“Ni proteccionismo nacional, ni liberación económica: proteccionismo regional”

El politólogo brasileño señala al Banco del Sur y a la moneda única como instrumentos centrales para escudar al Sur de la crisis global. Reivindica la generación de un mercado interno de consumo y en términos políticos rechaza falsas polémicas con una definición categórica: «La línea demarcatoria de América Latina no es entre una buena y una mala izquierda. La línea está entre los que firmaron el Tratado de Libre Comercio y los que están por la integración regional.»

“¿Esto se edita después, no?”, consulta Emir Simão Sader ante la primera pregunta de ZOOM , dando a entender que el tema necesita de una introducción larga. Afable y cortés, Sader ya está instalado detrás de su escritorio del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO), flanqueado por el emblema de los indígenas andinos, el wiphala. Rodeado de libros y folletos va tecleando la laptop mientras responde en voz suave y en portuñol. El profesor y analista político Emir Sader es uno de los intelectuales de mayor prestigio de la izquierda brasileña. Durante la dictadura militar en Brasil, se exilió a Argentina, Chile, Cuba y Europa. Como autor y compilador lleva publicados más de 40 libros e innumerables artículos en revistas académicas y periódicos de América Latina y Europa. Actualmente es Director ejecutivo de CLACSO y es uno de los mentores del Foro Social Mundial. Aquí conversamos con él sobre la crisis económica mundial, ofreciendo respuestas alternativas a las consignas hegemónicas de cómo enfrentar los desafios desde el sur del continente, fortaleciendo los mecanismos de integración regional (Mercosur, Unasur, Alba). El filósofo y politólogo también habla de la reunión del G-20, sin dejar de referirse a los desafios para Argentina y el papel de las ciencias sociales y los intelectuales en la coyuntura actual.

—¿Cuál es su mirada acerca del impacto y la repercusión de la crisis económica mundial?

—Es una crisis del capitalismo que se ha caracterizado por expandir la economía, pero sin lograr expandir al mismo nivel el mercado de consumo, marcado desde siempre por crisis de superproducción. En la historia reciente, el capital se derivó hacia la especulación financiera, la desregulación y el libre mercado, a través de la aplicación del neoliberalismo, cuyo sistema aniquiló la inversión productiva para facilitar lucros exorbitantes de poderes económicos concentrados que no pagan impuestos y amparados en la esfera especulativa. El 90% de los intercambios económicos del mundo no son compra y venta de bienes, sino compra y venta de papeles, un verdadero “cáncer”. Siempre se dijo que cuando Estados Unidos fuera víctima de la especulación financiera sacudiría al sistema económico mundial. Hubo varias crisis de capital, pero lo más grave que ocurría eran las disminuciones de ganancias en las Bolsas de Nuevas York. En cambio ahora, los créditos ficticios formaron pirámides que explotaron como burbujas en el corazón mismo del capitalismo, afectando al sector financiero y al productivo, provocando recesión.

—¿Cómo afectará a nuestra región?

—Esta crisis se generó en el centro y afectará a todas las economías, y no necesariamente porque estemos atravesados por la globalización, sino porque el modelo neoliberal fragilizó nuestras economías. Esta crisis llega por la falta de crédito y por la disminución de demanda. Estamos menos débiles porque estamos profundizando la integración regional. Con la diversificación del comercio internacional, el peso de Estados Unidos es mucho menor. El epicentro de la crisis esta ahí; además estamos con menos presiones del Fondo Monetario Internacional (FMI).

—¿El fortalecimiento dependerá de una mayor integración regional?

—Se está experimentando un mayor comercio interregional, como los intercambios entre Brasil, Argentina y Venezuela. El desafío es desarrollar mercado interno de consumo popular para democratizar el acceso a los bienes, que a su vez brindará mayor legitimidad a nuestros gobiernos para implementar políticas sociales. Si bien estamos antes gobiernos progresistas, nuestros Estados aún no están adecuados para poner en práctica políticas sociales, pero debemos ir adaptándolos. Generar mercado interno de consumo y aplicar políticas inclusivas nos va a facilitar herramientas para defendernos mejor de esta crisis. El crack del ‘29 quebró todas las economías, además de provocar las caídas de muchos gobiernos —inclusive progresistas— porque todos eran exportadores, dependientes de los mercados del centro. En cambio, hoy nuestra región no está sufriendo como otras veces, fundamentalmente porque la mayoría de los países son no firmantes del tratado de libre comercio.

Banco del Sur y moneda única

—¿Cuáles serían los desafíos para nuestros gobiernos?

