Negociación ausente

Hoy 10 de diciembre es una fecha importante porque debuta el nuevo Congreso, el Campo realiza un acto de apoyo a los nuevos legisladores opositores y balances de gestión del gobierno de Cristina Fernández recorren numerosos medios de comunicación. Se trata de una fecha a la que se aludió en reiteradas oportunidades durante el año. Oposición como un todo Se da una paradoja en la que muchos analistas caen: por un lado, presagian una situación de permanente conflicto en lo que queda del gobierno de Cristina Fernández. Pero por otro lado, se ubican como legítimos representantes de la opinión de la “gente”, que aborrece los conflictos y la tensión permanente que provoca el Gobierno, pero le pide al mismo tiempo a la oposición que vayan al choque contra él y no se dejen avasallar por la tensión permanente y provocadora que viene del Poder Ejecutivo. Así, se ha extendido la idea de que para dejar claramente expuesto el perfil no kirchnerista o no oficialista, hay que oponerse a todo y confrontar. La palabra acuerdo, negociación o consenso, pareciera estar ausente del diccionario político de algunos dirigentes opositores, paradójicamente vistos como los “exponentes del diálogo constructivo”. Y si de acordar se trata, sobrevuela el fantasma de la impotencia de la oposición. De este modo, una oposición que acuerda es una oposición laxa, oficialista y manipulada. Por otro lado, ha habido también en los últimos tiempos una exageración respecto de las nuevas mayorías que hoy entran triunfantes al Congreso. En realidad, hoy el Congreso ha dejado de contar con una mayoría abrumadoramente kirchnerista, pero cabe recordar que cada una de las minorías opositoras resultantes en la nueva composición es menor que la minoría oficialista, y el artilugio mediático para resaltar el debilitamiento de la representación legislativa del Gobierno en la Cámara Baja es hablar de “una” oposición, cuyas partes sumadas por supuesto agigantan esta percepción. Por supuesto que un análisis más profundo de esta oposición obligaría a relativizar un poco esta percepción, pues es tan amplio el frente opositor como disperso, y no hay garantías que en temas concretos acuerden posiciones entre sí, sólo por el mero hecho de actuar como oposición ante iniciativas oficiales. Y ello sin analizar los intereses que cada fuerza tenga de cara al 2011, en donde cada partido buscará el mayor rédito político para llegar con mejores perspectivas a la elección presidencial. La cuestión no es menor: si la oposición se aglutina para hacerle fuerza al kirchnerismo, sólo podrá hacerlo en torno de alguna ley que los pueda unir (por ejemplo, la reforma del Consejo de la Magistratura, cuestionada por ser manejada por la mayoría kirchnerista que, entre otras cosas, buscaba cajonear los pedidos de juicio político a jueces sospechados de ser muy cercanos al Gobierno). Pero también se deberá superar la sospecha entre los opositores de que algunos de ellos trate de quedarse con el éxito de la movida. ¿Y la ideología? La cuestión ideológica no es menor. Cuesta imaginar muchos puntos de acuerdo entre el bloque de centroizquierda, y, por ejemplo, el del Pro. Seguramente los habrá pues muchas veces la dinámica legislativa y los consensos partidarios eluden un poco los apegos estrictos a las convicciones ideológicas. Pero en todo caso será otro elemento a tener en cuenta para poner la lupa sobre la tan extendida opinión de identificar a la oposición como una sola, homogénea, cuyo único propósito es trabajar mancomunadamente en contra del Gobierno. Tal percepción es, cuanto menos, ingenua. La Argentina del Gobierno Dividido, como se conoce a la situación en donde el Gobierno es de un signo político y el Congreso de otro, es una situación nueva para el kirchnerismo. No para la Argentina, que ya cuenta con casos similares: Alfonsín y Menem tuvieron enfrente a una oposición aglomerada, que se sabía alternativa de poder. En esta oportunidad, la oposición no solo está fragmentada, sino que ninguna de sus máximas figuras logra sacar una ventaja determinante sobre sus competidores. Por momentos pareciera que algún gesto efectista de alguno de ellos incrementa su índice de popularidad (como por ejemplo, el voto no positivo), pero no hay nada garantizado con tanto camino por recorrer y lo que hoy se traduce como ferviente apoyo popular (ayudado por la promoción de algunos medios de comunicación que buscan instalar sus candidatos) puede el día de mañana quedar en la nada. ¿Es hoy Macri un candidato tan presidenciable como hace meses atrás después del escándalo de las escuchas telefónicas? Esta situación de fragmentación fue disfrutada por los gobiernos kirchneristas en sus años de gran popularidad, hasta que la batalla perdida por la 125 colocara a la mayoría de la heterogénea opinión pública del “otro lado”, unida en contra del gobierno y toda iniciativa que viniera de él. Si bien el núcleo duro del kirchnerismo no se desintegró, ya no alcanza para ganar una elección. De allí el impulso a medidas de tipo estructural, como la asignación universal por hijo o la ley de Servicios de Comunicación Audiovisual. Y por eso, también, las iniciativas que buscan forzar cambios en la representación sindical. La foto del otrora poderoso José Zanola cubriéndose las esposas, la mirada no casual de Oyarbide a Moyano y la presión de la CTA para conseguir el prometido reconocimiento estatal, debieran entenderse como un compendio de iniciativas que demuestran un cambio de estrategia dentro de la coalición k.

Arturo Trinelli

ahtrin@hotmail.com

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