Petróleo, Estado y Soberanía: hacia la empresa multiestatal latinoamericana de hidrocarburos

Por Federico Bernal (especialista en petróleo y bisnieto del ingeniero Hermitte), es autor del texto que sigue, y que Causa Popular incorpora a su contenido como un aporte a la historia de nuestra soberanía. A través del mismo van apareciendo los protagonistas de la historia de Yacimientos Petrolíferos Fiscales (YPF) y la influencia que esa decisión tuvo en toda América Latina, incluyendo la creación de las empresas estatales de Bolivia (YPFB), Brasil (PETROBRAS) y México (PEMEX).

El monopolio estatal, Yacimientos Petrolíferos Fiscales (YPF) fue fundado por decreto del presidente Yrigoyen, el 3 de julio de 1922. YPF venía así a proseguir la labor iniciada por la División de Minas, la cual ya había cumplido su cometido de prospección, exploración e industrialización del petróleo nacional.

YPF, nació de una doble inspiración: la del gobierno nacionalista popular y la del sector militar que profesaba el nacionalismo económico. Sin embargo, sutilmente se sumaría una tercera: el interés británico por detener el avance de la Standard Oil.

Escribía Scalabrini Ortiz: «la iniciación de la política defensiva que en materia de petróleo adoptó la República Argentina fue una maniobra de Inglaterra para detener sin acción directa la intromisión arrolladora de la Standard Oil». Esta convergencia entre gobierno nacional y Fuerzas Armadas que profesaban la autodeterminación económica y política, conjuntamente con el imperio británico, no era la primera en la historia argentina ni latinoamericana.

La diferencia con épocas pasadas radicaba en los sectores sociales y políticos con los que Inglaterra se relacionaba para favorecer sus propios intereses: durante las campañas independentistas y en numerosas oportunidades, San Martín y Bolívar se sirvieron de la colaboración inglesa. Despuntado el siglo XX, la Argentina sanmartiniana yacía dominada a los pies del león.

La clase social vinculada al imperio había trocado; la oligarquía agroexportadora tomaba la posta como único nexo con la Albión, sepultando cualquier iniciativa de independencia política e industrialización.

Pero como a este sector socioeconómico le da igual adueñarse del poder mientras pueda viajar a París, incrementar sus gastos suntuarios y pasearse de levita y bastón por la recoleta, la política y la estructura económica quedarían en manos de Gran Bretaña.

La Dirección General de Explotación de Petróleo primero, fundada en 1910, e YPF después, actuarían como punta de lanza de Londres contra el avance petrolero norteamericano en el país.

El primer presidente de la Dirección General fundada en 1910, ingeniero Luis A. Huergo, mostraba tanta animosidad contra la Standard como admiración por los capitalistas ingleses. Decía: «Los actos de la compañía Standard Oil son juzgados en todas partes como actos de piratas, usurarios, despiadados […]», y agregaba de una compañía inglesa: «Esta firma de particulares, caballeros ingleses, es realmente un socio activo del gobierno del país».

Ahora bien, es justa la siguiente aclaración: durante las dos presidencias de Yrigoyen en 1916 y 1928, la Dirección de Minas primero, e YPF después asumirían, para sorpresa de Inglaterra, características totalmente diferentes a las pretendidas. Bajo la dirección de Mosconi, YPF se transforma en factor de resistencia argentina ante el imperialismo mundial.

Al respecto, Rodolfo Puiggrós explica que: «Yrigoyen quiso así sustraer el petróleo argentino a la lucha antiimperialista y reservarlo para la Nación. Gran Bretaña y Estados Unidos han tenido a partir de entonces distinta actitud frente a YPF, derivada de las diferencias en los términos del intercambio […] Con prescindencia de otros renglones de artículos y bienes de capital importados e importables, el comercio de la Argentina con Gran Bretaña y los Estados Unidos se traducía en dos ecuaciones:
Carnes y cereales argentinos = combustibles ingleses (carbón galés importado por Inglaterra)
Petróleo argentino = mercaderías y bienes de capital norteamericanos.