—Luchar contra las recesiones y que los Estados se acoplen a la defensa del empleo. Por otro lado, no tiene sentido inyectar fondos para salvar empresas deficitarias o que el Estado otorgue exensiones de impuestos y créditos sin contrapartida. Salir mejor de la crisis significa salir del modelo y frenar los conductos que llevaron a provocar la crisis: los bienes de circulación de capital financiero, el papel de los agronegocios y modelos basados en las exportaciones. Es cruel depender del mercado externo que no genera mucho empleo. Por el contrario, hay que fortalecer el mercado interno de consumo popular, fijando la producción de renta. En momentos de crisis como éstas, las economías independientes salen a flote, y es importante mantener el mecanismo doble como lo posee Corea del Sur, manteniendo un mercado interno de consumo para garantizar que en un momento dado, el mercado externo no la quiebre.

Es importante intensificar la integración latinoamericana y acelerar la creación de una moneda única. Felizmente, el proyecto del Banco del Sur está avanzando, por lo que no tenemos que seguir aportando nuestras reservas en el FMI y podremos alcanzar autonomía financiera. Es necesario avanzar hacia la creación del Banco Central unificado para fortalecernos como bloque, para dejar de fomentar el proteccionismo nacional que amenazó a la Argentina; aunque tampoco es viable predicar el libre comercio, como lo está haciendo Brasil. Si algo hay que proteger es la región, nuestra integración regional, para protegernos y fortalecernos como bloque.

—¿Es importante fortalecer UNASUR antes que el Mercosur?

—Es importante consolidar la UNASUR, pero su proceso de integración aún es estrecho. UNASUR tiene sus límites al tener en sus filas a países que firmaron el tratado de libre comercio. La línea demarcatoria de América Latina no es porque haya una buena y una mala izquierda, en todo caso hay izquierdas distintas. No es como repite la derecha que hay izquierda mala y buena. Si se pelean Hugo Chávez y Lula Da Silva, pierden los dos. No porque haya un sector más radicalizado, hay que dejar a Lula para ser cooptado por otras alianzas. La línea demarcatoria está entre los que firmaron el Tratado de Libre Comercio y los que están por la integración regional. Además, dentro de ella hay gobiernos contradictorios porque siguen manteniendo las herencias del sistema financiero, aunque se han volcado por un cambio económico tipo desarrollista y a un fortalecimiento del papel regulador del Estado, pero mantiendo la política financiera, representada en el Banco Central. Otros países, en cambio, están empezando a romper el modelo, tal es el caso de Ecuador, Bolivia y Venezuela. La dinámica de la Alternativa Bolivariana para las Américas (ALBA) es una importante fase de construcción para nuestra región con el fin de desarrollar el comercio justo, generar intercambios y crear nuevas formas de mercados.

La era Obama, Cuba y la disputa cultural

¿Qué evaluación hace de la Cumbre del G-20 y de la participación de los países de la región?

—América latina debe articular alternativas para disminuir brechas de necesidades sociales y depender cada vez menos de las grandes potencias mundiales, teniendo en cuenta de que son los responsables de la crisis. No tiene sentido participar individualmente en el G -20 y sin propuestas propias. Reunirse dentro de esta Cumbre no tiene efecto; los países centrales provocaron esta crisis y con intervención estatal están tratando de recomponer la capacidad de funcionamiento del mercado. Creo que hay que valorar, en cierta medida, algunas de las iniciativas de Barack Obama. Si bien siguen expresando aberraciones sobre Venezuela y Bolivia (como la secretaria de Estado de Estados Unidos, Hillary Clinton, que no entiende nada sobre latinoamérica), ahora ya se están dando cuenta que deben contar con América Latina. La hegemonía estadounidense va seguir porque no hay alternativa ni nueva hegemonía mundial en el horizonte que se vislumbra. Este ciclo va ser una época de inestabilidad porque se debilita el modelo y no hay alternativa a la vista.

