Perón es Planificación

A cincuenta años del fallecimiento de Juan Domingo Perón, una reivindicación del método del General: la planificación. Qué es y para qué sirve. Un buen momento para cambiar homenajes por argumentos. Por Eric Calcagno.

Si, Perón es Planificación. Así, en mayúsculas, porque el conductor que conduce sin planificar es como el general que adopta la estrategia del enemigo, porque no sabe reconocer a los propios de los ajenos, porque no conoce el terreno, porque no tiene objetivos tácticos que lo lleven a la victoria. Porque carece de vocación de poder nacional, que es la característica de Perón. La calidad de la planificación en los objetivos y en los instrumentos es el único peronómetro. Porque sin planificación no hay peronismo posible, ni peronismo que valga. ¡Sin planificación no hay nada! Esto significa que sin planificación primarán las fuerzas del cielo que son los monopolios privados, ya sean locales o internacionales, todo en nombre de la libertad de mercado.

No es que al mercado le falten lógicas, ni mecanismos provechosos para la producción de riqueza. Pero tomar un caso abstracto, como el equilibrio general que es alcanzado de manera espontánea cuando los actores privados quedan librados a sí mismos, y utilizar ese concepto como marco teórico concreto como principal ordenador social esconde un asunto más serio.

En efecto, la creencia en la autorregulación de los mercados proclamada con un fanatismo cercano a lo religioso es la cobertura utilizada para dejar el manejo político y económico nacional en manos de los grandes conglomerados privados, ya sean locales, internacionales o una mezcla de ambos. Al elevar la autorregulación como si fuera un artículo de fe, queda abolida cualquier discusión, y toda oposición es hereje. En esa perspectiva, el Estado es necesario como garante de los contratos entre privados, debe asegurar de manera cotidiana la socialización de las perdidas y la privatización de las ganancias, además de proveer la violencia necesaria para asegurar el orden interno. Desde “La Hora de los Pueblos” (1968), Perón nos recuerda que “estos defensores de la economía libre están navegando en el proceloso mar de la inconsciencia: la economía libre y el libre comercio son sólo afirmaciones para el consumo de los tontos y de los ignorantes. La economía nunca ha sido libre: o la controla el Estado en beneficio del Pueblo o lo hacen los grandes consorcios en perjuicio de éste”.

Vemos así que para el peronismo el Estado no es un fin en sí mismo, sino que es el único instrumento que los pueblos tienen para dirigir la economía hacia el bien común y no para que sirva la maximización de ganancias en el corto plazo. Por eso hacemos política, habida cuenta de que sólo accedemos al gobierno mediante elecciones. El mercado no tiene ese problema, porque a la política la compra hecha, como vimos en el reciente devenir de la llamada “Ley Bases”.

El ejercicio de la planificación es indispensable si tenemos vocación de poder para poder hacer. Es cierto, muchas veces es necesario contar con los recursos que sólo dispone el Estado para poder pensar el futuro, lo que puede ser difícil cuando estamos en la oposición. Pero la tradición de los “equipos técnicos” del justicialismo, encargados cada uno en un tema específico, permitía reunir a profesionales de diferentes áreas que pudieran esbozar las grandes líneas de acción en cada tema. También podía ser un semillero de futuros funcionarios para instrumentar lo planeado.

En el caso del peronismo, nuestra acción de gobierno 1945-1955 fue programada en los dos primeros planes quinquenales, desde el Estado y con todos los recursos disponibles. La filosofía de la planificación peronista estaba inspirada por la escuela de planificación francesa, cuya esencia es la cuantificación indicativa de los objetivos a cumplir, de manera flexible, y no la escuela soviética, done las metas eran taxativas e inflexibles. La planificación peronista tiene por características la necesidad de resolver la cuestión nacional, que es el problema de la dependencia, y la cuestión social, que es el problema de la pobreza. Como no suele ocurrir en los países centrales, que resolvieron hace tiempo el tema nacional, la originalidad de nuestra política reside en que debemos encarar ambos problemas a la vez. Por eso tomamos los instrumentos, para adoptarlos y adaptarlos a las necesidades que tenemos: lo nacional es lo universal visto desde acá.

Este tipo de planificación argentina tenía por objetivo reducir los márgenes de incertidumbre, y brindar a los diferentes actores económicos y sociales las grandes líneas de acción gubernamental. El plan es lo contrario del azar, y también significa tomar conciencia de los recursos y posibilidades nacionales por encima de la interesada ignorancia de la oligarquía, y de la letanía de la impotencia que nos repiten como agresión cotidiana los infinitos medios de manipulación masiva que maneja. “Los pueblos tristes no vencen”, decía Jauretche.

