¡Para el otro lado, batallón!

El encadenamiento de una serie de episodios -hospital Francés, San Vicente, Misiones- colaboró, con generoso ruido mediático e imposición de imágenes, a trastocar un panorama político que se creía estable y previsible, tal como le gustan las cosas a la derecha. Gracias al despelote, sin embargo, la derecha amaga con agrandarse en un gran rejunte electoral, mientras que también el oficialismo debió acomodar sus apuestas. ¿Por qué demonios se armó semejante bardo y para qué?

El día en que Jesucristo asuma en elecciones limpias y ejemplares la presidencia de la Nación no tardarán en caer sobre su cruz dardos que lo acusen de místico, rayadito, de personaje con escasos dotes para la autoridad dado a la generación de desgobiernos y anarquías.

Se sospechará de su sexualidad, de sus orígenes discutidos, se objetarán sus relaciones con pobres y prostitutas (se volverá a discutir el Código de Convivencia en sesiones muy ruidosas).

Y cuando sea Superman el que gane la presidencia, no faltarán críticas por su perturbadora condición de extranjero, por el peligro que supone para la continuidad institucional republicana su vulnerabilidad ante la kriptonita y la magia o por lo que pueda haber de oscuro en la salud mental de alguien que anda por la Tierra cargando un problema de doble identidad.

Este tipo de ensoñaciones son las que arrancan con chirriante esfuerzo las carambolas combinadas de las lógicas mediáticas con las políticas. Habrá que adelantarse a la chicana: ¿estás comparando a Kirchner con Superman? No: un pésimo y lucrativo populismo mediático-político se las ingenia en su galope desenfrenado para meterle irracionalidad a lo que sea.

Aunque si se trata de acercamientos verosímiles a ciertas irresponsabilidades periodísticas (de nuevo, rentables, porque se trata de asegurar la contractualidad con determinados públicos), alcanza con citar la tapa que la revista Noticias dedicó a Cristina Kirchner con el hiperprofesional titular que preguntó (no informó): “¿Está recibiendo tratamiento psiquiátrico?”, para anunciar la opinión de dos expertos en “el caso”: trastorno bipolar.

Estas líneas se escriben al calor de algo que antes que por vía de la afirmación se hizo realidad: el escenario político estalló a partir de las elecciones de Misiones. Es así, el llamado escenario -los epifenómenos de las cosas, o más sencillamente el circo-, es otro.

Eso dice poco en cuanto a consistencia, peso, gravedad e importancia de lo que presuntamente haya cambiado. Y menos aún acerca de hacia dónde demonios se dirigen todas las energías desatadas y encauzadas por el cambio. Se vocean las novedades sin sopesar si no entrañan otra cosa que una nueva borrachera de la cultura de los espasmos, trivialidades y oportunismos conocidos.

¿Es “seria” o “confiable” -para emplear adjetivos caros al establishment- una nueva dinámica política desatada por un puñado de pequeños acontecimientos de opinable categoría? La oposición venía de tres años de fracasar en sus anuncios de catástrofes, riéndose de la propuesta de quita de la deuda, insistiendo en sus recetas, exacerbando el problema de la inseguridad, invocando al peligro piquetero.

Tales antecedentes e impotencias parecen resueltos de golpe y plumazo con el rejunte de sórdidas pifiadas oficiales agigantadas por la lúcida panorámica de los medios. Hay de por medio muy poco: hospital Francés, las aventuritas de D’Elía, San Vicente, una elección provincial, más el dato cierto y de fondo de la propensión oficial al encierro y el ceño vertical y fruncido.

El mal argentino

Pero Misiones agrandó a Chacarita -aunque Chacarita no quede en Misiones- y alcanzó para que Macri o López Murphy construyan con nuevo brío un discurso elemental que la sagacidad mediática no cuestiona y en el que la reelección indefinida (todo el mundo citando a los Quindimil y mucho menos al Japonés García o los Posse) pasa a ser la explicación histórico-universal de todos los males argentinos. Pasan por sólidas tesis como las que indican que el gobierno -por sectario y brutito- tiene un único contacto con el mundo llamado Chávez.

En un anterior editorial de Causa (ver La conjura de los tontos) no se le quitó gravedad ni a la triste apuesta oficial en Misiones ni a las trifulcas de San Vicente. Como tantas realidades del interior, Misiones nunca importó un bledo hasta que se convirtió de súbito en centro del universo conocido y en sacro mandato ejemplarizante.