La elección de Obama es positiva, es algo parecido a la era de Jimmy Carter —descartando Vietnam obviamente. Obama fue elegido rechazando a Bush, lo cual es bueno e induce el debilitamiento de la dirección norteamericana en el mundo. Tampoco hay que hacerse demasiadas ilusiones con Obama, sabiendo que va ser una recomposición conservadora, como lo está demostrando con el llamado a la cumbre de energía y medio ambiente, donde están invitados solamente un poco más de 17 países, y siguen digitando quiénes deben participar. Es por ello que debemos articularnos como alternativa. No hay que subestimar la hegemonía norteamericana porque sigue siendo la única superpotencia, cuyo elemento de fuerza no es siquiera lo político y lo económico, sino lo ideológico. Seamos sinceros, China nunca fue influenciado por ninguna civilización externa y ahora está consumiendo modo de vida norteamericana. Eso es hegemonía en el sentido gramsciano de la palabra: los pobres de nuestras periferias de las grandes ciudades consumen productos estadounidenses, y ese elemento es más fuerte. La sociabilidad del modelo soviético no conquistaba corazones ni mentes, tampoco socializó ni evangelizó. No hay que confundir el desgaste del gobierno de Bush o la dirección política desgastada: siguen hegemonizando valores. La disputa cultural-ideológico va ser fundamental en esta era.

—¿Cuáles son las herramientas que tenemos en el sur para revertir esta situación?

—El consumismo también se ha apoderado de las cabezas de los pobres de América latina, por eso hay que socializar alternativas. El Movimientos de los Trabajadores sin Tierra del Brasil (MST) viene recuperando soberanía en los asentamientos dentro de la lucha por la tierra, y probablemente el movimiento zapatista mexicano también lo tenga dentro de su área de influencia en el sur del país. Valores extraordinarios encarna el ALBA, pues alcanza remitirse a los diarios para saber que más de 18 mil argentinos recuperaron la capacidad de visión en hospitales bolivianos operados por médicos cubanos, y eso es un valor único de solidaridad y de complementariedad para mantener el instrumento de solidaridad entre los pueblos… Creo que por ahí hay que empezar.

El neoliberalismo mercantiliza todo. Nuestra línea debe ser la desmercantilización, salir de la esfera del mercado y ubicarnos en la esfera del derecho, en la esfera pública. Socialismo en el fondo es una inmensa esfera pública donde se universalizan los derechos y se confirma la ética. El capitalismo muestra su escandaloso límite, pero los llamados factores subjetivos del anticapitalismo también sufrieron golpes durísimos: el fin de la Unión Soviética (la vía al socialismo del Estado), comportamiento de consumo individualista, fragmentación y duro golpe a la naturaleza del trabajo.

La pérdida de subjetividad provoca que cada vez menos el individuo se defina como trabajador: si le preguntas, te responde: soy de Boca Juniors, soy evangélico, soy de Rosario. El “yo soy mecánico” va perdiendo función. Se diluyó el anticapitalismo y el tema del trabajo va de la explotación a la alienación, pues toda esa idea de que el capitalismo produce su obrero y el trabajador, la clase trabajadora, tiene que articularse con otras contradicciones. Porque todos trabajan: viejos, jóvenes, mujeres, indios, negros. El factor de sujeto trabajador y los factores de la lucha anticapitalista desaparecieron porque la prensa se ha encargado de invisibilizarlos. Es relativo decir que está debilitada la hegemonía capitalista, mientras se escuchan discursos catastróficos como “se jodió el capitalismo neoliberal y viene el socialismo”. Nada de eso va ocurrir mecánicamente: es como cuando en la Argentina se gritaban consignas de “que se vayan todos” y nadie se fue, y no se van a ir. El análisis mecanicista está alejado de la realidad mientras no sea una correlación de fuerzas para generar condiciones de lucha concreta.

—¿Cómo queda Cuba ante esta nueva coyuntura?

—Cuba está homogeneizando fuertemente su Estado para hacer la apertura económica, porque para negociar con los capitales de afuera hay que tener un Estado fuerte. En el caso de China, tampoco se puede decir que no tiene democracia interna por tener un Estado fuerte hacia afuera. Tampoco se puede decir duro hacia fuera y flexible hacia adentro. Pero en el caso de Cuba creo que está fortaleciendo su Estado para negociar con ingresos de capitales, pues se dan cuenta que la miseria no tiene nada que ver con el socialismo. No hay igualdad en la miseria.

—En Argentina el capitalismo privado superó al Estado y así quedamos…

—Acá sí, y en gran parte de Latinoamérica, pero citando otra vez a China: con su Estado fuerte, pone límites y tiene para ofrecer no solamente mano de obra barata, sino un mercado de consumo en expansión con las más grandes industrias automovilísticas del mundo, que le genera tener buena relación de fuerzas. En el caso de Cuba, tiene menos porque tiene mano de obra buena y calificada, pero no tiene ese mercado. Ahí el consenso de Beijing sirvió para restablecer el equilibrio relativo entre Estado y mercado: no implica cambiar radicalmente el modelo, pero no reina la autonomía del mercado con respecto al Estado.

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