Papeleras: Harvard juega al huevo podrido

Por Mirko Vittelone, desde Cambridge, especial para Causa Popular.- Las hipótesis según las cuales el calentamiento global sería provocado por la contaminación industrial no tienen ningún asidero científico, concluyó un distinguido grupo de expertos de Harvard entre los que se encuentra un Premio Nobel. Coincidiendo con el pico del enfrentamiento entre los vecinos de la ciudad entrerriana de Gualeguaychú y las porfiadas autoridades uruguayas por la construcción de dos gigantescas blanqueadoras de celulosa en ese país, se conoció un estudio que puede alterar el rumbo de la historia y cambiar radicalmente la relación de la humanidad con la naturaleza.

Según los científicos de Harvard que accedieron a dialogar gentilmente con éste corresponsal, todos los presupuestos químicos, físicos y biológicos en que se basa la hipótesis de que los contaminantes industriales están provocando calentamiento global, con su secuela de terremotos, maremotos, epidemias, inundaciones y sequías, son absolutamente falsos.

Pero van más allá. Limitarse a una proposición negativa “es como haberse quedado en el 45, o en los 70”, dicen, y tan proactivos como optimistas, señalan con su dedo acusador a los causantes del calentamiento.

Si están en lo cierto, el gobierno de EE.UU. no se habría equivocado al negarse a suscribir los tratados de Kyoto y La Haya.

Según éstos especialistas, la temperatura de la Tierra está subiendo porque todo el mundo tiene el delirio de cultivar, a tal punto que hoy no queda un solo metro cuadrado de pradera sin sembrar. Sin ir más lejos, los agricultores de Halliburton han acaparado los suburbios del propio Bagdad con extensos cultivos de cáñamo, cebada y lúpulo, mechados aquí y allá por algún cráter.

Uno de los científicos de Harvard, el biólogo Charles Lindberg Jr., lo explica así: “el proceso de ósmosis es básicamente una combustión retardada, y el oxígeno que liberan los vegetales produce muy alta temperatura. Toque usted una planta de maíz durante la noche: verá que quema como las ancas de una mulata en celo”, afirma Lindberg mordiendo obsesivamente su pipa de marlo.

Cornelius Chyclets-Adams, que obtuvo en 1936 el Premio Nobel por sus estudios sobre ciertos cauchos sintéticos, con sus juveniles 104 años, tiene la presidencia honoraria del equipo. Rodeado de fotos satelitales, simuladores y estadísticas que se remontan a la civilización de Babilonia, agrega un dato crucial:

“Hasta ahora creíamos que la el reino vegetal era parte de la naturaleza, pero descubrimos que es su peor enemigo”.

En un aparte, George Shapiro, hijo del CEO de Monsanto y graduado en desfoliantes, aclara los conceptos de Chyclets-Adams: “El viejo está un poco gagá, después de todo. Ha querido decirle que sólo las especies vegetales genéticamente modificadas y con su patente en regla no contribuyen al calentamiento global, ya que técnicamente no pertenecen al reino vegetal”.

Quien haya saboreado pop-corn en el cine o una milanesa de soja transgénica le dará la razón: parecen de plástico.
Aunque todavía no se ponen de acuerdo en el cómo, los científicos creen que la fuerza aérea norteamericana podría controlar rápidamente el problema rociando con Round Up todo el planeta.

Como se sabe, el glifosato (o Round Up, ® de Monsanto) es un herbicida apocalíptico que sólo deja en pie algunas especies vegetales a las que se les ha incorporado un gen de petunia resistente al herbicida. Los fabricantes están a punto de hacer público un catálogo de mil doscientas plantas consideradas económicamente rentables y de uso industrial. La lista incluye sojas, maíces, centenos, lúpulos y arroces, amapolas, cáñamos, pinos y salicáceas, y hasta el anís estrella con el que Ronald Rumsfeld fabrica el mágico antigripal Tamiflu, todos ellos con tecnología RR (Round Up Resistent).

El resto, que es el que provoca el recalentamiento de la atmósfera para los científicos de Harvard, desaparecería de la faz de la Tierra. El doctor Lindberg Jr. es terminante: “Sólo se conservarán algunos ejemplares en museos y jardines botánicos, para solaz de los niños y las solteronas melancólicas”.