«La contradicción anglo-norteamericana se reflejaba sobre YPF de esta manera: los Estados Unidos se oponían a la nacionalización y movían los hilos diplomáticos y políticos para lograr la entrega de los yacimientos y reservas a empresas privadas, mientras que Gran Bretaña no tenía más remedio que tolerar a YPF como valla de contención de la Standard Oil, pero saboteando a su progreso con el objeto de evitar que conquistara el autoabastecimiento nacional. Los norteamericanos querían, en resumidas cuentas, que YPF desapareciera y los ingleses preferían que fuera el guardián de las reservas petrolíferas argentinas sin explotarlas o con una explotación que dejara ancho margen para los importaciones».

Ya desde 1911, encarnada con inusitada resolución por el presidente Roque Sáenz Peña, la cuestión del autoabastecimiento golpeaba las puertas del congreso.
En su mensaje al Congreso de 1911, decía: «El beneficio que para el país representa en cifras, la sustitución del combustible extranjero importado (carbón) por el combustible nacional (petróleo) está representado por lo que actualmente desembolsa el país para proveerse del primero.»

Si la Argentina lograba el autoabastecimiento, por su propio esfuerzo o por intermedio de compañías extranjeras explotadoras, el comercio con Gran Bretaña resultaría desequilibrado. El mecanismo para evitarlo se basó en la presión de los agroimportadores que impidió desaparezca de la nómina de nuestras compras al extranjero un rubro que cubría mayoritariamente el pago de nuestras exportaciones de carnes y cereales.

Con la YPF yrigoyenista, saldrían perjudicados ingleses y argentinos -sectores agrícolaganaderos de la pampa húmeda- por igual. Gran Bretaña estaría obligada a buscar otra forma de financiar sus compras de cereales y carnes, o bien disminuirlas. Obviamente, y pacto de Roca-Runciman mediante, las amenazas serían revertidas.

La extensión al petróleo del sistema monopólico mixto (impuesto por el Pacto Roca), es decir, el ingreso de empresas inglesas a una sociedad con YPF habría mantenido o agravado el déficit de la producción petrolera nacional, pues ese déficit provenía, no de la falta de yacimientos o de la incapacidad de YPF para explotarlos, sino de que Gran Bretaña no estaba dispuesta a renunciar a la cuota de importación de combustible (carbón, petróleo) con que financiaba las compras de carnes y cereales.

Al respecto razonaba magistralmente Puiggrós: «en apariencia, adquiríamos petróleo extranjero, porque el nacional no alcanzaba a satisfacer la demanda del mercado interno; en realidad, producimos menos de lo necesario, porque para conservar la ecuación agroimportadora Gran Bretaña nos vendía la diferencia. El «monopolio mixto», al que se sentía inclinado Mosconi en tiempos del Pacto Roca, equivalía a otorgar al imperialismo británico un control más directo y absoluto del que tenía sobre la explotación y el comercio de combustibles en el país.»

En pocas palabras, el monopolio inglés nunca fue partidario de la nacionalización integral ni de la libre empresa integral en la zona del Cono Sur que le correspondió según el acuerdo de Achnacarry. Sabía que de concretarse la primera opción quedaría erradicado del mercado interno argentino, mientras que con la segunda alternativa nuestros yacimientos caerían en poder del monopolio norteamericano. Prefería la sociedad mixta angloargentina, que en 1916 propuso a Hipólito Yrigoyen sin ningún éxito. El Régimen Jurídico del Petróleo sería concebido con el espíritu del Pacto Roca y formaría parte, en consecuencia, del plan inglés para someter a YPF.

El ejemplo de YPF también influyó poderosamente en Bolivia. En 1936, luego de la guerra del Chaco, se creó Yacimiento Petrolíferos Fiscales Bolivianos (YPFB), una corporación de propiedad estatal organizada sobre el modelo de la ya famosa empresa estatal argentina. El primer presidente de YPFB, Dionisio Froianini, alabó «los éxitos brillantes de YPF argentinos » que son » una nota altamente honrosa no sólo para la Nación Argentina sino para América Latina toda”.

Tres meses después, el presidente Toro decretó la expropiación de la Standard Oil Company of Bolivia, alegando que había violado los términos de su concesión. La confraternidad petrolera alentaba decisiones políticas de peso contra las compañías extranjeras.
En Brasil, donde la empresa estatal se constituiría recién en 1938, durante el gobierno de Getulio Vargas, la ideología de Mosconi y el modelo de YPF brindaron una inestimable y vigorosa colaboración.

