Padre rico, padre chorro.

El rotundo éxito de ventas que el libro “Padre Rico, padre pobre” y su infinita saga viene recogiendo desde hace algunos años a la actualidad, demuestra —a vivas luces— ser una tendencia que, lejos de menguar, se reproduce y reafirma en el ideario de cierta facción importante del público lector argentino, cada vez más atomizada y hasta desvinculada de sus tradicionales valores.

A la típica picardía criolla de vivir sin trabajar, se le viene a sumar la nefasta idea del “american dream postmoderno” de, no solo enriquecerse, sino más bien, volverse millonario sin ningún tipo de esfuerzo.

La tesis de Kiyosaki —el progenitor de esta obra— es aparentemente simple y noble: “Educar a nuestros hijos financieramente”.

Frente a la crisis institucional que atraviesan las escuelas en esta época, la educación tradicional resulta obsoleta y se vuelve de vital importancia la incorporación de ciertas nociones económicas en la dieta intelectual de nuestros hijos, si queremos prepararlos debidamente para el futuro. Obviamente —como solo podría plantearlo un fiel representante del capitalismo más salvaje habido y por haber— a costa de quien sea y de lo que sea.

Para argumentar su tesis, el autor relata en clave fabulesca ciertos momentos de su infancia, sobre todo cuando surgió su pasión por el dinero y como este hecho lo fue transformando en el hombre que actualmente es. Despectivamente retrata a su padre biológico, un profesor de colegio bien educado e idealista, quien siempre predicaba que había que estudiar duro, ir a la universidad y conseguir un buen empleo, con palabras y tono poco complacientes. Literalmente dice que este hombre fue su “Padre pobre”, dulces términos para definirlo, lisa y llanamente, como un “Pobre imbécil”.

Sin embargo, los reveses de la vida, lo agasajaron haciéndole conocer al padre de su amigo, a quien considera su “Padre Rico” y mentor. Este sí que era un tipo piola: dueño de una red de tiendas, antecedente de los mini-super, explotador de empleados, corredor de bolsa, futuro millonario, quien se jactaba orgullosamente de no haber terminado siquiera el secundario.

Eso sí, fue lo suficientemente cool como para enseñarle la “fórmula de la felicidad” a este jovenzuelo ávido de aprender. Así fue como, cargado de semejante arsenal, Kiyosaki salió a la búsqueda de alguien que sí supiese escribir sin faltas de ortografías, para lograr diseminar tanta “buena nueva” transformándola en libro. Otra vez, los reveses de la vida lo llevaron a toparse con una pareja de “padres preocupados” quienes, habiendo creído ver en él al Mesías, le redactaron el texto y oficiaron de coautores del mismo, la pareja Lechter.

De allí en adelante, la historia le dio cierta parte de la razón.

Basta echar una ojeada a los rankings de los libros de no-ficción más vendidos de los últimos diez años y, solamente en Argentina, las cifras causan asombro.

Pero eso no es todo. Como era de esperar, no tardaron en aparecer las consabidas secuelas de este suceso editorial. Una lluvia de libros, con irregular aceptación invadieron las estanterías y los top five. Títulos sugerentes como: “Niño rico, niño listo”, “ Guía para hacerse rico”, “Guía para invertir”, “Retírate joven y rico”, “Historias de éxito” y hasta el emblemático “ Si desea ser rico y feliz….no vaya a la escuela” sedujeron desde las bateas a una siempre fascinable cantidad de lectores de este lado del hemisferio.

Asimismo, también los hubo para la cartera de la dama “Mujer millonaria” (escrito por su esposa, Kim Kiyosaki) y para el bolsillo del caballero ejecutivo “Agenda del Padre Rico”. Y, como no podíamos ser menos, nosotros también confeccionamos nuestras versiones autóctonas: “Hágase rico” de Ariel Rodríguez Flaquier y el recientemente best-sellerHombre rico, hombre pobre” de Marcelo Elbaum.

Definitivamente, este sostenido éxito viene a representar una hilacha a la vista del agujereado vestido cultural con el que actualmente nos cubrimos. Un libro altamente recomendado para todos aquellos padres que desean criar un hijo, como este hijo de P…adre Rico, padre pobre.

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