran importantísimas. Ahora, al leerlas, no sentí nada.

Los libros me dieron mucho en qué pensar. Qué paradoja la biblioteca. ¿Por qué una guarda tantos libros que ya leyó? Mi hermana los ató con un hilo grueso de plástico e hicimos especies de valijitas de libros que viajaron en el flete. Algunas no estaban bien y el día de la mudanza el hilo se cortaba antes de llegar al ascensor. Libros desparramados por todo el hall del edificio, esa fue mi presentación con los vecinos.

El 27 de mayo fue la mudanza y el 27 de mayo me llegó el newsletter que recibo todos los sábados de Imanol Subiela Salvo, Vueltas en la cama. Me hizo bien leerla porque estaba pensando en cómo y dónde iba a poner mis libros e Imanol escribió justamente sobre su biblioteca y que a veces le gusta reacomodarla, reorganizarla. Citó a muchos autores y amigas y escritores y escritoras hablando sobre las bibliotecas. Cita a Bolaño, a Mercedes Halfon, y dice:

“Siempre trato de hacer lugar cuando reorganizo la biblioteca, vaciar un poco los estantes. Guardar los libros más viejos, los que no voy a consultar o los que ya no voy a volver a releer. Pero en el fondo sé que hago eso no por una cuestión de orden, sino para dejar espacio para otros libros, para que pueda entrar algo nuevo. Una forma extraña de hacer espacio para lo que vendrá.”

Cuando una se muda también intenta dejar espacio nuevo para lo que vendrá. Donar ropa, regalar adornos, tirar repasadores viejos. Y después están esos objetos inservibles que una sigue llevando de casa en casa, de caja en caja, que al final nunca usa, pero que tampoco se anima a tirar. Frascos de vidrio, tornillos oxidados, la botella de un whisky caro ya vacía.

Ahora con la casa nueva nos estamos conociendo y a veces me siento muy cómoda y otras veces un poco ajena. Ayer llegó una carta del Banco Nación a nombre de la inquilina anterior y no sé por qué me sentí como una intrusa en un lugar que aún no le pertenece.

En la facultad un profesor leyó el otro día un poema de Fabio Morábito, un escritor nacido en Egipto, que vivió en Italia, pero hace años vive en México. Él se considera mexicano. Morábito debe ser un especialista en mudanzas, en sentirse extranjero. Busqué su nombre después y estuve leyendo alguno de sus poemas. Me crucé con este: 

Mudanza

A fuerza de mudarme
he aprendido a no pegar
los muebles a los muros,
a no clavar muy hondo,
a atornillar sólo lo justo.
He aprendido a respetar las huellas
de los viejos inquilinos:
un clavo, una moldura,
una pequeña ménsula,
que dejo en su lugar
aunque me estorben.
Algunas manchas las heredo
sin limpiarlas,
entro en la nueva casa
tratando de entender,
es más,
viendo por dónde habré de irme.
Dejo que la mudanza
se disuelva como una fiebre,
como una costra que se cae,
no quiero hacer ruido.
Porque los inquilinos
nunca mueren.
Cuando nos vamos,
cuando dejamos otra vez
los muros como los tuvimos,
siempre queda algún clavo de ellos
en un rincón
o un estropicio
que no supimos resolver.

Me gusta la idea de la mudanza como una fiebre que hay que dejar disolver, como una costra que hay que dejar caer a su tiempo. Quizás por eso todavía sigue puesto el barral oxidado de la inquilina anterior. 

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