Nadie sabe cómo desarmar esta bomba petrolera

La pretensión de la ong Poder Sanavirón» por obtener el reconocimiento de «nación originaria» con derechos ancestrales sobre el centro de la Argentina, rica en petróleo, ha desatado una lucha desigual entre la Nación, las provincias y otras razas originarias con personería jurídica reconocida, certificada, sellada y archivada.

La noticia, sin embargo, pasó desapercibida. Hubo un aluvión de sucesos que atrajeron la curiosidad del público: las compras navideñas, el semen del asesino de Río Cuarto y el fallo a favor de la pesificación. Pero el premio al rating no se lo llevó la teta al aire de Luciana Salazar en Bailando por un Sueño (que inundó el piso de Ideas del Sur) sino la cena de Nochebuena organizada en Puerto Madero por un renovado Raúl Castells y por H. Roviralta, un bon vivant (nombre con el que se conoce en Argentina a los cafishos), donde se sirvieron tortas fritas con palmitos envasados en 1979.

La semana anterior (ver nota anterior, tituada «Guerras Culturales»), el curaca Withney Humala Toro, de la nación sanavirona, había causado un revuelo mediático cuando se presentó ante la justicia argentina reclamando la propiedad del subsuelo situado bajo un extenso territorio que abarca todo el centro del país, desde el Río Quinto al sur de Córdoba hasta el Salado santiagueño.

Aunque el juez interviniente (uno de los de la inhallable servilleta de Corach) no quiso adelantar opinión, el canal 26 de don Alberto Pierri lo pudo entrevistar mientras emergía, como foca hambrienta, de la pileta climatizada que posee en su mansión de Pilar.

-Sus títulos parecen perfectos- dijo, mientras se relamía los bigotes y sus dos patovicas amigos asentían, de negro y con los brazos cruzados sobre las ingles. La prensa progresista desconfía de la pretensión de Humala Toro y Poder Sanavirón.

La revista Tres Puntos denunció que Humala Toro no habría nacido en el norte cordobés sino en Tombstone, Arizona, y que pertenecería a la minoría hopi.

Humala Toro se burló de la nota periodística y de su autor, Gustavo Silvestre, un prestigioso periodista argentino que se destaca por la profundidad de sus análisis de sangre.

¡Dicen que soy hopi…!- sostuvo Humala, con cierta ironía propia de la historia reciente.
La pucha con el hombre!- le respondió la familia Carabajal de Santiago del Estero mientras, encolerizados, agitaban ejemplares de Tres Puntos.

Luego de la denuncia de Humala Toro, los quichuistas (que como se vio en la nota anterior podrían quedar en la condición de extranjeros) se convirtieron en virtuales aliados de quienes se oponen a otorgar cateos del subsuelo a los indígenas, a pesar de que el texto constitucional de 1994 les da cierta esperanza.

Es que si Poder Sanavirón es reconocido como «pueblo originario», todo lo quichua quedaría de hecho equiparado a los importados de China.

Como informábamos en nuestra nota anterior, los Hermanos Ábalos se hicieron a un costado en esta polémica y trabajan actualmente en un nuevo repertorio, más cercano al bebop, algo como un Charlie Parker con arpegios de Coltrane y armonías de Bill Evans.

Esperan editar el año próximo su primer CD: «Ornitología de lo chaco-santiagueño», remedando el inolvidable «Ornithology» de Parker.

Los Carabajal no perdieron tiempo:
– ¡Ellos nunca hicieron verdadero folklore! ¿A usted le parece que el Gatito de Chaicovsky es un auténtico gato santiagueño?- opinó Jonathan Carabajal, el más joven representante de los musiqueros santiagueños, bajista y líder de «Los rolingas de la Banda del Río Salí».

Nadie sabe si ese baile llamado «gato» existió en los primeros tiempos de la Argentina, o si fue una coreografía inventada por los cultores de la danza-gym de principios del siglo XX.

En la carrera por el petróleo, que es el fondo de la cosa, ya se anotaron los gobernadores de Neuquén, Salta y Mendoza.
Sobisch espera contar con la caja chica de las petroleras para avanzar sobre su competidor, el niño Mauricio Macri, aunque entre los dos no llegan a hacer uno.

