Nuevos intendentes, líderes piqueteros y los dilemas de la construcción K

Más allá de la reorganización justicialista que ya tiene nombres y apellidos en el plano nacional, la participación de los sectores denominados progresistas, que se encuentran dentro del mismo PJ —encarnados en la camada de nuevos intendentes—, las organizaciones sociales peronistas y las de izquierda enfrentan un fuerte desafío: acumular poder político que los haga sobrevivir al contragolpe del justicialismo más ortodoxo, aquél que habían denominado la vieja política.

Apenas comenzó la publicitada “reorganización del PJ”, muchos de los actores principales de la primera parte de la construcción kirchnerista sabían que iban a bailar con la más fea. Las espaldas del fortalecido Partido Justicialista se presentan como un resguardo difícil de evitar, especialmente en un momento de enfrentamientos sectoriales y, justamente, a partir de una parte de la estructura montada en la década del ’40 por Juan Domingo Perón que revalida y festeja aquel titular de diario que dice: “El justicialismo es el único partido con capacidad de gobernar”.

Mientras que algunos se muestran incrédulos ante un cambio, otros simpatizan con la idea de reformular la estructura partidaria que más veces ostentó el poder desde su nacimiento. Pero la gran incógnita que tienen es saber el lugar que les corresponde en esta reestructuración más allá de los nombres.

En esta amalgama a los protagonistas no se los puede catalogar de manera unánime: están los peronistas que enfrentaron al propio PJ duhaldista aun cuando sus raíces están en esa formación política; aquellos que se alejaron de la estructura partidaria y construyeron bases de organización social en las calles pero que añoran con volver para conducirla; y los otros que, en su política de alianzas, se esperanzan con tener en el PJ un simple aliado menor que les permita bucear con comodidad las agitadas aguas de la construcción política alternativa.

Claro está que aquel peronismo golpeado en las urnas desde 2003 a esta parte, luego de una hegemonía que le duró más de 10 años, espera agazapado y muestra los dientes en cuanta oportunidad se le acerca. Si no, sólo hace falta recordar los reclamos de la barra del PJ bonaerense incitando a los gritos a Cristina Fernández de Kirchner —candidata a Presidente con victoria asegurada por adelantado— a que cantara la marcha peronista, o toreando la Concertación Plural cuando entonaban el clásico “el que no salta es radical” ante la inquietud del, a la postre, vicepresidente radical K Julio Cobos.

Entonces, surgen inevitables preguntas:

– ¿Cómo se acomodan en esta maquinaria aquellos kirchneristas que enfrentaron al PJ tradicional y con los que ahora deberán convivir?

– ¿Cómo construyen un espacio de poder que les permita sentarse en la misma mesa de discusión sin que los nuevos invitados les quiten las sillas y los dejen afuera?

Nuevos intendentes, nuevos desafíos

Los bastiones históricos del duhaldismo en el Conurbano bonaerense fueron víctimas —en su mayoría— de la ola renovadora que arrasó con caudillos otrora imposibles de batir. Manuel Quindimil en Lanús —también apodado “el maestro de los intendentes” por el mismo ex presidente Néstor Kirchner—; Jorge Villaverde en Almirante Brown; los matrimonios de Daniel Arcuri y Brígida Malacrida en Presidente Perón, o Mabel Müller y Oscar Rodríguez en San Vicente.

Algunos otros con impronta K también debieron dejar su lugar por los denominados representantes de la nueva política. Estos fueron los casos de Sergio Villordo en Quilmes o el vecinalista Alberto Groppi en Esteban Echeverría.

Darío Díaz Pérez, Darío Giustozzi, Aníbal Regueiro, Daniel Di Sabatino, Francisco Gutiérrez y Fernando Gray tienen ahora un mismo desafío renovado: controlar el PJ de sus distritos. Todos ellos saben que el antecedente de haber ganado una elección general les resuelve una parte del problema pero admiten por lo bajo que “el poder político aún no está ganado”, reconoció en un estricto off uno de los intendentes consultados por ZOOM.

Varios de ellos han optado por la modalidad de alianzas, sumando a figuras de las filas de sus recientes enemigos políticos en la construcción política para, de ese modo, no sólo asegurarse la gobernabilidad deseada sino, especialmente, desbaratar cualquier intento de asalto en el control del PJ. El caso más emblemático es el de Almirante Brown, donde el oficialismo logró cosechar 9 bancas en la última elección que se sumaron a las 3 que heredaban del 2005. Sin embargo, ante un Deliberativo dividido logró estrechar lazos peronistas con media docena de concejales cercanos al archi rival Villaverde, que así y todo todavía sueña con disputarle la comandancia partidaria a Giustozzi.

Algo similar ocurrió en Presidente Perón, lugar en donde pudo más la antipatía a los Rodríguez que la confluencia de liderazgos. Así las cosas, desde el oficialismo aseguran que “el 90 por ciento de las líneas políticas locales están de acuerdo con que sea Regueiro el presidente de la Mesa Partidaria”.

En Lanús, Díaz Pérez cuenta con un as en la manga, y se trata de su padrino político el senador José Pampuro. Pepe —ex ladero de Eduardo Duhalde— tiene todas las fichas para ser el próximo jefe del PJ local, y desde ahí cimentar sus aspiraciones a un cargo de relevancia en la conducción provincial acompañando al actual vicegobernador Alberto Ballestrini, “si todo sale como está planificado”, dicen quienes lo acompañan.