El 14 de julio de 1938, la Academia de Ciencias y Arte de Río de Janeiro reconoció la labor de Mosconi otorgándole su medalla de oro. Al año siguiente el general Horta, primer presidente del Conselho Nacional de Petróleo (CNP), se entrevistó con Mosconi, quien una vez más subrayó lo esencial de las refinerías estatales para permitirle al CNP fijar los precios en el mercado brasileño.

En un debate en el Club Militar de Río, en 1947, Horta sostuvo que las experiencias argentina y mexicana probaban que los monopolios petroleros estatales beneficiaban a toda la economía nacional, mientras que los monopolios privados, encadenaban a los países al imperialismo.

Petrobrás surgiría recién en 1953, durante el segundo gobierno de Vargas.

Por último, la influencia del argentino desembarcó en México. La idea de una empresa estatal mexicana de petróleo fue consolidándose durante fines de la década del veinte y toda la del 30. Culmina en los famosos decretos de expropiación del 18 de marzo de 1938, con los que el presidente Lázaro Cárdenas ordenó la inmediata nacionalización de toda la industria petrolera mexicana. Diez años atrás, había asistido al famoso discurso brindado por Mosconi en la Universidad Nacional.

Con mucho de YPF nacía PEMEX, la empresa petrolera estatal mexicana.

Los lazos entre Petróleos Mexicanos e YPF se remontan a la década del veinte y tienen como protagonista ilustre al entonces Director General de YPF.

Relata Mosconi en su libro “El Petróleo Argentino”, que para el año 1927 recibió una carta del ministro argentino en México, Dr. Eduardo Labougle en la que paralelamente al anuncio del envío de sendas publicaciones petroleras de aquel país, se le informaba de una interesante conversación que había sostenido con el entonces presidente de la República, Gral. Plutarco Elías Calles.

Cuenta Labougle que el presidente le manifestó el interés por invitar -en carácter extraoficial- a un especialista en legislación petrolera y a un técnico o ingeniero en petróleo. Mosconi aceptó la propuesta del presidente; fue él mismo quien se colocó a disposición del primer mandatario mexicano, con la intención de concretar una visita de «observación y estudios, obteniendo una cooperación recíproca que diera recíprocos beneficios». El presidente de la República, doctor Alvear, autorizó la realización del viaje.

El Director de YPF llegó a México en la noche del 30 de enero de 1928. Dos días después sería recibido por el presidente en el castillo de Chapultepec.

Pero el hecho más trascendente -para argentinos y mexicanos por igual, lo mismo que para el insigne visitante-, fue sin dudas su discurso en el paraninfo de la Universidad de México, a principios de febrero del mismo año. En su libro citado, Mosconi refiere que el ingeniero petrolero Paredes, a cargo del «Boletín del Petróleo» de la Secretaría de Industrias, le transmitió al final de su visita que dicha publicación reproduciría su conferencia en la Universidad.

El interés mexicano por el desenvolvimiento petrolero argentino superaría las expectativas de Mosconi.
Dadas su vigencia e importancia transcribimos a continuación algunos párrafos de dicha conferencia. Ante la muchedumbre, Enrique Mosconi señaló:

«[…] Observamos que en torno del petróleo se han entablado las más tenaces luchas económicas y armadas, y presenciamos a diario, como métodos de posesión, de acaparamiento y de dominio, torrentes de oro destinados a obtener la complacencia, la infidelidad, el soborno y la alta traición de los encargados de custodiarlo.
«[…] Méjico siente en carne propia las consecuencias de esta prolongada tragedia y necesita, para terminarla, poner en juego todo el valor, toda la integridad, todo el carácter y toda la inteligencia de sus hijos.

«En la República Argentina se advierten las primeras manifestaciones de la campaña mundial en torno al petróleo, si bien entre nosotros la situación es distinta a la de Méjico, en razón de ser diferentes los factores que constituyen el problema. Pero el petróleo argentino […] nos plantea el problema urgente de administrarlo y conservarlo libre de toda tendencia que no sea absolutamente nacionalista, pues para la economía de nuestro país, que por el momento no posee carbón explotable, […] el petróleo adquiere una importancia capital .

