Papeles, papeleras y papelones

Por Horacio Caballero, gentileza de Criticaresfacil.com (*) para Causa Popular.- De un lado apología del crecimiento económico, confianza ingenua en los paraísos que nos aguardan con las inversiones de Botnia y Ence y excomunión de los infieles que “se oponen al desarrollo”; del otro, autos de fe ecologista, anuncios apocalípticos sobre la desaparición del Uruguay Natural y anatemas del capital transnacional.

Como es habitual en este país (y por lo que sé, en otros también), estas discusiones se parecen más a diálogos de sordos que a un intercambio de argumentos razonados, más a una riña de gallos que a reflexiones de sujetos que piensan, presentan y refutan argumentos.

Los involucrados en una polémica suelen tener como meta con – vencer al circunstancial oponente, antes que analizar con detenimiento sus razones.

Si las hubiera, claro, pues con demasiada frecuencia antes que razones se presentan opiniones, que, como se sabe, son gratuitas… porque para dotarse de una sólo hace falta estar dispuesto a adherir a ciertos “principios”, que fungen como coraza cuando lo real nos desautoriza. Si los principios se dan de narices con la realidad, pues peor para la realidad. Algo de esto está ocurriendo con el imposible debate que está suscitando la instalación de las papeleras.

En lo que atañe al gobierno, a sus malos modales a la hora de tomar las decisiones (“las plantas de celulosa se van a construir caiga quien caiga”), hay que sumar su incombustible fe en el progreso y en el dogma del “derrame”, que pretende que con las inversiones siempre vienen los puestos de trabajo y tal vez la felicidad humana (la que termina en colorín colorado).

Esta visión idílica del desembarco del gran capital, demás está decirlo, no siempre ha sido confirmada por la experiencia (nótese que hablo del capital a secas, con independencia de su lugar de nacimiento, una contingencia que mortifica únicamente a los patriotas). Expongo una sola de mis múltiples dudas al respecto: ¿no podrían acaso anularse los puestos de trabajo que crearán las benditas papeleras por la supresión de otros tantos en áreas como el turismo o la pesca artesanal?

Con todo, el núcleo del supuesto debate es la cuestión ambiental, que parece limitada a la contaminación del río Uruguay y a la calidad del aire del entorno de las plantas, puesto que el problema más importante -la desertificación y erosión de los suelos derivadas de los monocultivos forestales- parece ausente de la discusión, cuando no debiera estarlo, dado que la expansión de esos cultivos por estos lares es la causa de que Ence y Botnia se instalen por aquí, y no los supuestos impedimentos para contaminar que tendrían en Europa.

De no abordarse ese aspecto de la cuestión, deberemos prepararnos para recibir no una, sino diez, cien, mil Botnias, que convertirán al país en una gran fábrica de celulosa.

El primer despropósito del gobierno, cometido por el ministro de Medio Ambiente, es contarle a los ciudadanos que las fábricas no contaminarán. Es una mentira que no se sostiene y que, por otra parte, casi nadie cree. La cuestión no es -con perdón de aquellos feligreses que quieren convertir a la naturaleza en una suerte de lugar de peregrinación- si las plantas contaminarán o no, pues cualquier emprendimiento humano de naturaleza industrial contamina o altera el entorno.

La cuestión es, al menos así me lo parece, cuáles son los costos y beneficios de un determinado emprendimiento (daños y beneficios que obviamente no deben medirse únicamente con parámetros crematísticos).

Este es el auténtico debate que debe tener lugar en la sociedad. Sobre los beneficios ya han hablado los defensores de los proyectos: unos centenares de puestos de trabajo, que sólo una visión frívola del asunto puede despreciar y sólo un dogmático creyente en el progreso puede convertir en el único criterio a la hora de decidir.

Los eventuales perjuicios remiten -ya se lo ha dicho hasta el hartazgo- a la cuestión ambiental, que es de gran complejidad técnica y que no admite el “me parece” o “un muchacho que sabe me dijo que van a contaminar el río”, sino que requiere un conocimiento especializado que parece estar ausente del debate.

