Nosotros hacemos, pero ¿quién lo hizo?

Una parte de la sociedad argentina parece desencantada con el gobierno, como cuando se advierte que ese amor no fue lo que parecía.

Los éxitos económicos del período 2003-2008 incluyeron la creación de unos 4 millones de puestos de trabajo. Que no se haya reducido notablemente la brecha entre ricos y pobres prueba que los primeros aprovecharon mejor la etapa porque, a la hora de la largada, ya corrían con una ventaja de varios kilómetros.

Queda por ver cómo se expresará esa decepción en las urnas.

El gobierno sabe, aunque no lo traduce con la claridad necesaria, que ese aumento del empleo –su logro– ya no es suficiente como para salir de la pobreza. Para colmo, la crisis mundial puso todo de cabeza, y ahora hay que salir a apagar algunos fuegos espontáneos mediante más de 70 mil subsidios de desempleo, intervención del Banco Nación y la ANSES, y créditos al consumo.

Ese sector desilusionado vota más por las expectativas a futuro (ve peligrar su predominio) que por ese éxito indudable del modelo económico. Sobre esa incertidumbre actúa la guerrilla simbólica de los medios: dengue, gripe porcina, inseguridad, etc. Todo sirve.

La oposición se vale de las mismas armas: parece que Aerolíneas pierde 4 millones diarios; parece que la ANSES está repartiendo dinero irresponsablemente y en pocos meses no habrá plata para los jubilados; parece que habrá fraude en el recuento de votos.

Y ahora, para colmo, parece que los votos a Kirchner en el conurbano neutralizarán el rechazo en el interior de la provincia de Buenos Aires, afectado en apariencia por la política agropecuaria.

No hay apelaciones a esos empresarios que votarán a la oposición por la desconfianza que está generando un gobierno que ahora, quizás un poco tarde, vuelve sobre sus orígenes.

Esos empresarios siguen evadiendo la ley para sostener empleo en negro, que no tributa al sistema previsional. Si lo hicieran, aumentaría el nivel jubilatorio. Y tampoco se interrogan sobre su propio discurso, porque jamás denunciaron la especulación financiera de las AFJP. También ocultan que, a diferencia del pasado, cuando las cajas previsionales fueron vaciadas para tapar agujeros financieros del Estado, ahora se invierte en actividades productivas.

No es una diferencia menor, porque aquellos vaciamientos requerían reponer el faltante con nuevos préstamos financieros a tasas cada vez más altas, o stand-by del FMI, y con esta intervención se sostienen puestos de trabajo que alimentan al sistema previsional en lugar de quebrarlo.

Ponen el grito en el cielo por el aumento de precios, pero si los números más catastróficos marcan 1,3%, esto significa que no hay inflación significativa. Con la misma desconfianza se perciben los reclamos salariales, como si la concertación social fuera viable sólo si se respetan las distancias.

También hay críticas por izquierda: las AFJP eran ruinosas, pero si repartiéramos entre los jubilados los fondos de la ANSES, aumentarían los ingresos. Con el mismo criterio, si distribuyéramos las reservas del Banco Central, todos podríamos pagarnos una fiesta con champán y caviar.

La administración del miedo y la incertidumbre lleva a diluir la identificación de los autores de estos cambios, como si estos fueran producto de la casualidad, el viento de cola o el piloto automático.

Y juega una gran confusión en estos sectores, tanta que no pueden distinguir la diferencia entre dos consignas antagónicas: “Menem lo hizo” y “Nosotros hacemos”.

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