“No veo capacidad de liderazgo en Cristina”

El periodista y conductor radial analiza críticamente al gobierno nacional y al kirchnerismo, advierte que en la medida en que no se amplíe el arco de alianzas, se genera desánimo “en quienes intelectualmente quieren ver en este proceso la posibilidad de avanzar” y es contundente con los medios masivos de comunicación: “Hoy por hoy son el gran partido de la derecha. En términos de expresión de una única cultura posible, la del consumo, el mercado y la banalización analítica.”

Eduardo Aliverti es uno de los periodistas radiofónicos más reconocidos del país y, en los últimos años, uno de los referentes más claros de aquello que podría llamarse apoyo crítico al gobierno kirchnerista, sobre todo desde sus artículos analíticos en Página 12 y su programa Marca de Radio (por La Red los sábados a la mañana). Además, dirige la escuela de radio —y ahora también periodismo en general— Eter, que fundó en 1997, a la que dice haber pensado “como un proyecto, primero, político. En segundo lugar, periodístico. Y en tercer lugar, si hay un mango, bienvenido, pero es lo de menos. Para mí la docencia se ha convertido en algo que ya no puedo elegir, no es algo que podría dejar. Tiene la misma relevancia que mi labor periodística.”

—¿Cómo cree que evolucionó, en rasgos generales, en los últimos veinticinco años el poder condicionante de los medios?

—Muchísimo. Hoy por hoy son el gran partido de la derecha. En términos de expresión de una única cultura posible, la del consumo, el mercado y la banalización analítica. Y, menos filosóficamente expresado, creo que asistimos ya no a una etapa de mediatización sino de megacorporativización, por la cual hoy de ninguna manera podemos hablar de medios periodísticos. Son megacorporaciones que entre otros negocios manejan multimedios, pero además manejan entretenimientos varios, aeropuertos, telefonía, medicina prepaga, petróleo. En Argentina se alcanzó una especie de cénit, en algún sentido un sinceramiento, de los medios de comunicación como territorio de conquista de negocios. El segundo problema grave que noto es que la concientización popular al respecto es bajísima. Y no hay debate porque los propios medios están interesados en que no lo haya, por fuera de algunas publicaciones específicas y espacios de radio. ¿Dónde se puede debatir esto para generar conciencia sobre qué se juega detrás de Clarín, detrás de La Nación, de Hadad? En la medida en que no haya un corpus de nuevas políticas sociales, un nuevo espíritu de confrontación al poder real, va a ser muy difícil que haya un debate productivo.

—¿Y cómo evalúa en ese panorama el proyecto de nueva Ley de Radiodifusión?

—Es una ley que dentro de la correlación de fuerzas es valiosa. Demás está decir que no modifica cosas hacia atrás, como las licencias concedidas por 25 años. Pero afecta intereses hacia adelante. No en vano, junto con la Ley de entidades financieras es una de las no modificadas desde la Dictadura. Por otra parte, no te quepa ninguna duda de que los medios no la van a discutir de frente; Clarín le mete veinticinco tapas en contra al Gobierno y ya, te va a hablar de casos de inseguridad, va a descubrir diecisiete casos Skanska, ochenta Antoninis Wilson. Porque al revés de lo que sucedía con el llamado campo, que tenía algún anclaje de simpatía en la clase media más gorila y frívola, ¿qué van a salir a decir los medios? ¿Van a salir a cuestionar que una ley derogue la de los milicos? No pueden, y van a pegar por otro lado; hay que ver cómo se la banca el Gobierno. Los medios son el poder, y todo es ilusión menos el poder, decía Lenin. Y no hay mucha conciencia sobre esto. Yo adhiero a la concepción respecto de que primero viene la conciencia, después la organización y después la lucha.

—¿Cuáles son sus expectativas anímicas, por así decir, respecto del devenir del kirchnerismo?