Habrá que empezar por un detalle menor: no se trata del mensaje dado por (todo) el pueblo misionero, dado que un 44% de ese pueblo eligió el atraso feudal y la ignominia. Pero como fuera, el tan mentado mandato misionero envolvió a todos -oficialismo y oposición- en una fiebre de pronóstico reservado. Dando muestras de vitalidad, el gobierno reaccionó haciendo desistir a unos cuantos de sus proyectos reeleccionistas.

Uno tiende a creer que esa reacción, más el proyecto de achicamiento de la Corte Suprema, fue acertada. Hubiera sido más simpático que no se necesitara a Misiones para ello y mucho menos a Rovira. Pero lo que se pretende aquí es irritar preguntando si a este país le convenía este nuevo mapa despelotado: un oficialismo que tendrá que reinventarse en distritos cruciales y una derecha cuyo inestable rejunte es altamente riesgoso hasta para la así llamada salud institucional, esa cosa que la derecha dice proteger. Se venía de un proceso de consolidación que costó y sigue costando tragedia social permanente, empobrecimiento, sufrimiento, sudor y sangre.

Y ahora pasamos a nuevos y apasionantes capítulos formateados a medida de los medios: sacudones, “internas feroces”, show de candidaturas. De nuevo: los defensores de la previsibilidad -patria mediática incluida- están haciendo todo por hacer las cosas imprevisibles.

Por las barbas de Belcebú que no pretendemos sostener la satánica tesis de la confabulación mediática global. No. Se trata más bien de un asunto civilizatorio, de absurdos y alienaciones en los comportamientos colectivos, que afecta con sus propios tonos a la fiestera democracia argentina.

No es una cuestión de mera “manipulación informativa”. Es pelotudeo, amor al ruido, lógicas y necesidades de posicionamiento venta e impacto que son comunes a la política y a los medios que dicen cuestionar a la política. Carnavalito, liviandad.

Una sola imagen

Que los problemas de la “sociedad de la imagen” hayan ameritado veinte, treinta, cuarenta años de arrojamiento de libros y bibliotecas no es consuelo cuando cada dos por tres una imagen, una solita, una sola puta imagen televisiva entre literales millones de imágenes emitibles por segundo, succiona los dos millones ochocientos mil kilómetros cuadrados de nuestro territorio continental y nos compacta, a 38 millones de argentinos, en apenas eso: una única y puta imagen.

Ya bastante descorazonador se hace el ejercicio de fatigadamente pretender encaminar discusiones razonables (razón, otra palabra internada en el manicomio global) como para que además una sola imagen, una solita, comprima todo lo que somos y todo lo que necesitamos. La imagen del revólver de Madonna fue hace unas semanas La Realidad. Como antes las carpetas bajo el brazo del ingeniero Blumberg. Y como fue en Brasil la valija de dinero del PT.

Sobre el chumbo de Madonna: qué incómodo resulta sugerir que es cierto que antes de San Vicente hubo también otras imágenes que enfocar, otras temáticas en las que detenerse, “gente que pacíficamente acudió a ver pasar/despedir el cuerpo del General”. Es cierto que no sólo hubo gresca violenta, demencial e imperdonable, aunque resultara patético escucharlo en boca de los dirigentes peronistas.

Es que los efectos de los medios son raros: todo lo fragmentan y disuelven y pierden. Pero también son capaces de atorar la mente de Funes el memorioso y dejarlo con la baba colgante, musitando dulcemente “Madonna”, todo su cerebro enfocado en él.

Auch, si alguna vez el gobierno pudiera preverlo. Si pudiera hacerse una tabla de equivalencias entre la potencia simbólica de San Vicente y la de ciertos productos comunicacionales K, el resultado sería desconsolador. Algo así como un San Vicente = diez usinas térmicas = cien complejos habitacionales. Esas realizaciones en obra pública que toscamente relata la publicidad oficial cada tantos días en los diarios, provincia por provincia, siempre citando la misma frase presidencial, con una retórica más bien pobre. Y para colmo la publicidad sale en los diarios, que apenas si se leen, y no en la tele.

Va de nuevo: un revólver de Madonna alcanza para seriamente perturbar y ensuciar -al menos entre ciertas napas sociales, importantes- el imaginario de los tres años de crecimiento, la caída de la pobreza, el desempleo cercano a un dígito. Pero no sólo porque está mal, pésimo, horrible, el revólver de Madonna. Sino por todo lo que lo acrecienta el infierno político-comunicacional, al que la jerarquía de los problemas lo tiene sin cuidado.

