Para los enemigos, todo. Para los amigos, ni justicia.

El Gobierno nacional ha sido pródigo en salvatajes a empresarios de medios de prensa que por lo general le son hostiles. Lo hizo para neutralizarlos y evitar que se convirtieran en enemigos declarados, política que alcanzo su cénit –y mayor despropósito– con el permiso de hecho para la monopólica fusión Multicanal-Cablevisión, medida que coronó la graciosa extensión de las licencias que disfrutan los operadores de canales de aire.

Es de público conocimiento cómo pagó el Grupo Clarín tamañas deferencias no bien se perfiló el conflicto entre los dueños de la tierra y el gobierno nacional en torno a las retenciones a las exportaciones de soja y otros granos: convirtiéndose en la cabeza de carnero que embiste, en el ariete deslegitimador.

En cambio, y a sólo modo de ejemplo, la publicación por parte de la editorial Punto de Encuentro del excelente libro de Pablo Llonto, La Noble Ernestina (una radiografía del Grupo Clarín que desnuda su complicidad con la dictadura –incluyendo la descarada apropiación por parte de Ernestina Herrera de Noble de dos niños, presuntos hijos de detenidos-desaparecidos– así como sus métodos cuasi mafiosos) no obtuvo mayor repercusión, no ya en los medios comerciales (es sabido: todos temen el poder de Clarín y entre bueyes no hay cornadas), sino tampoco en los vinculados al gobierno. Éstos sólo suelen tener ojos y oídos para sus enemigos, los grandes grupos multimedios, a los que recurrentemente el Gobierno busca neutralizar con prebendas, lo que alienta la tendencia hegemónica a identificar el periodismo con el chantaje y certificar una y otra vez que la lógica imperante es que quien no aprieta, no mama. Ni sobrevive.

No se trata sólo del periodismo nac & pop (los dirigentes de los movimientos sociales podrían decir mucho al respecto), puesto que este comportamiento suicida también se verifica en otros órdenes… que terminan, de todos modos, en la lucha de ideas. Por dar solo un ejemplo, pienso en un estrecho colaborador de Juan Perón (tan estrecho que en 1974 los enemigos de José López Rega planeaban reemplazarlo por él, seguros de que el General no protestaría) al que conocí durante el segundo año de gobierno de Néstor Kirchner, cuando tenía 75 años. El hombre era, es, un impresionante reservorio de anécdotas de Perón, sobre todo de las correspondientes a su exilio en Panamá y Venezuela, las que desgrana con mucho gracejo. Su mayor preocupación era por entonces carecer de una jubilación e incluso de una pensión debido a haber pasado gran parte de su vida adulta exilado. Un diputado nacional que tenía llegada muy fluida al Presidente le prometió tramitarle la pensión, pero a la hora de la verdad todo quedó en aprontes. El anciano enfermó gravemente, y aunque logró sobrevivir a una larga internación en una sala de terapia intensiva, salió en condiciones de salud muy precarias. Su internación fue solventada por un sindicato cuyo titular es uno de los peores burócratas sindicales de la CGT Azul y Blanca, quien también se hizo cargo de auspiciarle un trabajo como publicista… de las posiciones antikirchneristas dentro del proteico movimiento peronista. ¿Resultado? Ya sea por convicción, necesidad perentoria o agradecimiento, el prócer peronista está ahora impulsando diversas maniobras desestabilizadoras del gobierno, como el caso Rucci, etc. Algo que podría haberse evitado con un mínimo, una pizca de solidaridad.

Mosqueteros

Quienes, a pesar de haber sido acorralados por la indiferencia gubernamental, perseveran en sus convicciones nacionales, populares y latinoamericanistas, tienen hoy delante de sí un desierto de confines desconocidos. Mientras, ven que tipos que eran menemistas de un modo atroz y abyecto como operadores de sus peores políticas, consiguieron reciclarse como kirchneristas y obtener conchabo en medios estatales y como privados afines al gobierno.

