Nuevo golpe terrorista en Rusia

Por RAFAEL POCH – 03/09/2004

El conflicto de Chechenia se transmite de generación en generación, pero ya no queda lugar para la épica
El escenario del secuestro puede haber sido resultado de la improvisación, como en casos anteriores

La gran toma de rehenes de Osetia del Norte nos devuelve a las imágenes de Budionnovsk de junio de 1995, cuando Shamil Basaiev y sus lugartenientes Aslambek Ismailov, de Argin, y Aslambek Abduljadzhiev, de Shali, tomaron el hospital de aquella localidad de la región meridional rusa de Stavropol. Como aquello, lo de hoy es un nabeg, una razzia de represalia, como las que los chechenos realizaban en el siglo XIX contra sus vecinos y enemigos para robarles caballos y hacerse con prisioneros canjeables, en la época en la que Rusia ya practicaba contra ellos lo que ahora definiríamos como una guerra total.

El desmoronamiento de la sociedad chechena

Que en lugar de caballos haya niños de por medio dice mucho sobre el dramatismo y la crueldad que siguen imperando, un siglo después, en la complicada y castigada región. Pero no es necesario ir tan lejos. La sociedad chechena está en ruinas, como su capital, Grozny, a causa de aquella guerra nefasta, evitable y hoy todavía inconclusa, iniciada en 1994. Bajo la desastrosa batuta de una calamidad humana que lleva el título de Primer presidente de Rusia, la sociedad chechena se desmorona. Muy poco queda hoy de sus instituciones y códigos morales tradicionales. Incluso si lo hiciera muy bien, lo que no es el caso, la Rusia de Putin lo tendría muy difícil allá.

Entonces, en Budionnovsk, se capturaron casi un millar de rehenes entre los enfermos allí ingresados, incluidas madres parturientas y criaturas recién nacidas. Costaba imaginar algo más mezquino. Ismailov y Abduljadzhiev explicaron tres años más tarde que aquella había sido una acción prácticamente improvisada en sus formas. Se atacó Budionnovsk porque la caravana de autobuses y camiones en la que viajaba el comando fue detectada allá, se tomó un hospital como se podría haber tomado una iglesia. Lo que estaba claro desde el inicio era el propósito: iban a por todas. El programa mínimo era forzar la retirada de las tropas rusas, darle un giro a la situación. Morir importaba poco. El macrosecuestro salió bien. Moscú aceptó de palabra las condiciones del comando; dejó que los guerrilleros secuestradores regresaran a las montañas con parte de los rehenes, posteriormente liberados; se estableció un frágil alto el fuego y se abrió un marco negociador.

Todo aquello ocurrió debido a una constelación de factores de difícil repetición hoy, pero el modus operandi puede haber sido parecido en esta ocasión. En el tablero caucásico, la república de Osetia, con mayoría de población cristiana-ortodoxa y una tradición de rusofilia, ha sido siempre el peón seguro de Moscú en la región. La aristocracia osetina fue tempranamente integrada en el sistema imperial ruso y con Stalin los osetinos no fueron deportados en masa a Asia Central, como fue el caso de chechenos, ingushes, kabardos y otros.

Osetia del Norte mantiene una antigua y viva animosidad con los ingushes, los parientes étnicos más próximos de los chechenos, a causa de un pleito territorial vinculado a las deportaciones estalinistas. Osetia absorbió un distrito ingush y, ante las reclamaciones de éstos para que se restableciera la justicia, Moscú no dudó en ponerse de parte de los osetinos en 1992, dando carpetazo al asunto. El actual presidente de Osetia del Norte fue miembro del último politburó del PCUS, algo inimaginable para otros pueblos castigados del Cáucaso. Están también las recientes elecciones presidenciales chechenas, con las que Putin busca restablecer un inicio de autogobierno en el territorio. Lo que queda de la guerrilla chechena quiere demostrar que los avances en materia de normalización son ilusorios.

Incursión en el bastión caucásico de Moscú

Todas estas son razones en el intento de buscarle una lógica al actual secuestro. Pero, como en el caso de Budionnovsk, su escenario puede también haber sido resultado de la improvisación y de la oportunidad: es más fácil atacar un territorio próximo al foco guerrillero del Cáucaso, como es Osetia del Norte, que cualquier ciudad de Rusia.

El actual objetivo aún supera lo de 1995 por lo ruin y lo sentido de la emoción que suscita. Si hay algo que verdaderamente toca la fibra sensible en Rusia es el destino de los niños. Y lo que seguramente es común a 1995 es el propósito, la voluntad por parte de los secuestradores de darle un vuelco a una situación desesperada, y la determinación de que morir en el empeño es algo secundario.

Por ruin que fuera vista su acción desde fuera en 1995, sus autores sabían que se harían un lugar en la épica chechena. En busca del mismo heroico prestigio, surgieron en Chechenia nuevos émulos como el desequilibrado Salman Raduiev, protagonista de sonadas y desastrosas tomas de rehenes en Dagestán. Hoy las cosas se han podrido tanto que ya no se sabe ni siquiera si hay lugar para la lírica nacional en ese cáncer.

De los tres jefes de Budionnovsk, Ismailov murió durante la épica retirada de Grozny de enero del 2000, cuando los guerrilleros avanzaban por los campos minados nevados, con los comandantes abriendo camino para dar ejemplo. Allí perdió el extremo de una pierna el propio Basaiev (la acción de Osetia del Norte lleva su sello). De Abduljadzhiev se ha perdido la pista.

Los años pasan y las cosas no mejoran en Chechenia. Estamos ante un conflicto podrido que, como el palestino, se transmite con las generaciones.
Rafael Poch fue corresponsal de La Vanguardia en Moscú durante 14 años; desde el año 2002 desempeña ese puesto en Pekín

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