No hay peor ciego

En el tercero de sus libros bienales sobre la administración Bush y su “guerra contra el terrorismo”, el periodista Bob Woodward detalla los muchos errores cometidos en la invasión y ocupación de Irak, y deja muy mal parado al jefe del Pentágono, Donald Rumsfeld.

En febrero de 1991, cuando con venia de las Naciones Unidas, Estados Unidos y otros 33 países contaban con más de medio millón de soldados en la región del Golfo, la justificación de que Irak había invadido Kuwait y el respaldo de buena parte de la opinión pública dentro y fuera de Estados Unidos, después de un mes de bombardeos de intensidad y precisión sin precedentes y de operaciones en tierra que mataron a unos 100 mil soldados iraquíes y apenas 300 de la coalición, estaba abierta la ruta a Bagdad y el presidente George H W Bush, padre del actual, detuvo la ofensiva exactamente donde la onu había indicado: en la frontera de Kuwait.

Para muchos aquello fue un error: la autopista de Basora a Bagdad era un largo cementerio bordeado de cadáveres, tanques y camiones incinerados por las fuerzas aéreas de la coalición. En el sur de Irak bullía la revuelta chiita contra el régimen suní de Saddam Hussein.

En el norte de Irak amanecía para los kurdos la autonomía de hecho por la cual lucharon durante décadas. Hussein estaba en la lona, la opinión pública celebraba la mayor victoria del “nuevo orden mundial”, y los analistas militares se maravillaban de la eficacia de las “bombas inteligentes” y el uso abrumador de fuerza para la conclusión rápida de una guerra. ¿Por qué G H W Bush no siguió la marcha victoriosa?

En su libro State of Denial (Estado de negación), el editor adjunto del diario The Washington Post y periodista famoso, Bob Woodward, cita a Bush padre durante un discurso en el octavo aniversario del fin de la Primera Guerra del Golfo. G H W Bush estaba hablando ante una audiencia peculiar, unos 200 ex combatientes de aquella guerra y en Fort Myer, una base del Ejército en un suburbio de Washington. “Si hubiésemos seguido a Bagdad -algo que podríamos haber hecho, que ustedes hubiesen podido hacer- habríamos llegado en 48 horas.

¿Y después qué? ¿Cuántas hubiesen sido las vidas de sargentos, de soldados, en juego en una cacería quizá infructuosa, en medio de una guerrilla urbana, para encontrar al dictador más escondido del planeta? ¿La vida de quiénes hubiesen estado en mis manos como comandante en jefe porque yo, de manera unilateral, hubiese ido más allá de lo autorizado por la ley internacional, más allá de la misión declarada, y hubiese dicho que íbamos a mostrar qué machos somos? Vamos a Bagdad. Vamos a ser una potencia de ocupación. Estados Unidos ocupando tierras árabes sin aliados a nuestro lado. Hubiese sido un desastre”.

En marzo de 2003, sin autorización de las Naciones Unidas, con apenas dos aliados que enviaron tropas en número serio (el Reino Unido y Australia), sin justificación ante la opinión pública mundial y con unos 260 mil soldados, el presidente George W Bush invadió Irak con dos excusas que han resultado falsas: que el régimen de Hussein poseía armas químicas, biológicas y radioactivas, y que tenía vinculaciones, quizá complicidad, con la red terrorista Al Qaeda, responsable de los ataques del 11 de setiembre de 2001.

En 2002, Woodward publicó su libro Bush at War (Bush en guerra), que describe cómo la administración Bush pasó de la ausencia de rumbos y una política internacional bastante aislacionista a la misión global de lucha contra organizaciones terroristas después del 11 de setiembre de 2001. En 2004, Woodward publicó su libro Plan of Attack (Plan de ataque), que es una cuidadosa reconstrucción de la manera en que la administración Bush cambió su enfoque de la guerra contra los terroristas en Afganistán a la preparación de la guerra en Irak.