Desde hace meses, organizo cenas semanales a las que suelen asistir periodistas, editores y publicistas que permanecieron leales a la causa de la patria y del pueblo durante el largo y revelador conflicto con los ruralistas, y escucho repetida una y otra vez la misma triste queja. Colegas ninguneados por los grandes medios por mantener sus posiciones en medio de la tormenta se quejan amargamente no porque ansíen recibir prebendas o canonjías de parte del poder, sino por ser también ninguneados por éste. Por no recibir un trato cuando menos económicamente igualitario con aquellos tránsfugas y camaleones, algún gesto de simpatía y comprensión para quienes defienden con denuedo digno de los mosqueteros de Dumas, sin cálculos mezquinos y entendiendo que al hacerlo defienden los intereses de la Nación y la causa del Pueblo.

La crisis mundial parece haberles dado a los Kirchner una nueva, rutilante oportunidad. ¿Alguien puede imaginar a la Argentina en medio de la tormenta de una crisis planetaria con la pitonisa Lilita o el niño Mauricio al timón?

Sería sabio de su parte tomar plena conciencia de este nuevo e inesperado bonus track no para cambiar la dirección de sus políticas —como le reclama airadamente una oposición invertebrada—, pero sí para modificar aquellas que los emparientan con la camada de operadores que pronto dejaron todo atisbo de intransigencia en desvanes polvorientos, como olvidados souvenires de los tiempos en que aún creían que las convicciones no debían arrojarse por la borda cuando todavía no habían adoptado como regla la humorada de Marx: “Estos son mis principios, sino le gustan, tengo otros”.

Desde que los Kirchner se resignaron al capotaje de sus ínfulas trasversales contra la dura realidad dibujada por el omnipresente PJ y los intendentes del conurbano, su devenir le dio la razón a los más cínicos y travestidos de aquellos: los ultramenemistas que se reconvirtieron en kirchneristas.

La metamorfosis de los acomodaticios tuvo como paraguas ideológico a la sociedad crudamente materialista entre el empresario de medios Daniel Hadad, de aceitados vínculos con la CIA, con el superministro Julio De Vido.

Antaño menemista de paladar negro, Hadad fue automáticamente considerado propia tropa con el argumento de no favorecer la cristalización de un polo opositor en torno a la prédica fascista de Feinmann, el malo; González Oro y Baby Etchecopar, quienes en épocas pasadas, puede colegirse, bien podrían haber sido partidarios de la Triple A, como lo fue Mariano Grondona, que entendía que López Rega desbrozaba el terreno y hacia el trabajo sucio para que seguidamente lo aplanasen los tanques.

Desde entonces, ha pasado mucha agua bajo los puentes. Hasta el punto de que si entonces “caño” remitía a las bombas caseras que detonar por miles para protestar por la proscripción de Perón y su movimiento, y en los primeros años de democracia “salir de caño” era robar a mano armada, hoy los caños han sido simbólicamente resignificados por Tinelli y sus atorrantas, que ya no son, para nada, las indigentes que duermen en los caños con que se entubó la ciudad.

¿Y la nueva Ley?

En este contexto, parece mentira que se mantenga inconmovible la insensibilidad, menosprecio y ninguneo del poder hacia quienes, cuando llegó el momento clave (como cuando Clarín-Duhalde-Carrió-Macri, los ruralistas, el poder financiero y los grandes medios se aliaron para embestir contra él) permanecieron leales a los intereses de la patria y el pueblo.

Hasta un niño de teta puede advertir la relación que hay entre este destrato y la falta de decisión en avanzar en la imperiosa necesidad de reemplazar la Ley de Radiodifusión de la dictadura a fin de democratizar el espacio radioeléctrico. Objetivo éste que sólo se puede lograr modificando las relaciones de fuerza, lo que implica fortalecer la emergencia de un periodismo alternativo que hasta el momento ha logrado clavar una pica en Flandes y sobrevive casi sin el menor calor oficial.

Así las cosas, y con la aparición de los efectos deletéreos de la crisis económica del capitalismo financiero en el horizonte cual si fuera un tsunami, no avanzar en esa dirección equivale a rendirse sin luchar.

Por lo pronto, el Gobierno debe enviar alguna señal clara de que la lógica perversa de golpear y apretar para conseguir avisos oficiales y/o de las empresas que hacen su agosto al calor del Estado no es la única manera que los pequeños medios periodísticos tienen para que se los tenga en cuenta.

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