Nuestro Divino Señor Montano

Historias reales que son de no creer.

Como si los primeros cristianos no hubieran tenido bastante con el Padre y el Hijo, cupo al frigio Montano el mérito de agregar el Espíritu Santo. En la Antigüedad decir frigio no era decir una cosita de nada. Frigia, región interior del Asia Menor, en lo que hoy es Turquía, fue cuna de extrañas prácticas religiosas, en las que intervenían danzas extáticas, orgías y autocastraciones, que tenían lugar en cuanto la diosa Cibeles se apoderaba de los participantes. Fue ahí donde hacia 172, un oscuro sujeto a quien Eusebio de Césarea ningunea “el neófito Montano”, comenzó a predicar en la aldea de Ardabau.

No sé nada, pero me opongo

Eusebio estaba lo bastante lejos de los hechos –unos doscientos años– como para ser considerado testigo presencial, pero citando a Epifanio y a Tertuliano, da tranquilamente rienda suelta a su apego por la difamación: “Poco después de su bautismo se presentó como profeta y reformador, pretendiendo ser el órgano del Espíritu Santo, que sólo ahora, por obra suya iba a conducir a la cristiandad a la verdad eterna”.

Comenta Eusebio, más adelante, que las gentes simples y estúpidas recibieron el mensaje montanista con cierto escepticismo “pero cuando dos mujeres, Maximila y Priscila, se adhirieron y pronunciaron también en forma extática sus profecías y, sobre todo, cuando Montano prometió a sus secuaces lugar eminente en la venidera Jerusalén celestial, una ola de entusiasmo acabó con los reparos”.

El contenido de lo que predicaba el grupo nos llegó en forma fragmentada y sumamente tendenciosa, toda vez que consiste únicamente en la opinión de sus enemigos y detractores más acérrimos. Así, mediante citas de algunos heresiólogos, de relatos recogidos por Eusebio en su Historia de la Iglesia, y los del montanista arrepentido Tertuliano, sabemos que Montano tenía su «cuartel general» en Pepuza, a la que no vacilaba en llamar Jerusalén y donde había reunido a una multitud de seguidores.

El mensaje de Dios

No existe ningún indicio que relacione a Montano con los ritos paganos de Frigia, no obstante lo cual algunos detractores especularon sobre si el origen cultural frigio explica lo que fue el principal rasgo del montanismo: la posesión por el Espíritu Santo.

En efecto, nadie en el cristianismo primitivo le había dado mucha bolilla al Espíritu Santo, hasta que el predicador frigio y sus dos sacerdotisas aseguraron que, luego de la muerte de Jesús, el Espíritu seguía en actividad sobre la tierra, poseyendo a los fieles. Eso, cuando al trío se le entendía una palabra, porque en los momentos de trance daban en “hablar en lenguas”, hacer contorsiones y rodar por el suelo. A través de los tartajeos de Montano, el Espíritu Santo alcanzó a anunciar la inminencia de un segundo advenimiento de Cristo y hasta fijó fecha y lugar, por lo que recomendó una vida austera, con mucho ayuno y oración, más la disolución de los vínculos matrimoniales y el mandato de abstenerse de crear instituciones religiosas permanentes.

Por menos que eso, unos siglos después el más pintado acabaría en la hoguera, pero la Iglesia estaba aún en vías de institucionalización y todavía lejos de apoderase del formidable poder opresor, manipulador y homicida del Imperio Romano.

Montano cumple

Los mandamientos morales de los montanistas eran más rigurosos que los vigentes en la comunidad católica. En primer lugar, al menos según Tertuliano, prohibían las segundas nupcias de los viudos; luego, concedían mayor importancia a los ayunos y abstinencias, no tan extensamente practicadas entre los fieles, y tercero, juzgaban imperdonable la renuncia a la fe para evitar el martirio (téngase presente que eran épocas en que las persecuciones las llevaban a cabo los paganos contra los cristianos, y no los cristianos contra todo el mundo, como sería de uso en los siglos venideros).

Pese al respeto que entonces y ahora se dispensaba a los mártires, los voluntarios a integrar la legión eran bien pocos y la mayoría, luego de apostatar por miedo, solicitaba la readmisión en la iglesia, práctica condenada por el montanismo que, debido a su inflexibilidad, fue acusado de “rigorismo”.

Rigorista o no rigorista, el montanismo fue objeto de variados anatemas. En primer lugar, la esperanza en la inminente Venida resultaba perniciosa para quienes pretendían establecer instituciones duraderas sobre las que encaramarse. Por otra parte, la moralidad demasiado estricta de los montanistas no era para ser soportada por muchos, y ya la Iglesia había mostrado una razonable predilección por la cantidad por sobre la calidad. Pero seguramente el rasgo más inconveniente del montanismo fue la pretensión de trato directo con el Espíritu Santo, que restaba relevancia a la misión de la estructura eclesiástica: si era posible recibir mensajes personalmente de Dios ¿para qué perder el tiempo escuchando las necedades de un sacerdote?

Esto le valió al montanismo una tenaz persecución, que no le impidió propagarse por todo el imperio romano y después de la muerte de su fundador, la reverencia hacia Montano aumentó entre sus seguidores, llegando en algunas casos a su identificación con el Espíritu Santo. Una inscripción descubierta en el norte de África dice: “En el nombre del Padre, y del Hijo y de Nuestro Señor Montano. Todo lo que prometió, Él lo ha cumplido”.

Mil años por acá, mil años por allá

Los cristianos de las aldeas rurales de Frigia, procedían de un trasfondo pagano, de origen humilde y muchos de ellos eran esclavos. Vivían en condiciones precarias y difíciles, a lo que se sumó la persecución política y religiosa. Surgió así entre ellos una tendencia a interpretar estas condiciones como señales del inminente desenlace final de la historia, llevándolos a enfatizar los rasgos escatológicos, incluso apocalípticos, de la tradición cristiana.

La protesta montanista se dirigió fundamentalmente contra la institucionalización de la autoridad eclesiástica. Abogaba por comunidades cristianas edificadas mediante una amplia gama de ministerios carismáticos, que podían seguir escuchando la voz del Espíritu. Básicamente, el movimiento montanista fue, según algunos, parte de la tradición “juaniana”, así llamada por san Juan, tenido por autor del cuarto Evangelio y del Apocalipsis, y compañero de María Magdalena en la comuna cristiana de Efeso.

Fue precisamente de Juan de quien Montano tomó su término para el Espíritu Santo: Paracleto, amén de los temas de escatología y del milenarismo, del martirio, del conflicto entre la ramera Roma y la santa Jerusalén, la exaltación de la virginidad y todos los tópicos propios del libro del Apocalipsis, donde es evidente la antipatía hacia el sistema opresivo del Imperio.

El montanismo anidó profundamente entre los más pobres de los pobres: las mujeres campesinas. Habituadas al servilismo a que eran sometidas por las estructuras sociales establecidas, encontraron en la prédica de Maximila, Priscila y el Divino Montano una gran liberación.

Pero no fue un fenómeno exclusivamente femenino, sino una masiva respuesta de las clases rurales oprimidas al poder del Imperio y, más directamente, a los obispos de las ciudades, siempre muy dispuestos a hacer las paces con el poder, por más pagano que fuese.

Por detrás de las ideas y prácticas escatológicas del montanismo, es evidente la presencia de un pueblo oprimido y reprimido que se resiste a someterse a las condiciones dictadas por la autoridad.

El final es el merecido: lo mismo que otros movimientos anarquizantes, el montanismo fue brutalmente difamado y aplastado sin misericordia, para mayor gloria del Orden y la Disciplina.

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