Neustadt, el regreso del muerto-vivo

Uno de los libros más demandados de este último mes fue Escribir sobre el agua del recientemente fallecido Bernardo Neustadt. A pesar de que más de un necrófago habrá especulado que el éxito citado se debió a la sorpresiva muerte del joven octogenario autor y su consecuente marketing “de luto”, para ser sincero, el título se agotó (por lo menos en la reconocidísima cadena de librerías de la Y griega) justo un día antes de su deceso. Como quien dice, se agotaron juntos, a pesar de haber sido una tirada bastante longeva. En ambos casos.

A lo largo de 300 páginas de excelente papel ilustración y encuadernado en tapa dura deluxe —como la gente— por la módica cifra de 40 pesos cualquier medio-pelo puede acceder a las “clarividentes y esclarecedoras palabras” de este genuino “profeta del odio”, ostentando con tan voluminoso y precioso fetiche en su propia biblioteca su total falta de conciencia (sea de clase, moral o simplemente conciencia en su acepción meramente cognitiva o sea, conocimiento exacto y reflexivo de las cosas).

Y usted dirá, ¿de qué se trata? Básicamente es lo mismo que siempre se vio en sus ciclos televisivos, pero actualizado. El volumen incluye las notas que el viejo publicó en “Ambito financiero” desde fines del 2006 y todo el 2007, todas ellas “finamente” bañadas por el inconfundible sabor Bernie, venenoso hasta la médula.

A lo largo de más de 50 artículos, despotrica contra el ex presidente y su entorno, compara la situación del país con las de otros países más up, se lamenta no estar más dentro del primer mundo, se queja por los robos en los countries, agita a su ejército de “Las Doñas Rosas de la Arma Dura de Teflón”, alarma, profetiza, maldice pero sin perder nunca ese “humor negrísimo” que lo ha caracterizado y lo ha vuelto un referente indiscutible del ala más derecha de la derecha recalcitrante. Ejemplo de ese humor desquiciado puede encontrarse en la página 29:

“—El Estado pagará 1.200 millones de pesos por las víctimas de Cromagnon. Doña Rosa: lo vamos a pagar, usted, yo, el ingeniero Blumberg y el mozo que le sirve el cortado al señor K. ¡Si nosotros no encendimos las bengalas!”.

Ocurrencias de ese estilo abundan, además de sus ya clásicas “intromisiones” (vía teléfono, mail o celular) de personalidades clásicas como Alberdi, Mallea o Sarmiento para “avalar” su erudición a la hora de defenestrar. Además, designa “sucesores”, a los que pareciera legarles un futuro promisorio en el fino arte de hincar los colmillos en la yugular de su tan “amada” nación.

Así, sin ningún tipo de reparos del balurdo en que los mete, incluye entre su selecto grupete de ya conocidos “adictos” como ser Macri y el Rabino Sergio Bergman, a un par de nombres que uno -medio aturdido como anda- ni se los imaginaba: Marcos Aguinis y Alejandro Dolina.

Además de lo expuesto, abundan las negritas, las cifras e índices de todo lo que se imagine, para justificar lo que sea, las auto-referencias, los lamentos, las expresiones de ánimo y todos los ingredientes necesarios para que el título, obsecuente con su autor, se convierta en un digno muestrario del “perfecto periodista amarillo y agitador” además de ser, obviamente y merecido lo tiene, el “Manual ilustrado del niño facho”. Y uno se pregunta ¿por qué niño facho? La respuesta es simple. En sus inagotables 83 años, Bernardo se dedicó a seducir a generaciones y generaciones de Doñas Rosas con maridos “empresarios” incluidos. Ahora, claramente conciente de la cercanía del fin, Bernie hizo un último esfuerzo para llegar a la última meta, la juventud.

Ejemplo de esto son los ateneos políticos que en los últimos años venía generando o los avales que le dio a ciertos “nuevos periodistas”, prologando obras como “Silencio de mudos”. ¿Lo conoce Doña Rosa? Si tiene la oportunidad échele una mirada y verá cuan rozagante se lucen las viejas ideas en las nuevas boquitas. Es un librito chiquito y se está vendiendo bien.

Era inevitable, como todo buen muerto vivo que se precie de tal, tenía que alimentarse de cerebros jóvenes para seguir en pie. Y él lo hizo.

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