Perón, el agente secreto

Rogelio García Lupo participó del mítico 17 de Octubre de 1945, cuando un peronismo nonato rompió en llanto, y lo narró. Seis décadas después aseguró que aquella jornada histórica fue, sobre todo, “resultado de una operación de inteligencia” cuyo autor era el propio Perón. Luego de escrutar durante mucho tiempo los 15 años anteriores a esa efeméride, lapso en el que Perón se desempeñó como agente de inteligencia del Ejército en Paraguay, Chile, Italia, Alemania y Francia, este maestro de periodistas publicó Ultimas Noticias de Perón y su tiempo (Vergara, Grupo Zeta). Posteriormente publicó por esa misma editorial Ultimas noticias de Fidel y el Che. Actualmente, está trabajando en un ensayo sobre periodismo de investigación.

—¿Cómo fue que se te ocurrió escribir un libro sobre un Perón, digamos 007?

—Hace mucho tiempo que venía persiguiendo las pistas más ocultas y secretas de Perón, con la idea de poder iluminarlo desde otro ángulo, lo que veo que también está interesándole ahora a otros historiadores. Tanto la Historia Oficial del peronismo como la hecha por sus enemigos, dejaron congelados una cantidad de temas que nunca más se movieron. El trabajo de Perón, su actividad antes del 17 de Octubre de 1945 como oficial de inteligencia del Ejército, han sido esquivados por ambos, que nunca explican por qué Perón aparece a partir del 6 de septiembre de 1930, en todas las grandes empresas en las que estuvo implicado el Estado Mayor General del Ejército. Desde ser el Jefe de Operaciones del golpe militar de (el general José “Von Pepe”) Uriburu en aquella fecha, pasando por su condición de enlace con el comando militar del Paraguay durante la Guerra del Chaco —una misión de enorme importancia—, su actividad como agregado militar en Chile y observador en Italia. No fue casual que Perón estuviera en Francia cuando los alemanes lanzaron su invasión. En fin, había una cantidad de historias que no me cerraban, y me puse a estudiarlas, en principio, para poder cerrarlas en mi propia cabeza. Y luego empecé a escribirlas, como fatalmente ocurre con quienes vivimos de escribir historias. Así nació este libro, que se ocupa del período de 15 años que va desde 1930 a 1945 y culmina con la que me fue la más grande operación de inteligencia militar de Perón: el 17 de Octubre.

—Vos participaste de aquella jornada memorable e incluso eras amigo de su único muerto, el joven Darwin Pasaponti, que como vos era militante de la Alianza Libertadora Nacionalista.

—Así es. Estuve ahí. Tuve la suerte de asistir al parto del peronismo.

—¿Cómo llegaste a la conclusión de que fue una operación de inteligencia militar? ¿No fue, acaso, la reacción casi espontánea de la clase obrera? ¿No fueron los trabajadores de la carne de Ensenada y Berisso los que primero ganaron la calle?

—No digo que haya sido sólo una operación de inteligencia, pero sí que fue, sobre todo, una gran operación de inteligencia militar. Jaqueado por los Estados Unidos a causa de su neutralidad o simpatía proalemana durante la guerra, el Estado Mayor del Ejército aceptó el proyecto de Perón: oponer a esa presión las masas movilizadas. Objetivo que se logró… lo que es una cosa extraordinaria… y la culminación de una carrera de agente de inteligencia de 15 años.

—Según coinciden sus biógrafos, a partir del 8 de octubre de 1945 (fecha en la que, según la Historia Oficial, cumplía años y en la que renunció a la vicepresidencia, el Ministerio de Guerra y la Secretaría de Trabajo y Previsión Social) y hasta el día 17, Perón estaba resignado al retiro, primero refugiado en una isla del Tigre y después bajo arresto.

—Sí, pero eso me parece secundario. Perón era un ser humano, y me imagino el stress que debía sufrir: él conocía toda la historia y la responsabilidad debía abrumarlo. En mi libro cito la correspondencia de Victoria Ocampo con el escritor francés Roger Caillois que era su amigo y amante. Caillois esta en París. Victoria Ocampo le escribe en agosto de 1945. Le dice que hay que insistir en llevar a Perón ante el Tribunal de Nuremberg. Y que quien la impulsaba en esta dirección era nada menos que el embajador de Francia, que era el decano del cuerpo diplomático. O sea que lo que venía para el ejército argentino era muy grave. Porque no se trataba sólo de Perón: había un conjunto de generales y coroneles que estaban en la mira de los Estados Unidos. Pero, para empezar y sentar precedente, las potencias occidentales analizaban llevar a Perón al Tribunal de Nuremberg. La única manera de frenar la inclusión de la Argentina en el paquete de represalias que se preparaba era producir una conmoción que diera lugar a un nuevo escenario político: un paisaje favorable a las reivindicaciones obreras.

Recuerdo que en esa época, en la calle, se decía que en los actos políticos participaban soldados conscriptos con ropas civiles, algo que ahora estimo muy probable que fuera cierto. Porque fue entonces cuando se produjo el enfrentamiento de la rama probritánica del Ejército con su sector más duro y consistente, que había simpatizado con Alemania. Y ahí Perón realizó la hazaña de poner a las masas en la calle y frenar con ellas esa fortísima presión.

