PJ modelo 2010

La épica binaria (gobierno-corporaciones, izquierda-derecha, progresismo-neoliberalismo) ha demostrado conmover muy poco al grueso social. Una agenda con las preocupaciones más urgentes (inseguridad, empleo, poder adquisitivo e inflación, calidad de los servicios públicos, entre otras) aparece como un camino posible para un justicialismo que no cuenta con un candidato ganador para 2011.

Entre las gramáticas más áridas del pensamiento peronista está aquella que señala las defecciones de los dirigentes políticos en la adecuada comprensión de las pulsiones populares como factor neurálgico de las crisis de poder del movimiento nacional. Anudada a ella, otra grafía yerma esculpe sobre el tiempo político y dice que el fracaso o el éxito de una conducción política alcanzan para valorarla. Fueron estas profundas autoexigencias para examinar el propio accionar político las que le permitieron al peronismo reorganizarse y recuperarse con eficacia ante derrotas electorales, represiones y persecuciones en cada etapa histórica, frente a la parálisis y petrificación que signó a la gestualidad partidocrática del no peronismo.

La actual coyuntura de un peronismo gobernante desgastado y con dos años de gestión por delante nos obliga a pasar por el tamiz analítico tanto los condicionamientos externos como los errores propios que han llevado a un estrechamiento de las posibilidades peronistas para 2011. La cultura del lloriqueo está arraigada en las izquierdas culturales y políticas pero no en el peronismo, que tiene responsabilidades de gestión y representación popular más urgentes.

El kirchnerismo y la pérdida del aura

La elección del 28J vino a certificar la realidad de que el kirchnerismo ha perdido el consenso popular que ostentaba desde 2003. Consenso visto no tanto como estricta suma cuantitativa de votos, sino como aura etérea que un gobierno tiene para ejercer libremente su hegemonía (como Lula en Brasil después de dos mandatos) sobre bases mayoritarias de acuerdo popular tácito. Ese quiebre entre el gobierno y amplios sectores sociales se verifican en el conflicto con el campo (conflicto de aristas complejas, pero que indudablemente tocó la fibra íntima de sectores rurales medios que hasta allí habían integrado el consenso kirchnerista) y en una performance electoral que agregó una disminución de consenso en los sectores más pobres. Esta merma obedece más a fallas en la conducción política que a los resultados concretos de la gestión de gobierno. Sin embargo, esta pérdida de consenso oficialista no se complementa con la aparición de un consenso opositor de reemplazo, porque el voto popular no se ha expresado tampoco en este sentido.

El peronismo ha comprendido esta singular coyuntura diferencial entre acción política y acción de gobierno (no son lo mismo, ni igualmente valoradas por el pueblo, pero deben articularse bien para sostener una hegemonía), y lo que campea en el subterráneo militante peronista es un disconformismo con la forma de conducción política kirchnerista, pero un apoyo de los resultados positivos de la gestión gubernamental. Son estos los momentos donde se verifica la incidencia nociva que están teniendo los efectos no deseados del condimento progresista del kirchnerismo sobre los factores de poder real del peronismo en los cuales el gobierno está apoyado. Para intentar resolver esta peligrosa contradicción se debería avanzar en una agenda que contemple las preocupaciones más urgentes de la sociedad hoy (inseguridad, empleo, poder adquisitivo e inflación, calidad de los servicios públicos, servicios sociales y de salud) junto con un relato que atenúe la impronta épica binaria (gobierno-corporaciones, izquierda-derecha, progresismo-neoliberalismo) que ha demostrado conmover muy poco al grueso social. La ley de medios y una eventual nueva ley de entidades financieras son positivas y necesarias, pero no impactan en la vida diaria popular, ni definen las apetencias en el cuarto oscuro.

Kirchner, Duhalde, el candidato ganador y la manta corta

La disputa de poder hacia el interior del peronismo tendrá varios capítulos, ninguno de ellos definitivo. 2010 será el año de las estentóreas autopostulaciones para conducir al peronismo, muchas de ellas serán efímeramente mediáticas, todas ellas buscarán diferenciarse de Kirchner en las palabras, pero en los hechos habrá que ver. Una pregunta que poco se hace es cuán diferente sería del actual modelo ecónomico kirchnerista un eventual gobierno de Gioja, Urtubey, Das Neves o Capitanich (o del propio Reutemann). Nadie querrá (desde el peronismo), una vez sentado en el sillón de Rivadavia, pagar el costo social de un cambio de rumbo regresivo que promueva la conflictividad popular. ¿Alguien se animará a cerrar las paritarias, a no convocar al Consejo del Salario, a suprimir la asignación universal por hijo o a reprivatizar AySA, y pensar que no pagará ningún costo político?

Pero la recuperación de consenso no sólo es un problema de Kirchner, sino del peronismo, que hasta el momento no cuenta con un candidato ganador para 2011. En la crucial disputa del peronismo bonaerense aparecen Duhalde y Kirchner como los aglutinantes de los dispositivos militantes, pero no del pueblo. Es un dato inexorable de la realidad que hoy ninguno de los dos “candidatos” gana el ballottage de 2011 ante un candidato no peronista (Cobos, Binner).