Puntual, cuando faltaba un mes para la elección legislativa del 7 de noviembre en la cual estará en juego la hegemonía que el Partido Republicano ha mantenido en ambas cámaras del Congreso, de manera casi ininterrumpida desde 1994, otro libro de Woodward se ha convertido en parte del debate electoral.

Muchos cómo, pocos por qué

Un state of denial es la condición de la persona que se niega a admitir, a reconocer, lo que ocurre realmente. Es el rechazo de la realidad, y el propósito principal del libro de Woodward es demostrar, precisamente, que la administración Bush no aceptó la realidad durante la planificación del ataque a Irak, no la reconoció después de su rápida victoria militar, no supo aceptarla cuando comenzó la insurgencia y, desde entonces, se rehúsa a aceptarla aun al costo de ya casi 3 mil soldados muertos, unos 20 mil heridos y el atascamiento en el Golfo de unos 150 mil soldados estadounidenses.

Woodward es un especialista en este tipo de libros, y durante una generación ha sido modelo (y envidia) para periodistas en todo el mundo. Woodward y su colega Carl Bernstein eran jóvenes reporteros del Post cuando una noche de 1972 llegó a la sala de redacción la noticia policial de una irrupción en la sede del Comité Nacional del Partido Demócrata en el edificio Watergate, de Washington.

Durante los dos años siguientes, Woodward y Bernstein estuvieron al frente del penoso descubrimiento de las muchas ilegalidades y abusos, mentiras y encubrimientos que condujeron en julio de 1974 a la renuncia del presidente Richard Nixon. En la película All the President’s Men, de 1976, Woodward salió agraciado en su paso a la fama cinematográfica gracias a la actuación de Robert Redford.

El nuevo libro de Woodward ha enfurecido a los republicanos y se ha convertido en munición política para los demócratas. La Casa Blanca, el Pentágono y el Departamento de Estado han salido a refutar algunos detalles del libro. Más y más militares retirados y ex funcionarios de la administración Bush han salido a ratificar algunos detalles y a ampliarlos con más revelaciones del proceso que condujo de la decisión -a fines de 2001- de invadir Irak, al empantanamiento actual en la implosión del Estado iraquí.

Pero el libro de Woodward describe sólo un lado de la historia. Y el hecho de que lo describe de manera tan sólida, con fuentes inimputables, abundante información, acceso a documentación que fuera secreta, y el talento y habilidad del periodista para captar el conjunto y narrarlo de manera interesante y educativa, no alcanza a cubrir otro hecho: es un libro unilateral.

Las muchas torpezas de la administración Bush quedan a la luz. Especialmente, queda bajo muchos reflectores el jefe del Pentágono, Donald Rumsfeld, quien emerge del libro como un hombre muy inteligente, manipulador, arrogante, obsesionado por mantener el control de detalles secundarios o ínfimos, y sobre todo muy ducho y apasionado en las luchas por tajadas de poder.

Pero Woodward no logra, o quizá tampoco se propuso, explicar las razones que tuvo la administración Bush para ciertas decisiones, o que tuvieron los funcionarios criticados para sus decisiones. A menos que uno ya arranque con la idea general de que Bush es estúpido, el vicepresidente Dick Cheney es malvado, Rumsfeld es loco, Colin Powell, el ex secretario de Estado, es un nabo, la ahora secretaria de Estado, Condoleezza Rice, es una gila, y todo lo que haga Estados Unidos es intrínsecamente malo, este libro no contribuye a comprender la historia.

Botón de muestra

Una vez concluida la etapa de invasión-bombardeo, irrupción desde Kuwait, toma de Bagdad, desaparición del régimen de Saddam, la administración Bush puso en Irak en abril de 2003 a un administrador interino, el general retirado Jay Garner, quien de inmediato se abocó a la reorganización de servicios públicos y el comienzo de un diálogo con diferentes facciones políticas. La idea era, aparentemente, que se establecería un gobierno iraquí, interino, y para agosto quedarían sólo unos 30 mil soldados estadounidenses en Irak.