«[…] En este nuevo derrotero, el petróleo tiene una importancia fundamental e irremplazable, y el crecimiento y progreso de la Nación, será tanto más grande cuanto más firme mantenga ésta en sus manos el control de sus yacimientos petrolíferos, es decir, cuanto más sometidos a su fiscalización efectiva estén los grandes sindicatos o trusts que explotan en el país al combustible líquido, pues si esa fiscalización fuera difícil o imposible de efectuar, más conveniente sería para la tranquilidad económica y política del país renunciar a la cooperación del capital extranjero.

«[…] Señores: Con el sentimiento de confraternidad americana que me anima, con el afecto que profeso a este hermoso país, con la admiración que me produce la firmeza de carácter y la ruda lucha que deben sostener sus hombres de gobierno para conducir al pueblo desde los difíciles momentos actuales al grande y brillante porvenir que le corresponde. […] Entonces, sonarán las dianas de nuestros clarines, porque el progreso, la ventura de Méjico y el respeto a su vigorosa nacionalidad es un deseo del pueblo argentino”.

Mientras Mosconi difundía la tesis de la nacionalización y monopolización del petróleo en América latina, primer gran antecedente de integración en esta materia, en la Argentina y durante el segundo gobierno yrigoyenista, la explotación exclusiva por el Estado era defendida por la gran mayoría de los legisladores personalistas (yrigoyenistas), enfrentando la postura antinacional de los antipersonalistas y los conservadores.

Estos últimos planteaban la formación de compañías mixtas de YPF con trusts extranjeros. Por suerte, triunfó la tesis yrigoyenista con el respaldo de la tendencia nacionalista e industrialista del ejército, capitaneadas por los generales Enrique Mosconi y Alonso Baldrich. En la ley de nacionalización del petróleo aprobada tuvo influencia el memorial que el general Baldrich dio a publicidad con los siguientes puntos:

• Nacionalización de todo el combustible.

• Monopolio estatal de la explotación

• Control estatal de la exploración.

• Monopolio estatal del transporte del combustible.

• Autonomía de YPF.

• Prohibición de transferir las concesiones.

Semejante obra de nacionalismo económico no podía ni debía ser aceptada. El contubernio (oposición a Yrigoyen conformada por conservadores, antipersonalistas, comunistas y socialistas independientes) acrecentaba su poder en el parlamento y en el ejército con la ayuda invisible del herido capital extranjero.

El viejo caudillo, el primer presidente elegido por el mandato popular, concitaba el odio del imperialismo. Había reducido de 132 mil a 35 mil hectáreas las tierras en poder de las empresas petroleras; implantado la explotación estatal en Salta, es decir, centralizada por el gobierno nacional; impedido que las fuentes hidroeléctricas en Córdoba se traspasaran a un sindicato norteamericano; hecho aprobar por la Cámara de Diputados un proyecto de régimen legal del petróleo (rechazado por el Senado y declarado inconstitucional por la Suprema Corte de Justicia) y negado a las empresas de tranvías de la Capital Federal y del puerto de Rosario sus pretensiones en materia de tarifas y fletes.

Un proyecto de convenio con la Unión Soviética rebasó la medida de la tolerancia de los monopolios anglo-norteamericanos. Por primera vez, la Argentina hacía una negociación de esa índole de Estado a Estado. La empresa soviética Iuyamtorg, instalada en Buenos Aires, se comprometía a entregar 250 mil toneladas de petróleo, a cambio de cueros, lana, extracto de quebracho, ovejas y caseína. En cuanto a la nafta, se fijaba su precio a 10 centavos por litro, lo que suponía una rebaja en el mercado interno.

Hacia 1930 la doctrina nacional petrolera quedaba perfectamente estipulada con hechos y palabras. El monopolio estatal en todas las etapas: exploración, extracción, transporte, destilación y comercialización; el rechazo a la empresa mixta y nacionalización de todas las etapas de la industria petrolera, golpeaban con furor las puertas de la Cámara alta.

De esta manera, la ley de nacionalización del petróleo -que no pudo ser concretada producto de la oposición en el Senado-, fue quizás la gota que rebalsó el vaso, propiciando, entre otras muchas causas, el golpe militar de septiembre.

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