De allí la importancia del “Plan Trienal para la Reconstrucción y la Liberación nacional”, de 1973. Fue elaborado por el Gobierno popular, con José Ber Gelbard, Orlando D’Adamo y Carlos Leyba; con el Consejo Federal de Inversiones –que por entonces no era el reservorio de contratados que es hoy— y que conducido por Alberto González Arzac supo incorporar al plan los deseos de todas las provincias argentinas; así como la asistencia de la Comisión Económica de América Latina (CEPAL), coordinada por Alfredo Eric Calcagno, mi padre. Así comenzaba ese plan trienal:

“Este es un plan de reconstrucción
La argentina sufrid una de las peores formas de destrucción: el sojuzgamiento y el estancamiento. Ahora debe reconstruirse lo destruido. Ante todo, la fe en nosotros mismos, en nuestra propia capacidad para crear una nación socialmente justa, economicamente libre y politicamente soberana. Para ello debemos reconstruir nuestras instituciones y su capacidad de realizar grandes obras y profundas transformaciones. Y, paralelamente, consolidar la unidad nacional, en una sociedad dinamica cuyo ámbito no sea degradado por la explotación indiscriminada de nuestros recursos naturales.
Este es un plan de liberacion
Liberación de las necesidades básicas de los argentinos, cuya satisfaccion les será asegurada, cualquiera sea su actividad o el lugar en que vivan. Liberación de la arbitrariedad de los poderosos. Liberación de la coacción extranjera.
Este es un plan de esfuerzos
Cada argentino debe saber como será el país que contribuirá a construir y debe poder establecer una relación entre sus esfuerzos y las realizaciones. Todos deben tener la certeza de que trabajan por la felicidad del pueblo y la grandeza de la nación y no en beneficio de las minorias del privilegio.
Este es el plan del pueblo
Suyo es el pais reconstruido y liberado al que queremos llegar. En sus manos esta el poder de decisión para señalar el camino y recorrerlo. El plan solo es una guia para facilitar y ordenar la tarea y para alertar peligros. Hay que hacer irreversible la victoria del pueblo. Tal es el proposito del plan para la reconstruccion y la liberación nacional”.

Esa es la planificación nacional: la decisión política del presidente Juan Domingo Perón, el compromiso y el profesionalismo de ministros y asesores, la dimensión federal –sin la cual nada es posible— y el envío de un conjunto de leyes. No, no era una “ley ómnibus”. Eran una treintena de leyes que formaban el sustento parlamentario de la acción de gobierno, cada una con objetivos, fundamentos y los votos necesarios. El Plan Trienal era la expresión ejecutiva del Pacto Social, firmado hasta por la propia Sociedad Rural, con el que la Argentina de 1973-1974 frenó la inflación, recuperó el salario –que llego a representar la mitad del PBI— y disminuyó la desocupación por debajo del 4%. La planificación es posible cuando hay poder, y algo sabia del tema el general Perón. Hay que decir lo que se va a hacer, y hacerlo. Mejor que decir es realizar. Que así se ganan las elecciones. El Plan Trienal fue el último plan de batalla de Perón. A partir del primero de julio de 1974 todo descarrila.

Desde una visión más filosófica, el uso de la planificación es consustancial a Perón. Atento lector de Clausewitz a través de los análisis de Von der Golz, Perón conocía la importancia de prever todo lo previsible, lo que sabemos, sólo para estar preparado a lo imprevisible, lo que sucederá. El propio Clausewitz decía que los planes duraban hasta el primer tiro de la batalla, ya que después los acontecimientos adquieren el carácter caprichoso de la realidad misma. Por eso mismo la necesidad de saber qué hacer, cómo, cuándo, con qué fuerzas, de modo tal que los surcos del azar tengan el menor impacto posible. Un plan es la expresión de una voluntad, tanto en lo militar como en lo político. Es un ejercicio intelectual, donde la tecnología ayuda a cuantificar, y no donde la tecnología establece las prioridades como parece ahora, en una esclavitud voluntaria de la política actual que se rinde ante los instrumentos, y que hacen olvidar a los objetivos. Qué conveniente. Y qué poco peronista. O sea digamos.

“Las consecuencias están a la vista. El estado actual de la República, su descomposición manifiesta, su peligroso estado de decadencia, la triste realidad de su economía, la declinación de su soberanía y el sometimiento a los poderes foráneos son factores tan reales como angustiosos”. Repetimos esas frases del General escritas en 1968, aunque parecen de esta mañana.

No hay Perón sin plan, ni plan valido sin Perón, ni peronismo sin planificación. Lo siento, un plan es mucho laburo, es cierto, significa tomar en consideración las necesidades del Pueblo y de la Nación, implica hacerse enemigos poderosos e importantes (los mismos que enfrentó Perón), y arriesgarlo todo. Y todo en un segundo, que en ese instante decisivo cabe toda la historia de Argentina. Pero bueno, a veces el peronismo no es una cena de gala. Cada cual sabrá que hacer, y de qué manera recordar a nuestro Líder. Todavía muchos pensamos que a cincuenta años, está pendiente aquello de “la reconstrucción y la liberación nacional”. Por eso quedamos peronistas. ¿Qué esperamos?

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