Garner, elegido por Rumsfeld meses antes de la invasión, tenía en marcha las gestiones que hubiesen incorporado al esfuerzo al menos a 150 mil soldados y policías de las desbandadas fuerzas de seguridad de Hussein, a un costo de 20 dólares por mes, por uniformado. Ése hubiese sido el esqueleto del nuevo estado iraquí, y Garner estaba seguro de que ése era el plan de Washington.

En mayo a Garner lo sustituyó el nuevo director de la Autoridad Provisional de Coalición, Paul Bremen. Las dos primeras medidas anunciadas por Bremen fueron un severo plan de desbaathificación, y la disolución de las fuerzas armadas y policiales. La desbaathificación, esto es la ilegalización del Partido Baath y la proscripción de todos sus miembros, siguió el modelo de la desnazificación de Alemania en 1945: todo miembro del partido Baath quedó excluido de funciones públicas.

Con ese decreto, la Autoridad Provisional de Coalición empujó a la clandestinidad a más de 60 mil personas en un país donde la afiliación al Partido Baath no era cuestión de simpatía ideológica sino de conveniencia y supervivencia. La disolución de las fuerzas armadas dejó en la calle, sin sueldo, sin empleo y sin futuro, a más de 150 mil soldados que estaban dispuestos a cooperar con el nuevo régimen.

Dos plumazos de Bremen empujaron a 200 mil iraquíes, muchos de ellos bien armados, con experiencia militar, con influencia política, con contactos locales y regionales, a una oposición que pronto se tornó violenta.

El libro de Woodward describe con detalle impresionante este proceso. Woodward incluso cita a un coronel del Ejército de Estados Unidos, Steve Peterson, quien antes de que comenzara la invasión de Irak había descrito a sus colegas en Kuwait una posible estrategia de resistencia del régimen de Hussein: la dispersión de todas las fuerzas policiales y militares, el desvanecimiento de las unidades armadas del partido Baath ante el empuje estadounidense, y luego una campaña de ataques menores, constantes, numerosos, que agotarían al invasor.

Es decir, se cumple la premisa central del libro de Woodward: la administración Bush tuvo y tiene a cada paso ante sus ojos una realidad. Pero rehúsa reconocerla, la niega, y actúa de manera torpe. En la segunda parte, el libro de Woodward se ocupa de manera más abundante del engaño, la mentira, la información manipulada que, según el autor, forman parte de la actual política de la administración Bush para ocultarle a los estadounidenses la realidad.

Donde el libro escasea es en la curiosidad, ese vicio que separa al periodista del escritor político. ¿Cuál fue la razón real por la cual el presidente Bush invadió Irak? ¿Cuáles fueron las razones para que generales de cuatro, tres, dos y una estrella se callaran la boca ante el ímpetu, primero, y los errores, después, de Rumsfeld? ¿Por qué razones Rumsfeld preparó tan bien una campaña militar rápida y exitosa, pero no la ocupación que la seguiría?

¿Cuál fue el razonamiento que guió el viraje de la política de reorganización del Estado iraquí que inició Garner, y la disolución de los componentes de ese Estado decretada por Bremen?

En el libro aparecen Rumsfeld, Cheney, el ex subjefe del Pentágono (y ahora presidente del Banco Mundial) Paul Wolfowitz, y personajes de menor monta pero cierto renombre en la constelación de los “neoconservadores”, como promotores de planes y acciones políticas, administrativas y militares que han resultado equivocadas.

En la extensa descripción de errores que cubre 490 páginas -complementadas por 50 páginas de notas- esa camarilla aparece y desaparece, se la ve obstruyendo cursos de acción que, ahora, lucen como más convenientes, o empujando cursos de acción que, ahora, se reconocen como desastrosos.

Pero Woodward, quien obviamente consultó a esas mismas personas para verificar los hechos, no incluye en su libro los razonamientos que guiaron esas políticas

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