A pesar de formar parte de la masa de ignorantes a los que las dosis de cloro o los efluentes que irán a parar al río Uruguay le dicen bien poca cosa, creo poder afirmar que:

– Las plantas de celulosa van a contaminar y sólo la arrogante y crédula versión del gobierno se anima a negarlo

– Que esa contaminación está dentro de los márgenes que aceptan otras legislaciones avanzadas del mundo

– Que hay tecnologías más limpias (sin ningún tipo de cloro en el proceso industrial) que las que se van a usar en las plantas de Río Negro, pero con ellas sólo se puede fabricar el papel blanco más apreciado por el mercado

– Que no es de mal pensado abrigar dudas acerca de la capacidad de control de la administración uruguaya para hacer cumplir la legislación ambiental.

Con estos elementos de juicio -y no en el seno de una burbuja metafísica en la que se recreen condiciones ideales-, la sociedad debe decidir qué hacer. Cuando, como en este caso, no es posible armonizar beneficios económicos y preservación ambiental, la sociedad (no sólo el gobierno) tiene un problema.

Un gobierno menos arrogante y menos colonizado por una idea demasiado simplista del desarrollo, le plantearía el siguiente dilema a la sociedad: hay inversores que quieren instalar dos plantas de celulosa en una zona particularmente deprimida desde el punto de vista social y económico de este país y nos parece que habría que contemplar la posibilidad de autorizar esas inversiones.

Sin embargo, y a pesar de nuestro compromiso de que controlaremos que se cumpla la legislación ambiental y que clausuraremos las plantas si las usinas superan el límite de emisiones permitidas, no podemos asegurar que esa actividad industrial será enteramente limpia, entre otras cosas porque si los ciudadanos quieren papel blanco, de ese que se usa, entre otras muchas actividades, en el área informática, no es posible suprimir enteramente el cloro del proceso productivo.

No hay compromiso posible, no podemos tener el pan y la torta, naturaleza impoluta y papel blanquito, puestos de trabajo y aire prístino. ¿Qué hacemos?

La pregunta es particularmente pertinente en una era en la que el ciudadano se ha puerilizado hasta límites inimaginables: cree tener derechos pero no obligaciones, no soporta posponer gratificaciones y placeres, cualquier sufrimiento espiritual debe ser arrancado con pastillitas o brebajes mágicos, demanda aire limpio y silencio en las ciudades pero no vincula esas exigencias con su uso del automóvil particular, quiere todo y lo quiere ya, incluido el papel blanco pero sin fábricas de celulosa.

No se plantea que tal vez tenga que renunciar a algo (al papel blanco, por ejemplo) para conservar un bien más preciado como los recursos naturales.

El dilema (económico, ambiental, moral) no se resuelve, obviamente, por la facilonga vía de decir: “no en mi patio trasero, que pongan las fábricas en otro lado”… ¿en Burkina Faso, por ejemplo? No se lo resuelve, porque si todos los ciudadanos del mundo respondieran de ese modo, lo único que conseguiríamos es que cada país esté obligado a tener su propia “plantita” de celulosa para producir el papel que consume esa sociedad. Se desplazaría el problema pero no se lo resolvería.

¿Esperaban una respuesta al dilema? Lamento defraudarlos.

No la tengo. Pero si el gobierno decidiera estimular el debate ciudadano, en lugar de decir “no hay marcha atrás”, estaría dispuesto a participar en él y eventualmente dejarme convencer, con argumentos, no con propaganda, de que una de las dos alternativas es más razonable.

Ultima constatación: contemplo azorado y perplejo la pelea de barrio en la que están enfrascados los gobiernos de Uruguay y Argentina, dos países condenados a entenderse y a convivir. Y los medios de comunicación locales vuelven sutilmente a hacer gala de una de las peores miserias humanas, la que convierte al “otro”, al “extranjero”, en este caso al argentino, por el solo hecho de serlo y no porque esgrima razones refutables, en enemigo.

He aquí la mejor forma de no discutir lo que realmente importa. Sería atroz que se intentara legitimar socialmente un proyecto industrial disfrazándolo de cruzada nacional.

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(*) Acerca de www.criticaresfacil.com

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