—Algunos historiadores sostienen que, para entonces, Perón ya había llegado a un pacto de no agresión con los ingleses.

—Es muy probable, porque Inglaterra tenía una negociación permanente con la Argentina. Si alguien podía dispensar a la Argentina del cargo de “colaboración con el Eje” era Inglaterra, que estaba decidida a no perder el abastecimiento de alimentos argentinos. Cosa que hubiera ocurrido si la Argentina entraba en guerra contra Alemania, que le hubiera entrado a hundir los barcos argentinos con sus submarinos, su especialidad. En la neutralidad argentina, Alemania e Inglaterra estaban de acuerdo.

—¿Qué papel tuvo en esta historia el GOU, la logia que integró Perón desde antes del golpe militar del 4 de junio de 1943, que derrocó a Ramón Castillo, un presidente conservador y pronazi que había sido elegido fraudulentamente?

—El GOU es, en gran medida, un mito. Una gran creación de inteligencia. Perón dijo una vez en público algo así como “Tenemos todos los oficiales que nos interesan, y los que no nos interesan no están con nosotros”. Con lo cual, un montón de oficiales deben haberse preguntado, “Pero yo ¿qué soy? ¿el hijo de la pavota? Tengo que entrar en esa organización”. Lo cierto es que cuando iban entrando, descubrían que en realidad la organización ya ha sido disuelta. Una genialidad de Perón.

—Perón después estuvo espiando en Chile. Y en un momento le pasa la posta a quien, casi dos décadas después, habría de derrocarlo, el entonces capitán Eduardo Lonardi que enseguida es detenido por los chilenos. Algunos dicen que, cuanto menos, Perón se malició que estaba en una trampa y, para zafar, pidió regresar a Buenos Aires sin alertar a su reemplazante. Y que Lonardi le guardó mucho rencor por eso.

—Es un episodio fantástico. Fue una operación montada por el Estado Mayor del ejército chileno. Perón se relacionaba con muchos militares locales por su condición de montañista, uno de los camuflajes predilectos de los espías militares de la época. Otro, según pude comprobar leyendo manuales, era el de esgrimista, y vale la pena recordar que Perón (que lo era y muy meritorio porque tenía los brazos cortos) intentó ir a la Olimpíada de Berlín. Subir y bajar montañas de 4.000 metros era una actividad muy poco sospechada. (Edelmiro) Farrell (quien lo precedió en la Presidencia) y Perón eran agentes de inteligencia y tienen muchas fotos con el casquete de los montañistas. Subir y bajar montañas andinas les permitió confirmar los hitos fronterizos con Chile. Al año siguiente del episodio chileno, que fue en 1937, Perón fue a Italia, donde se incorporó a un regimiento de Alpinos. Y en 1939, año que pasó íntegramente en Europa, fue a Burdeos, donde asistió a la entrada de los vehículos mecanizados alemanes en territorio francés.

—Allí conoce al padre del ex presidente español, José María Aznar.

—El dueño del hotel al que va a parar, le pregunta si tiene inconveniente en compartir la habitación con un periodista del diario La Vanguardia, de Barcelona, que ha venido por razones parecidas, a lo que Perón accede. Era Manuel Aznar, el abuelo de José María. Años después Franco, que lo había perdonado (porque Aznar venía de hacer periodismo anarquista en el país vasco), teniendo en cuenta que Aznar había trabajado en el tradicional Diario de la Marina, de La Habana, le propuso que fuera su embajador en Cuba. Pero entonces Aznar le comentó que conocía a Perón; que habían compartido un cuarto en Burdeos, y le pidió venir a Buenos Aires. Franco accedió y así fue que Aznar vino de embajador y volvió a encontrarse con Perón. Pero esa relación finalizó poco después, y muy mal.

—¿Por qué?

—Porque, a poco de llegar, desde Madrid le ordenaron a Aznar que sacara de Buenos Aires la colección de cuadros del millonario catalán Francesc Cambó. Fue así que Aznar organizó el contrabando de esos cuadros con José Ignacio Ramos, el consejero de prensa, y el consejero económico. Los tres los cargaron en la mansión de Cambó de avenida Alvear, los embalaron y despacharon de regreso a España junto a los efectos personales de un fallecido viceministro consejero. Pero, al día siguiente, los inspectores de la DGI fueron a la mansión de Cambó porque se había dictado una norma por la que no se podían sacar cuadros del país. Tan pronto se comprobó que los cuadros no estaban, el canciller Jerónimo Remorino llamó a Aznar y le dio 24 horas para abandonar la Argentina. Aznar intentó hablar con Perón, pero Perón no lo recibió. Remorino le había informado que los españoles les habían pasado por encima y que los cuadros habían sido cargados en un barco que todavía estaba en la rada de Buenos Aires. Pero no se lo allanó porque eso hubiera equivalido a llevar las relaciones con España a un punto de ruptura.

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