Mundo Trapero

“Ante la acumulación de representaciones, el cine mostró que es la más política de todas las artes, justamente porque en tanto arte de la puesta en escena, sabe poner en evidencia las puestas en escena de los poderes dominantes, pincharlos como insectos, subrayarlos, desinflarlos y ‘deconstruirlos’; burlarlos, si fuera necesario; hacerlos bascular del hipertriunfo, a la derrota”, escribió el crítico y cineasta francés, Jean-Louis Comolli. La cita viene a cuento de la última película de Pablo Trapero: Leonera, que se estrena hoy jueves 29.

Hagamos un repaso.

Entre El bonaerense y Leonera se vislumbra un proyecto: cargar las tintas en el plano de la imagen en detrimento del plano del contenido. Como si, cada nueva película, fuera dos películas: una para quedarse mirando, otra para distraerse.

Pablo Trapero pertenece a una “generación” de cineastas que debutó a mediados de los años ‘90, con el ánimo de renovar los modales narrativos del cine nacional. Los nombres son conocidos: Lucrecia Martel, Israel Adrián Caetano, Bruno Stagnaro, Daniel Burman, entre muchos otros. A pesar de las discrepancias en el estilo y la concepción estética, comparten la característica de la formación académica, lo que redundó en un estándar de producción notable. Cualquiera de ellos demostró destreza en el manejo de la cámara, en la resolución fotográfica de una trama argumental, en el ritmo que hay que imprimirle al montaje, en el efecto que produce la edición sonora. Cualquiera de ellos sabe que el espectador no llega a la sala de cine con la papelera de reciclaje vacía.

Pablo Trapero, como los demás, dio pruebas de ese virtuosismo. Sin embargo, las especulaciones de sus últimas películas, develan un punto de vista más que indulgente hacia el poder y las instituciones que lo alimentan. Si El bonaerense contó la anécdota de un cerrajero que, acusado de un delito que no cometió, canjea prisión por uniforme de la peor policía del mundo, Leonera cuenta la de una mujer que, condenada a la cárcel por una muerte que no ejecutó, se convierte en madre entre barrotes.

En ambos casos, la fuerza del destino se impone a la voluntad de los protagonistas. Tanto el Zapa (Jorge Román) como Julia (Martina Guzmán) saldan culpas ajenas y, sin embargo, la injusticia cometida, lejos de ser denunciada, transmuta en cortesía de la providencia. En Leonera, por ejemplo, la vida carcelaria transcurre en una rutina apacible (vaciada de su sentido restrictivo y punitorio) y, llegado el caso, hasta recomendable, para la crianza de niños. Julia, además de enamorarse de su compañera de celda (¡lugar común abominable para confinar el amor entre mujeres!), mejora su aspecto personal, su competencia como madre y hasta su entereza emocional, conforme pasan los años.

Pablo Trapero declaró que su película “no intenta ser un análisis ni un retrato del mundo carcelario sino que cuenta una historia íntima en un contexto determinado. Por supuesto que está ese retrato a lo largo de toda la película, pero aparece subordinado al universo más íntimo de los personajes”. Ahí está el problema: así planteadas Leonera —como antes El bonaerense— resulta un monólogo elogioso del poder que representa la cárcel. Ámbito en el que, precisamente, “el poder puede manifestarse en su desnudez, en sus dimensiones más excesivas, y justificarse como poder moral” (Michel Foucault, Vigilar y castigar).

La excusa de Trapero (hacer foco en “una historia íntima”) se encuadra en la de películas como Ciudad de Dios (de Fernando Meirelles) o Tropa de élite (de José Padilha). Un modelo de producción que replica los vicios televisivos para exhibir el tercer mundo y hacerlo digerible para su consumo internacional. En otras palabras, películas en las que la injusticia, la pobreza y los abusos de poder son estetizados hasta degradarlos a objetos tolerables, inofensivos, incapaces de pinchar a nadie.

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