—Adhiero a la interpretación de uno de los sociólogos que considero más respetables, Alejandro Horowicz: claramente este no es un gobierno de izquierda, pero tan claro como eso es que no hay nada a la izquierda de esto. Ahí yo me planto. Con una dosis en absoluto aguachentada de pensamiento crítico. Tengo profundos cuestionamientos hacia el Gobierno; es un gobierno reducido, entrópico, endogámico, chiquitísimo, básicamente la pareja y Zanini. No han abierto el juego a la formación de nuevos cuadros. Y en términos de modelo económico, en lo sustantivo no ha hecho mucho más que apoyarse en la república sojera. No se planteó hasta ahora una salida del esquema clásico agroexportador. Pero ha tenido algunas líneas de construcción de Gran Relato que dejan espacio como para disputar algunas líneas de acción que hasta hace diez años eran impensables. Aún cuando se acepte que eso fue mucho más por necesidad de las circunstancias locales y luego mundiales que por convicción ideológica. Cosas por las que uno batalló durante tanto tiempo, como cierta intervención del Estado en la economía en contra de los desequilibrios sociales, que con la 125 fue muy claro, o mismo el proyecto de Ley de Radiodifusión, más los, si querés, clichés clásicos de lo positivo del Gobierno, el cambio en la Corte Suprema, la revisión del pasado dictatorial, naturalmente merecen la aprobación. Aparte me planto acá en contra de la posibilidad de una reentronización de una opción conservadora, que es a mediano plazo el escenario que veo más claro: un eje de centroizquierda, al menos en su relato, articulado en el kirchnerismo, y un frente de derecha, que no logró hasta ahora articular mayores cosas por lo formidable de los egos de cada quien. Pero si pensamos en la guerra gaucha, la dictadura y el menemato, sabemos que hay que estar prevenidos porque esta es una sociedad muy rápida para quedarse sin memoria.

—¿Cree que la centroizquierda está anclada a ese eje kirchnerista?

—Creo que el kirchnerismo está lejísimo de ser un techo de nada (entiendo por kirchnerismo esta especie de gran relato epocal que se vertebra a través de esta instancia político-institucional), pero que se ha acercado a ser el piso de algo. Y yo de este piso no quiero retroceder. De este tipo de posibilidad de discurso, de defender sin empachos la intervención estatal en economía, no quiero retroceder. Y claramente por fuera de esto por ahora hay lo peor.

—¿Pero el kirchnerismo no pone a su vez un freno a ese avance?

—Es muy probable que lo esté poniendo cuando apuesta a articular con el propio PJ, con lo peor del PJ. Me parece que el kirchnerismo no brinda gestos, más allá de su relato, de querer articular por fuera de las estructuras tradicionales. Después hay algunos elementos que uno quizá por formación ideológica estructural tiende a secundarizar pero no son menores. Por ejemplo, de esta presidenta se esperaba mucho más, o por lo menos uno esperaba mucho más, aunque no la haya votado, en términos de gestión concreta. No le veo capacidad de liderazgo. Y veo un país muy anclado en esta figura llamémosle monárquico progresista, y eso es peligroso, porque en la medida en que no se amplíe el arco de alianzas, como al menos en teoría quiso hacer primero la transversalidad y después la Concertación, generás desánimo en quienes intelectualmente quieren ver en esto la posibilidad de avanzar.

—Si, como dice, buena parte de lo elogiable del kirchnerismo fue reflejo forzado de ciertas condiciones que encontró en la sociedad, ¿expresa, en ese sentido, una maduración cívica nacional?

—Probablemente sí, porque está muy cerca lo que fue la experiencia de derecha explícita del menemismo. Me da la sensación de que Kirchner fue vivo para advertir que no podía hacer otra cosa que un instrumentador de un nuevo relato progre. El sabrá cuánto de convicción ideológica hay. Pero no creería equivocarme que es un peronista hecho y derecho, a propósito del pragmatismo con que es capaz de operar. Yo creo que el peronismo es la gerencia general del capitalismo en Argentina. Son como Nueva York los peronistas, tienen lo mejor y lo peor del mundo. Según los momentos epocales, aparece una cosa o la otra. Kirchner es tan pragmático como Menem, sólo que el camino más propicio que se le presentó era otro. Y además, el trabajo sucio ya se lo había hecho el gobierno peronista anterior, la devaluación más grande de la historia del mundo. Pero tampoco vamos a quitarle el mérito porque si no nos situaríamos en una posición casi esquizoide de no entender lo que se está generando frente a un hecho muy concreto. O sea, retrancar ciertos apoyos al Gobierno porque sus actos provendrían de la necesidad y no de la convicción, es retrancarse uno mismo en su observación del campo de batalla.

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