En San Vicente está todo dado para que Di Sabatino encare la recta hacia la presidencia partidaria, aun si debe enfrentarse en su camino con el propio Arcuri. Las alianzas ya le dieron sus primeros frutos y goza de un respaldo público que hace titubear a los ex mandamás duhaldistas del pago.

La situación en Quilmes y en Echeverría parece un poco más embrollada. Y si bien la antinomia entre el Barba Gutiérrez y Villordo —hombre del ministro de Justicia Aníbal Fernández— es aún muy fuerte, el jefe comunal ya logró seducir a antiguos anibalistas para su proyecto de consolidación política que, aunque aparece renovador, utiliza los mismos métodos que los puestos en marcha por sus pares.

En tanto, Gray debe enfrentar a su enemigo partidario en la interna misma de la gestión debido a que su elección la ganó en sociedad con el PJ histórico de Echeverría encarnado en el concejal Luis Obarrio, que se ve tentado de arrebatarle algo del poder conseguido en las urnas por el jefe comunal.

Los piqueteros peronistas quieren ser parte del partido más grande de la argentina

Es conocido el enfrentamiento que existe entre las organizaciones sociales peronistas con las estructuras partidarias que respaldaron el modelo menemista en los ’90 y la construcción política del duhaldismo en forma conjunta y a la vez paralela en la provincia de Buenos Aires. Pero la seducción de ser parte del partido más grande de la Argentina parece irresistible.

Si nos propusieran un multiple choice para adivinar al autor de esta frase, en la lista de elecciones estarían José María Díaz Bancalari, seguramente; Francisco De Narváez, probablemente; Emilio Pérsico, de ningún modo.

El dirigente piquetero, hasta hace poco funcionario del ex gobernador Felipe Solá y uno de los artífices de la marcha anti cacerola del campo en Plaza de Mayo, cree “profundamente” en la construcción de un PJ “abierto, nuevo y moderno que sea la columna vertebral del Movimiento Nacional y Popular”, según le aseguró a ZOOM. Y sus convicciones están basadas en la acumulación de representación institucional que, a su entender, refleja el mando que debiera tener la nueva estructura partidaria. En este marco, señala que el Movimiento Evita —desprendimiento político del grupo piquetero que creó a fines de los 90— tiene 8 diputados nacionales y desde su sector se esperanzan en hacerlos pesar en la reconstrucción del PJ.

Pero también son conscientes de que con la llegada del PJ aliado —el mismo que enfrentó al kirchnerismo en 2005— han perdido terreno y deben tomar estrategias para recuperarlo. El mismo análisis hace la Federación de Tierras y Viviendas (FTV) que lidera el controvertido Luis D’Elía.

El punto de inflexión que eligieron fue la Plaza de Mayo de los disturbios con las cacerolas que respaldaban el lock-out del campo. Lejos de aquietar su imagen pública tras las acusaciones de “patoteros”, los piqueteros oficialistas toman estos hechos como una bandera de defensa del proyecto nacional del matrimonio Kirchner y capitalizan —si es que vale la utilización de la palabra— sus efectos. “Mientras el PJ de origen duhaldista y menemista dudaba sobre su postura, nosotros fuimos a defender al Gobierno”, coincidieron consultados por ZOOM. Además, el agradecimiento de la presidenta Cristina Kirchner a los movimientos sociales y los sindicatos, excluyendo al justicialismo, es tomado como “un triunfo” sobre sus adversarios políticos.

“El objetivo es la construcción del Movimiento Nacional y Popular con la integración de los Movimientos Sociales, el PJ, los radicales K, los Sindicatos, la Centro Izquierda, y todos los sectores que se sumen”, aseguró D’Elía. “Ganar la Plaza” es la consigna, dispositivo similar al que desplegaron en 2003 luego de que Kirchner asumiera la Presidencia congelando las protestas callejeras.

Piqueteros kirchneristas pero sin PJ

Sin dudas, el hueso más difícil de roer para el matrimonio presidencial es el que encarna Libres del Sur, movimiento que tiene origen en la organización piquetera Barrios de Pie que, a pesar de denominarse kirchnerista, cuestiona profundamente la participación del ex presidente Kirchner en la reorganización del PJ. Y sus dichos no son solo palabras ya que demostró estar enfrentado a los propios designios del matrimonio K en varias oportunidades.

Esa estrategia, la del cuestionamiento y la cuerda tensada al límite, es uno de los pilares de la construcción política que elabora este sector para enfrentar el avance del PJ, que entienden como “un retroceso en el proyecto nacional”.

La idea de máxima que se plantean es la construcción de una fuerza política de centro-izquierda “con cuadros aguerridos” que conformen lo que denominan el proyecto nacional y popular estratégico “con una base del peronismo”.

El reclamo que le hacen a Kirchner no es solamente su asunción en el PJ o su falta de voluntad de presidir el Frente para la Victoria —herramienta electoral que utilizó desde su llegada a la Casa Rosada—. Se trata de una crítica mucho más profunda: se lo acusa de hacer alianzas coyunturales con lo viejo porque entienden que encuentran “límites propios en la construcción de una política renovada”.

Sin embargo, su apuesta no es romper la ligazón política con el Gobierno nacional, ni tampoco con los locales representados en los denominados nuevos intendentes. En ambos escalafones se encuentran posicionados y construyen política desde el marco institucional.

Tres grandes polos de poder que buscan un destino de la mano kirchnerista.

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