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Peronismo 2026: cómo salir de la triple crisis

Proscripción, derrotas y disputa por el liderazgo confluyen en el momento más delicado del peronismo desde 1983. Por Demian Verduga

El peronismo vive un momento de gran complejidad. Por supuesto que en sus ocho décadas de existencia ha sufrido persecución, proscripción, bombardeos y giros ideológicos impensados, como ocurrió con otros partidos populares de América Latina.

La complejidad actual se explica por la combinación de tres elementos que confluyen. Uno: la proscripción y encarcelamiento de Cristina Fernández, la figura más relevante después de la muerte de Juan Perón. Dos: una seguidilla de derrotas electorales que por momentos consolida la idea de que el peronismo ya no es la mitad más uno de la Argentina. Tres: un debate intenso por la sucesión.

Es como si se hubieran juntado en simultáneo la persecución posterior al golpe de 1955, las derrotas en las urnas de 1983 y 1985 y la crisis de liderazgo de 1999.

Estos factores agrupados producen un estado asambleario permanente. El análisis de la situación implica caminar por un terreno espinoso en el que resulta casi imposible no cuestionar —y al mismo tiempo comprender— la posición de todos los protagonistas.

La persecución

El encarcelamiento y la proscripción de Cristina fueron la consumación de una venganza y de una lección histórica que distintos sectores de la Argentina conservadora se propusieron. Detrás de ese objetivo estuvieron grandes grupos empresarios locales y extranjeros, como Clarín. Hubo sectores del poder político estadounidense que ven en Cristina un liderazgo que apostó a construir una política exterior más autónoma y con buenas relaciones con China y Rusia. Hubo defensores de la última dictadura que buscan su revancha porque el kirchnerismo retomó el camino que había inaugurado Raúl Alfonsín con el Juicio a las Juntas.

La cúpula del Poder Judicial Federal responde a estos grupos que quieren que CFK esté presa hasta el final de su vida, despojada de sus derechos políticos y de sus bienes. Un castigo ejemplificador dirigido a la dirigencia política.

Este es uno de los trasfondos que complejiza toda la situación. Aquí se cuela una posible crítica a la posición del gobernador bonaerense Axel Kicillof cuando CFK decidió candidatearse a la presidencia del PJ nacional, en octubre de 2024. Kicillof no la respaldó y eso resquebrajó la relación política.

El gobernador bonaerense había asumido el compromiso de acompañar para ese cargo a su par riojano, Ricardo Quintela, que se había postulado meses antes. En el axelismo imperó la lectura de que Cristina quería presidir el PJ nacional para condicionar a Kicillof y tener poder de veto sobre una posible candidatura presidencial. Es posible que tuvieran razón, pero no era lo único que ocurría. Poner a Cristina en la conducción del partido era una respuesta política del conjunto del peronismo a la persecución que sufre la expresidenta. Esa otra cara de la situación no fue tomada en cuenta y el axelismo asumió una posición que habilitó las acusaciones de traición, a pesar de que Kicillof remarca en casi todas sus apariciones públicas que CFK es una perseguida política.

Resolver la situación de Cristina debería ser un punto central en los objetivos del peronismo. Aceptarla como parte del paisaje es, en sí mismo, una derrota. El piso de convivencia democrática que la Argentina había consolidado en 1983 se sostenía en tres pilares: no matarse, no encarcelarse, no proscribirse. A partir del gobierno de Mauricio Macri ese piso se rompió y sobre Cristina llovieron las tres cosas: intentaron matarla, la encarcelaron y la proscribieron. Por eso no hay forma de reconstruir la convivencia democrática que no sea poniendo como primera condición la libertad de CFK y la recuperación de todos sus derechos políticos.

La sucesión

El otro punto crítico es el conflicto central de la política desde que existe la sociedad humana: la sucesión. Luego de la derrota de 2015 frente a Macri, el peronismo entró en estado asambleario y el liderazgo de CFK empezó a ser cuestionado. Ese debate tuvo una instancia de prueba en las elecciones intermedias de 2017. En la provincia de Buenos Aires Cristina se presentó para senadora nacional y perdió frente a Esteban Bullrich, pero sacó el 37% de los votos frente a las otras dos opciones peronistas: Sergio Massa, que cosechó poco más del 10%, y Florencio Randazzo, que sacó el 5%.

