Patria, eufemismos y colonia

Abordar la realidad desde el materialismo dialéctico ha perdido casi todo el glamour del pasado, aunque algunos lo practican en secreto y otros lo mencionan para lucirse en determinados ámbitos.

Sea porque se cayó el Muro, o por añejamiento natural, en las últimas décadas ha aparecido un nuevo individuo. Es quien, con un buen malbec, no eludirá internarse en la metafísica. Que se inclinará a un fugaz idealismo si pone el ojo sobre una mujer prometedora. Y quien a los postres confesará ser un fiel evolucionista.

Tales elecciones, en la época de Mao y la Gran Marcha, le hubieran deparado convertirse en combustible de locomotoras de vapor, según exageró Malraux. Hoy pasaría por sensato y maduro.

Solo a un chino se le podría haber ocurrido que para entender la historia hay que armarse de contradicciones principales y secundarias, y como si esto fuera poco, que estas tienen aspectos principales y particulares. Antes del añejamiento, estos divertidos temas eran habituales en los almuerzos del domingo. La receta china se había colado en todos lados: ¿la contradicción principal era patria-colonia (liberación nacional) o clase obrera-burguesía capitalista (liberación social)? ¿Podían marchar juntas, una precedía a la otra, o eran antagónicas?

Los marxistas no eran duchos para entender la cuestión de la independencia colonial, quizás porque las naciones europeas nacieron soberanas, y para alimentar de materias primas la revolución industrial capitalista saqueaban a la periferia. La clase obrera europea lograría arrancar a la burguesía parte de esa plusvalía que se despojaba de las colonias. Con tal ventaja, muchos cacatúas europeos podían darse el lujo de ser socialistas.

Franz Fanon se desinteresó de la revolución social porque en Argelia no había llegado la industria, aunque sí los métodos de la Gestapo remozados por la OAS. La falta de clase obrera no era suplida por el campesinado autóctono de religión islámica, y este no encajaba bien en las categorías del materialismo dialéctico. Y no es que los agricultores rusos sí hubieran entrado por propia voluntad.

Hoy en día, en comparación y sin creernos eso de que todo tiempo pasado fue mejor, las discusiones son triviales y sumamente ambiguas, pero aunque menos peligrosas para quienes las emiten, no han perdido su letalidad.

Por caso, si el psicólogo Corsi es un referente del pensamiento local y académico de nota. O apenas un enfermo cuya perversión consistía en apurar, con métodos punitivos, la definición de género en ciertos menores desorientados por exceso de cyber y abandono parental.

Cuando esto dije en una cena de gente progresista, una funcionaria del INADI se escandalizó conmigo, afirmando que la perversión no existe, o en todo caso que estaría limitada a obturar la falla del otro.

Si fuera así, la cárcel es puro goce para un Corsi que debería ser galardonado por su defensa de la diversidad. Al fin y al cabo, el pobre tipo, para decirlo de algún modo, ha hecho su libre elección de género: ¿de qué pueden acusarlo?

Las feministas de EEUU impusieron en el mundo la idea de que existiría algo llamado género distinto del sexo, afirmando que las diferencias, la heterosexualidad y la maternidad son construcciones culturales, como cuando, antes del añejamiento, alguien acusaba a otro de ser un “chancho burgués”.

El género expresaría una libre elección, una celebración de la libertad. Ya no habría dialéctica entre hombres y mujeres sino un número infinito de variables, lo que tiene ciertas serias consecuencias en la determinación de la identidad de los hombres y mujeres reales, sobre todo en la etapa de su constitución, como por ejemplo entre las víctimas de Corsi.

Amén de la sensible distancia que hay entre el “gender” inglés y el “género” castellano, la mirada feminista es tomada como Verdad Revelada cuando es apenas otra construcción cultural.
También los son la Coca Cola, la máquina de vapor, y la bipolaridad.

La bipolaridad es una afección que suena amable, haciendo desaparecer mágicamente el contenido depreciado de lo maníaco y lo depresivo. Un bipolar puede ser genio; un maníaco-depresivo sólo un enfermo mental. No hay presos sino internos. Ni discapacitados: personas con capacidades especiales. Ni víctimas inocentes, apenas daños colaterales.

Nadie podría convencer a un tipo del siglo XII de que la Coca Cola es refrescante: la habría escupido, tomándola como poción del infierno, y los ejecutivos de la multinacional habrían decidido discontinuarla. O que la máquina de vapor ahorra trabajo humano: ¿para que ahorrarlo, habiendo tantos bueyes, elefantes, siervos, esclavos y prisioneros disponibles?

Las construcciones culturales surgen por y son funcionales a determinadas sociedades en su particular estado de desarrollo.

Sería conveniente que, como construcción cultural, reinstaláramos la de patria o colonia.

Porque de otro modo, mientras nos entretenemos con estas tonterías, se van a llevar el petróleo, el agua potable, y hasta el aire puro.

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