Romero, de Salta, se sigue financiando con lo que fue la actividad de toda su vida (extraña que la Nación no lo investigue a fondo) y Julio Cobos, como se sabe, es un radical kirchnerista de la primera hora.

También se anotó la Compañía de San Ignacio de Loyola, como
informábamos en nuestra nota anterior, que exhibe títulos
inobjetables: los estudios de antropólogos como Serrano e Imbelloni, defensores de la llamada «Leyenda Rosa» de la Conquista de América.

El Rey Juan Carlos, heredero de aquellos fijosdalgos menos ambiciosos que idealistas, no es del todo ajeno a esta pelea: al fin y al cabo, dicen que Repsol es española aunque dos fondos de pensión de Minnesota la reivindiquen como propia.

Y aquí llega la bomba

Cuando todo parecía estabilizado en ese caos, un nuevo actor vino a sumarse a esta danza de pretensiones originadas, debemos recordarlo, por un gesto de buena voluntad de la entonces diputada Cristina Fernández de Kirchner hacia los onas, yaganes y patagones, cuyo marido
gobernaba paternalmente desde la provincia de Santa Cruz en 1994.

Un grupo de científicos que realiza excavaciones en un yacimiento arqueológico cercano a Mosconi, Salta, anunció que había encontrado testimonios ciertos de la existencia de una civilización anterior a todo lo conocido (desde incas hasta tupí-guaraníes, desde tehuelches hasta diaguitas y charrúas), y por cierto más originaria que todas
ellas.

Los testimonios desenterrados no se limitan a las habituales
cerámicas, urnas funerarias y puntas de flecha. El doctor Gastón Pauls, jefe de la expedición, lo anunció rodeado de una nube de movileros:

-¡Hemos encontrado un libro de profecías!- dijo.
Mercedes Ninci, de radio Mitre, pidió que repitiera el anticipo exclusivo.

Sorprende que esa cultura -no solo pre-incásica, sino anterior a todo lo conocido en América- fuera además literaria.

Lo cierto es que el libro de profecías fue traducido en tiempo record por técnicos y científicos de la Universidad Austral, propiedad de la familia Pérez Companc desde que Don Goyo se aburrió de la inseguridad propia de la actividad empresaria, volcándose al ámbito recoleto y protegido de las discusiones escolásticas.

En un comunicado de prensa, la universidad anunció que para traducir el libro de profecías se había recurrido al mismo método utilizado con la Piedra de Rosseta. Esa piedra, con jeroglíficos egipcios, fue descifrada por el científico Jean F. Champollion, quien acompañaba a las tropas napoleónicas en Egipto, y había sido descubierta en 1799 por el capitán Hipólito Bouchard, un francés que años después se convertiría en héroe de la independencia argentina.

El vaticinio comienza explicando que el gran pueblo Chimbote fue dueño de toda América desde el principio de los tiempos. Hoy en día, una marca de dulce de leche recuerda ese pasado.

Profetiza luego que en el futuro aparecerán visionaros charlatanes como Parravicini, Nostradamus, Horangel, San Malaquías y Joseph Goebbels. Este último se hizo menos famoso por su profecía («Los hombres se matarán por poseer más, por tener cosas en mayor cantidad, incluso las
superfluas y banales»)
que por su participación en la Solución Final.

Dice a continuación el manuscrito hallado, que nadie debe creer en esas tonterías, y que en el futuro no habrá necesidades artificiales ni insatisfacciones de ninguna calaña, y que la distribución de la riqueza será casi perfecta.

Y termina afirmando (textual):
«Oíd, mortales: cuando la Tierra complete veinte ciclos completos luego de la visita del cometa que ustedes llamarán Halley, un gran rey será dueño de todo lo que exista bajo la superficie de la tierra, sobre todo eso que nosotros llamar barro negro y ustedes llamarán petróleo.

Ese rey se llamará Óskar Bicente. Póstrense ante él en señal
de sumisión. Tómenselo con calma: Bicente está medio loco, pero los reyes tienen ese derecho. Eso llamado petróleo no sirve para nada, salvo para ensuciar la ropa o como vaselina cuando nos faltan las mujeres y también con ellas».

Los originarios no salen de su asombro.

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