Ese examen de popularidad desembocó en la frase de Alberto Fernández: “Con Cristina no alcanza y sin ella no se puede”. Todo el proceso derivó en la conformación del Frente de Todos y la candidatura de Alberto. Luego vino un gobierno que tuvo que enfrentar una situación absolutamente excepcional como la pandemia y que, más allá de eso, no pudo cumplir las expectativas. Esa mayoría del 48% que había votado a Alberto en la primera vuelta de 2019 lo había hecho pensando en recuperar la calidad de vida que había tenido durante el ciclo kirchnerista. No ocurrió. El gobierno del FdT finalizó con la misma cantidad de pobres que había dejado Macri y con una inflación cercana al 200% anual.

Aquí aparece una cuestión muy compleja para el cristinismo. El esquema de poder que se había planteado —un presidente que funcione como una especie de delegado del líder histórico— también fracasó. No importa qué porción del fracaso pueda adjudicarse a este elemento. Seguramente el acuerdo con el FMI tuvo más impacto en los resultados del FdT que el mal funcionamiento político. Sin embargo, el esquema de poder es parte del paquete. Esto les brinda razones a sectores peronistas —como el axelismo, entre otros— que señalan que ese modelo no se puede repetir. Que no puede plantearse que el presidente tenga que ser un delegado de CFK, sino su sucesor. El tema produce urticaria en las filas cristinistas y expone un problema de fondo del peronismo: no contar con un sistema de sucesión aceptado por todos.

Algunos ejemplos de la región. En México, desde hace más de 100 años, no hay posibilidad de reelección del presidente por mandato constitucional. Andrés Manuel López Obrador fue uno de los presidentes más importantes de la historia de México. Terminó su mandato con un 70% de aprobación. Eran condiciones políticas ideales para impulsar alguna reforma que le permitiera la reelección. AMLO decidió apegarse a la tradición del PRI, de donde proviene. Impulsó como sucesora a Claudia Sheinbaum, que también lo había sucedido en la jefatura de la Ciudad de México. AMLO construyó esa sucesión y Sheinbaum ganó de manera aplastante las elecciones.

Andrés Manuel se mudó a su rancho, La Chingada, y está dedicado a escribir un libro sobre la historia de México. Seguramente hablará con la presidenta y dará opiniones, pero públicamente se retiró. Esto augura un posible nuevo triunfo de Morena, que entonces gobernaría México durante 18 años seguidos.

La contracara de México es lo ocurrido en Ecuador con el correísmo y en Bolivia con el MAS. Por supuesto que cada uno de estos procesos merecería un análisis extenso, pero tienen un punto en común: las batallas internas por no encontrar un camino para renovar los liderazgos han ido socavando la organización política y su apoyo popular. El caso boliviano es el más trágico de todos. Un movimiento político que parecía invencible ni siquiera logró ingresar al balotaje en las últimas elecciones.

En el cristinismo alguien dirá: “No te olvides del ejemplo de Lula”. Es cierto y tampoco puede descartarse. Pero por momentos la situación política del peronismo se parece más a la de los movimientos que no lograron reconstruir una mayoría porque no renovaron a tiempo sus liderazgos.

La sociedad

Como se dijo al inicio de esta nota, no hay forma de recorrer este tema sin transitar un camino espinoso en el que ningún sector queda libre de ser cuestionado y, al mismo tiempo, tiene una cuota de razón. La reconstrucción de una mayoría es el desafío principal, y el exceso de internismo no ayuda.

La última experiencia peronista (2019-2023) dejó una suma de sabores amargos difíciles de revertir. La pobreza quedó en los mismos niveles que había dejado Macri. La inflación desbordada impregnó la sensación de vacío de poder, algo que no le había ocurrido a ningún gobierno peronista desde 1983. El atributo de la gobernabilidad era reconocido por todos los sectores de la sociedad. Es una cuesta larga la que hay que recorrer, aunque es probable que en simultáneo ocurra lo que decía Juan Perón: “Yo no voy a hacer nada para volver. Harán todo mis enemigos”.

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