Entre un Kirchner con consenso partidario y capacidad de garantizar gobernabilidad estable pero sin mayoría popular, y un Duhalde que impulsa un productivismo frondizista con contención social que no entusiasma ni a la militancia ni a la ciudadanía, se debate “la manta corta” que sufre el movimiento peronista, y que de no resolverse en estos dos años podría consumar una derrota electoral del peronismo en las presidenciales de 2011. Algo impensado, digámoslo, cuando Cristina asumía la presidencia en el 2007.

Moyano, Graciela Camaño y la actualización doctrinaria

La Declaración de Mar del Plata de la CGT es el texto que pone en el tapete el eje de las discusiones que el peronismo debe afrontar a mediano y largo plazo, inclusive con prescindencia del resultado de 2011. Se impone una reorganización del movimiento nacional (reordenar las relaciones entre sindicalismo, partido y movimientos sociales) que se reencuentre con una idiosincrasia militante que refleje más fielmente lo político popular en nuestros días. No es casual, entonces, que sea el sindicalismo peronista el que postule la urgencia de formación de cuadros (una manifiesta debilidad actual del peronismo), la galvanización de la organización territorial y la necesidad de que el dirigente “baje al fango” y escuche a la militancia.

El planteo de Moyano de “recuperar al peronismo del que se adueñaron los políticos, porque nadie más que los trabajadores interpretan al peronismo” ha pasado llamativamente inadvertido, pero es medular porque reinstala una vieja tensión de representaciones que se remonta al parto del Partido Peronista en 1945 (laboristas-renovadores) y que luego de la Renovación de los ´80 se resolvió a favor de los políticos (Cafiero, Menem, Duhalde, Kirchner, los gobernadores) que tomaron el control del movimiento, marginando la participación trabajadora en los estamentos partidarios, e imponiendo formas de conducción rígidas e irritantes, y que en muchos casos contribuyeron a tapar los poros de la respiración movimientista que reclamaban las bases. Todo ello debilitó en la práctica la capacidad representativa del peronismo. Pero ahora la CGT tiene la intención de rediscutir los espacios de poder, y eso marcaría gran parte del futuro del peronismo.

La decisión de la diputada Graciela Camaño de abandonar el bloque oficialista (para el que operó la sanción de leyes claves para la gobernabilidad) pero no sumarse al bloque peronista disidente es la exacta condensación del sentir de muchos sectores militantes peronistas que se hallan expectantes en la coyuntura, pero que no van a ir corriendo detrás de cualquiera que se diga “candidato peronista”. Que su bloque se llame “Peronismo sin Patrones” refiere a una cosmovisión política que se entronca con lo expresado por el documento cegetista cuando propone “la Unidad detrás de un proyecto y no de candidatos.” Además de readecuar la composición orgánica del movimiento, se reclaman liderazgos flexibles que conduzcan “el desorden organizado”, y no tanto patrones de estancia o comisarios políticos.

No es casual tampoco que sean Moyano y Camaño, oriundos del albañal peronista (la “negrada” del partido) los que avizoren con mayor lucidez el horizonte. Volvemos con ello al imperativo de una conjunción entre dirigente, militante y sentir popular bajo clave menos política que idiosincrática que el peronismo reclama para esta etapa.

Sindicatos, Movimientos Sociales y Clase Media

Está claro que el sindicalismo no puede ostentar la representación completa del movimiento. Más aún cuando entre los errores claves del pasado reciente del peronismo sindical más ortodoxo está el no haberse dedicado a formular la protección social de la marea de desocupados que dejó el noventismo. Hoy la mayor parte de la población trabajadora no está sindicalizada, y si el sindicalismo quiere ganar protagonismo político, debe extenderse a una masa dominante deslaboralizada que hasta el momento sólo fue contenida precariamente por las redes municipales del Estado peronista marginal (manzaneras), los movimientos sociales y piqueteros, y la iglesia.

El reconocimiento de esos errores por parte del sindicalismo peronista se verifica en la actual confluencia con los movimientos sociales que promueve Moyano. Por su parte, los movimientos sociales afines al peronismo deben definir su rol, y darse una orgánica político-partidaria para pensar en el poder y no tanto en los subsidios; la pelea se dará dentro del dispositivo peronista, y la reforma política reafirma la decisión de cancelar los kioscos y el aventurerismo político.

La experiencia kirchnerista deja constancia de los límites evidenciados por una “seducción progresista” a la clase media, que tropieza con las necesidades de un proyecto nacional. El 2003 está lejos, y la fórmula albertista está agotada. Pero no es imposible interpelar a los sectores medios desde el peronismo, (como quiso Perón en el ´73) si se atenúa el clasismo y la confrontación binaria, que no siempre es necesaria ni oportuna, y menos cuando carcome poder. La formación de cuadros no debería descuidar este aspecto, porque la clase media también es parte de un proyecto nacional.

No hay que perder de vista que la inserción sindical y juvenil en la composición futura del peronismo se debe al Orden kirchnerista existente: el fortalecimiento sindical y la incorporación de jóvenes al peronismo se producen con Kirchner. No es un dato menor, y todos los sectores del peronismo lo saben: el peronismo kirchnerista ha generado las condiciones para las discusiones de fondo que necesita el movimiento, aunque el presente inmediato aparezca lleno de claroscuros. La puja por la composición social del peronismo (“camperas o corbatas”, dicho de manera muy simplificada) está en la base de su reorganización, y no tanto en el clivaje estrictamente ideológico “peronismo conservador-peronismo progresista”.

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