La tesis de Harvard coincide en un punto con ciertos ambientalistas: el desarrollo de la agricultura ha reducido la biodiversidad, pero unos y otros llegan a conclusiones distintas. Para Harvard, se necesita todavía menos biodiversidad. Los ecologistas quieren tanta que si lograran lo que se proponen, la Tierra acabaría teniendo el aspecto que presentaba en el cuaternario y todos nos volveríamos recolectores a la fuerza.

Y no solo del reino vegetal estamos hablando, dicen los científicos: “El modelo que desarrollamos puede ser aplicado con éxito en lo cultural, político, en el ALCA, y hasta en las relaciones de pareja. Da para todo”.

A poco de conocerse la noticia, que fue levantada por el diario Clarín la semana pasada, aparecieron algunas voces críticas. El doctor Yanquetruz Quilapayún, especialista en agriculturas originarias de la UNAM cree que es una nueva vuelta de tuerca de las tesis malthusianas y que lo que propone Harvard es privatizar el reino vegetal.

Shapiro, que combate el ocio alternando el golf con un cargo honorario como juez del Comité Arbitral del Banco Mundial, se rió del comentario: “Nosotros no queremos abolir el reino vegetal, sino tener un control sustentable en manos de quienes saben cómo hacerlo”, subrayó. Se manifestó luego como un gran conocedor de la política local argentina:

“La provincia que ustedes llaman Entre Ríos es el mayor productor de huevos y aves en ese país que ustedes llaman Argentina”, afirma. “Todos sus habitantes tienen alguna relación con la producción de pollos. ¿El olor a huevo podrido que produce el blanqueo de la celulosa es algo nuevo para ellos? No. ¿Y entonces, de qué se quejan?”, pregunta con una seguridad envidiable.

“Los habitantes de Gualeguaychú son gente pacífica. Nunca volvieron a rebelarse desde que Garibaldi pasó por allí, y desde entonces hay muchos descendientes de italianos, que aunque farabutti y mascalzoni, también son pacíficos. Alguien les está haciendo el bocho, y yo a ese Busti mucha confianza no le tengo”, sentenció el especialista de Harvard.

“Tiene razón el presidente Kirchner cuando dice que el problema de las papeleras es exclusivamente ambiental. ¿Qué es el ambiente, sino un escenario intercambiable?”, se pregunta Shapiro.

“Honestamente, no sé qué contestar”, respondo, porque los periodistas no opinamos.

Charles Lindberg Jr. interviene: “Los entrerrianos son gente capaz. Ayudémoslos a crear un nuevo espacio turístico, con excursiones hacia un lugar mágico donde se han creado mágicamente 600 puestos de trabajo. Con los precios máximos de la ministra Miceli, el pollo tiene poco margen, pero los turistas traen divisas fuertes. Los fabricantes de máscaras antigás y las agencias de turismo escatológico se enriquecerán.

Los ambientalistas capitanearían paseos de turismo aventura, en los que los visitantes podrán arrojarse al paso de camiones con celulosa, detener la actividad de los molinos metiendo niños entre sus dientes de acero, sumergirse en los peligrosos vertederos del río, arponear y fotografiar peces mutados o incluso tomar la planta por asalto. Y en lugar de esos decadentes carnavales con mujeres semidesnudas, la gente podrá participar en sentadas, escraches y manifestaciones con cortes de puentes, promoviendo una sociedad más participativa.

Habrá fábricas de souvenirs, hoteles cinco estrella, y hasta se deberá habilitar un nuevo aeropuerto internacional para recibir a visitantes de todo el mundo. Mis amigos de Bechtel podrían dragar el río para permitir que lleguen a puerto cruceros de veinte pies de calado, provenientes de todo el globo. ¡Eso es derrame!”.

“¡Pero eso significa que las plantas de celulosa se terminarán construyendo a pesar de las protestas!”, deduje.
Responde el doctor Chyclets-Adams, que se ha reincorporado a la entrevista luego de echarse una siestita.
“Usted no puede cambiar el curso inexorable de la historia”, dice satisfecho, y su sabio compañero asiente con una sonrisa.

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