Hay seguramente un castigo divino merecido en el fenómeno. Pero también Jehová tiene justa fama de zarpado por su severidad. Y el problema es que acá no hay justicia divina sino ajusticiamiento. Un tipo de linchamiento no necesariamente virtual -en el que uno tiende a creer que todos pierden- devenido de la irracionalidad de las discusiones, del oportunismo, de la industria del entretenimiento, de la cual los noticieros son una noble parte.

Todo esto el gobierno debería preverlo cuando construye política.

Alpedismo

De cara a la así llamada “sensación térmica de la opinión pública” el revólver de Madonna se hace más importante que la quita de la deuda. El hospital Francés más relevante que la renovación y achicamiento de la Corte Suprema. Y el nuevo cura de Formosa post-Misiones más atractivo que discutir el control de la inflación y la responsabilidad empresaria. Felipe Solá no va a ser candidato; Freddy Storani se muestra de lo más cortés con Macri; Kirchner quizá no se presente. Scioli para la provincia, ¿convocará a Arslanián o a Patti? Todo por el Francés-San Vicente-Misiones.

¿Y si eso no le conviniera a nadie? ¿Y si fuera que a consecuencia del show vuelve la incertidumbre? El que escribe no lo cree. Pero sí cree que vale la pena sugerir los riesgos de tanta agitación alpedista. El que escribe no tiene ganas -tras treinta años de muerte, degradación y Menem- de que las cosas se vayan otra vez al diablo sólo porque al país lo gobierna la cultura de Intrusos en el espectáculo. Los datos autoritarios y los suburbios “patoteriles” del oficialismo existen. Pero no tienen la centralidad que se le atribuyen, a menudo no para la búsqueda de una mayor calidad institucional, sino para bien del marketineo político o el de la independencia periodística.

Sincericidio 1: ¿“Riesgoso” para la estabilidad”? ¿Tal como nos corrían en tiempos de Alfonsín?
Sí, estamos grandecitos.

Sincericidio 2: ¿Pero acaso vos no creés en que es el procesamiento de este tipo de cosas lo que ayuda a la democracia y a la maduración de nuestra cultura política?
Mmmmmm. Uno va creyendo menos en la sensatez social y sospecha que de esas amargas descreencias se alimentan aquellos que uno cuestiona. Dos, tres, miles de pequeños idiotas Vietnam con motorización mediática pueden generar quilombos importantes y erosionar un proyecto aceptable, el más potente de los conocidos desde 1983.

Existe un caso a la mano para ejemplificar los riesgos. Es el caso Ibarra-Cromañón. Se sabe que Ibarra cayó antes por la inexistencia de armado político en la Legislatura que por la muerte de doscientos pibes. Y los medios -aunque más prudentes, incómodos y desorientados que en otros episodios- jugaron su inherente ruidoso rol al encauzar las crispaciones, el dolor, los aventurerismos de quienes querían tumbar a Ibarra, en una ensalada perversa.

En este caso particular no resultaba nada fácil desde el periodismo adoptar alguna mirada más sensata. Los múltiples argumentos en favor o en contra de la destitución solían empatar. Sólo cuando la caída del ex fiscal se hizo evidente, algunos columnistas plantearon la idea de la insensatez reinante.

Como fuera, 24 horas después de la destitución ningún político de los que acusó a Ibarra de cómplice, inútil o corrupto dijo nada más sobre Cromañón ni las víctimas, ni fue requerido por los medios para hacer un balance más sereno de lo ocurrido. Seguramente no hubo el “golpe institucional” denunciado por Ibarra. Sí vale la conjetura de que sin circo comunicacional -sin tanto regocijo en la tragedia- la evolución del tema Cromañón hubiera sido distinta. En cuanto a las consecuencias “institucionales”, las pagó la ciudad y la gente: un año de crisis paralizante en el Estado, medio año más para encarrilar el mandato de Telerman y una legislatura tan fragmentada e inútil como siempre.

El sambenito de que la culpa de todo es de los gobiernos y la política. La búsqueda de chivos expiatorios. Lenguajes y formatos furiosos o ligeritos. Periodistas progres o no -todos ellos doctos cuando hay que jugarla de doctos- dedicando veinte minutos diarios de sus rutinas radiales y televisivas a las peleas de Cantando por un sueño, un modo de populismo de quienes denuncian el populismo oficial y un modo de no ser densos, de no ser pesados, de entretener al público y retenerlo, de no ser tildados de analfabetos televisivos, de acatar las reglas del juego y de estar a la altura de los tiempos. Tiempos de crispación, de locura, de violencias que no se reducen a las de San Vicente sino que también son simbólicas. Y el batifondo mediático conocido, único vínculo social, que de vez en cuando ayuda, y que otras tantas ayuda a enloquecer.

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